“Soy una liberal de izquierda, pero me encanta De la Sota”

Por Jorge Camarasa

DPP_0004El departamento tiene los balcones pintados de rojo, y el verde de las plantas, como si fuera una luz, se mete en el living sin pedir permiso. Dos gatas enormes y ausentes, Buky y Juanita, custodian la puerta, y sobre una mesita hay un juego de té de plata. De las paredes del living cuelgan cuadros. Uno de ellos, pequeño, es una témpera con una vista del viejo claustro del convento de Santo Domingo.

-Ese cuadro lo pintó Gustavo- dice Reyna Carranza. –Esa es la vista que teníamos desde la ventana de nuestra casa.

Gustavo es Gustavo Roca, abogado, uno de los dos hijos del mítico Deodoro, y Reyna fue su mujer durante veintidós años, hasta su muerte en 1991.

-Fue mi paradigma de hombre- dice. -El gran amor de mi vida, y después ya no me volví a enamorar…

Reyna Carranza es escritora, un ícono de la cultura cordobesa, y en 2011 recibió el Reconocimiento al Mérito Artístico otorgado por la secretaría de Cultura provincial. Fue el premio a una obra que ya lleva siete novelas y decenas de cuentos, y a un trabajo que le sirve de armadura:

-Cuando escribo, me evado. Si no, me pesa una pena infinita. Todavía me pregunto para qué sirvieron los ocho años de exilio.

La noche del 24 de marzo de 1976, Reyna y Gustavo estaban en casa cuando se enteraron que un grupo de tareas había entrado al estudio que el abogado tenía en la primera cuadra de la avenida Olmos. Las visitas habían incendiado la oficina, pero antes la habían vaciado de pinturas de Antonio Seguí, Octavio Pinto y Fernando Fader, que los artistas le habían regalado a Deodoro Roca.

El delito de Gustavo había sido defender a presos políticos, entre los que estaba Agustín Tosco, y en las horas siguientes, con lo puesto, la pareja se iría a Buenos Aires y después a Madrid.

Allí, en la tristeza amarga del exilio, nacería la escritora.

***

Aunque no publicaría hasta 1984, cuando regresó al país, Reyna Carranza comenzó a escribir en Madrid. Fue casi una compulsión, y una manera de responderse una pregunta:

-Yo no terminaba de entender lo que me estaba pasando. Me preguntaba “¿Qué hago acá, qué pasó?”. Y entonces me puse a leer historia argentina.

Los Carranza no habían sido una familia peronista. Reyna había nacido en el barrio General Paz, en Córdoba, y después se habían mudado a Buenos Aires, y Césareo, el padre, afiliado al Partido Demócrata, se había quedado sin trabajo en 1952, cuando se negó a usar el luto obligatorio tras la muerte de Evita.

-Pero no empezó a leer historia contemporánea sino del siglo XIX.

-Sí… Yo necesitaba entender qué nos había pasado como país, como sociedad, y el país se había empezado a construir en el siglo XIX. Ahí ya estaban las divisiones, la desunión, los desencuentros. Acudir a esa memoria me fue ayudando a comprender.

-Y entonces se puso a escribir…

-Sí, pero lo primero que hice no fue un libro con personajes históricos, sino “Cinco hombres”, una novela que aborda la sexualidad. Y después vino “Para ahogar un loco amor”, que vamos a relanzar el 5 de agosto, donde está el incesto, el complejo de Edipo… El erotismo siempre me interesó como tema. No puedo, no me sale escribir cosas banales o románticas.

-¿Cuánto tardó el exilio en aparecer en sus libros?

-De algún modo el exilio están en todas mis novelas, porque esa etapa para mí funcionó como un disparador, como una motivación. El primer libro en que hablo del tema, sin embargo, es “De guerreros y fantasmas”. Es de 1998, y después hice una reescritura que salió como “Tanto infierno, tanta belleza”. Ahí está esa pregunta, qué hago acá, que se formula la protagonista. En esa novela, también está la búsqueda histórica, la investigación, el rastreo de información y de documentos.

-Y ahí, casi, ya está en los argumentos con personajes históricos.

-Sí, después viene “Una sombra en el jardín de Rosas” y más adelante “El secreto del guerrero”, sobre los amores de Juan Lavalle.

-En esta novela, el baqueano es una mujer que se disfraza de hombre. ¿Para escribir usted se tuvo que disfrazar, también?

-No, yo llegué a la literatura cuando las mujeres ya no necesitaban disfrazarse de nada. Hay un apogeo de mujeres que escriben que comienza en 1983, con la vuelta a la democracia. Y si bien yo venía escribiendo desde antes, empecé a publicar a partir de entonces.

***

Reyna Carranza creció en el barrio General Paz. Como ella escribió alguna vez, en las esquinas de ese barrio pasan cosas: “Por allí anduvimos Juan Filloy, Daniel Salzano, yo…”.

Al regreso de Buenos Aires, donde había hecho la escuela primaria, ingresó en el Colegio de María, que aún manejan las hermanas Esclavas del Corazón de Jesús.

-¿Cómo le fue con las monjas?

-¡Bien, me fue bien! Las quiero mucho y todavía las visito… Nos reunimos las compañeras de curso, también. Y nunca nos ponemos de acuerdo con las anécdotas: a veces parece que cada una hubiese ido a un colegio diferente. Incluso hablando de una misma monja, tenemos recuerdos distintos.

Después de las monjas, vino la universidad. Fue una experiencia frustrante.

-Empecé cinco carreras, y no terminé ninguna. Duraba un año, y me iba. Primero intenté con Medicina. Estuve hasta que me desmayé cuando en una clase nos mostraron una pierna. Después empecé Derecho, Escribanía, Lenguas, Letras… Y al final terminé escribiendo novelas. Bueno, en realidad, antes hice periodismo. Trabajé en el diario Córdoba y en Los Principios.

-¿Qué le dejó el periodismo?

-El oficio de escribir, como lo llamaba Pavese, y un entrenamiento para ver la realidad.

-¿Y qué ve cuando ve la realidad?

-¿Del país? Un panorama apocalíptico… La gente no sabe, o no le importa, pero no tenemos justicia, no se respetan las instituciones, se persigue a los fiscales que investigan. Lo que han hecho de este país… Me da una pena infinita. Ahora ya no hay terrorismo de estado, pero el peor terrorismo es que nos robaron el futuro.

-Es pesimista, usted. ¿Qué espera para el 2015?

-No sé… Yo soy una liberal de izquierda, pero me encanta De la Sota. No sé a quién voy a votar. Y eso que hago de todo: la carta natal de los candidatos, el feng shui personal de cada uno…

-¿Y qué le dicen las cartas y el feng shui?

-Que la mayoría esconde pequeños demonios.

***

Reyna Carranza dice que escribir conlleva responsabilidades.

-Está claro, esto. Hay una responsabilidad de todos los artistas, que viene de la conciencia de que podemos modificar la vida de los demás.

-¿No es un poco soberbia, la idea?

-No, no. Mire, cuando Goethe publicó su “Werther” en 1774, que es la historia de un suicidio por amor, hubo oleadas de suicidios. Y esas cosas hay que tenerlas en cuenta al escribir…

-¿Y no la bloquea, esa conciencia? ¿No la condiciona?

-No… Lo que sí me aterra es pensar que me voy a quedar sin temas, sin ideas, que cada libro puede ser el último porque quizás no se me ocurra nada más. Ese sí es un fantasma que me asusta.

-Pero hasta ahora no mucho, parece.

-Bueno, es que en definitiva los escritores siempre escribimos el mismo libro, siempre volvemos a contar el mundo. Desde Shakespeare para acá volvemos a escribir una y otra vez sobre el amor, el poder, la traición, la muerte…

-Dicen que todos tenemos un cadáver en el ropero. ¿Cuál es el suyo? ¿De qué se arrepiente?

Reyna Carranza piensa. Después enciende un cigarrillo, revolea esos ojos que siguen siendo hermosos, y dice:

-No me quedé con ganas de nada, yo. No tuve hijos, pero ésa fue mi decisión.