Pañuelo blanco

diapasonHa tenido media sanción de la Cámara de Diputados de la Nación el proyecto oficialista consistente en instaurar como emblema nacional el pañuelo blanco popularizado por las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.
Tratándose de un proyecto impulsado por el gobierno nacional, con fuerte sesgo ideológico, se descontaba su aprobación. Pero ocurrió un hecho sorprendente: la iniciativa fue respaldada, también, por una inmensa mayoría de 176 votos a favor, 4 abstenciones y tan sólo 7 votos en contra, de siete mujeres de distintos partidos políticos.
También es sorprendente que tratándose de un hecho tan importante al menos desde el punto de vista simbólico, 69 diputados se hayan encontrado ausentes del recinto al momento del debate y la votación.
Los votos a favor fueron abrumadores y este es el hecho político fundamental. Debemos decir, por nuestra parte, que el proyecto aprobado con media sanción nos parece ampliamente cuestionable pues concede jerarquía de emblema patrio, a la par de la bandera nacional, el escudo, la escarapela y el himno, a un símbolo que representa a apenas un sector de la sociedad argentina.
En efecto, el pañuelo blanco identificó en sus orígenes la lucha de las madres y abuelas en la búsqueda incansable de sus hijos y nietos desaparecidos durante los años setenta. Pero nadie ignora que, con el paso de los años, pañuelo blanco se transformó e impregnó de un “combo” ideológico muy preciso.
El pañuelo blanco carece de asepsia política. Por el contrario, está fuertemente identificado con la voz y la opinión política de, cuanto menos, de Hebe de Bonafini y Estela Carlotto.
Y ellas tienen una versión bastante sesgada acerca de los acontecimientos de la década de plomo. Más allá de sus padecimientos personales, que respetamos y que verdaderamente nos acongojan, tanto Bonafini como Carlotto han reivindicado la acción de la guerrilla y se han mostrado favorables y solidarias con actos terroristas en otras latitudes. Son conocidas las simpatías de Bonafini por la ETA y las FARC, además de sus aplausos y vítores en el momento del atentado a las Torres Gemelas.
Estamos seguros de que muchos de los que votaron a favor de este insólito proyecto de ley, no comparten esta visión acerca del terrorismo y los derechos humanos. Pero lo respaldaron de todos modos. Es como si hubiesen temido que, si no lo hacían, podían ser acusados de ser partidarios de la dictadura militar. Es increíble, por ejemplo, que el PRO suscriba, en estos temas, puntos de vista idénticos a los de Hebe de Bonafini.
Hubo, además, quienes se hicieron los distraídos y también, por motivos seguramente electorales, prefirieron ausentarse al momento del debate y las votaciones. Entre ellos figuran importantes políticos de proyección nacional.
Por ejemplo, los cordobeses Oscar Aguad y Juan Schiaretti. En el caso del peronista, siempre sostuvo posiciones cercanas a la visión oficial de los derechos humanos. Pero la de Aguad se nos presenta como una ausencia signada por un simple cálculo electoral y, probablemente, por el temor a que, al expresar sus puntos de vista sobre este tema, se vea castigado por un sector del electorado.
También están los casos de Sergio Massa, Elisa Carrió, Hermes Binner, Ricardo Alfonsín, Felipe Solá, de Francisco de Narváez, de Margarita Stolbizer, de Martín Loustou, Martín Insaurralde, Facundo Moyano, José de Mendiguren, todos ellos ausentes del debate y la votación. Tal la dirigencia política que tenemos.
Apenas siete diputadas, todas mujeres, se animaron a votar en contra. Quiero nombrarlas: cuatro del Frente Renovador de Buenos Aires, que responde a Sergio Massa: María Azucena EHCOSOR, Laura Renée ESPER, María Liliana SCHWINDT y Mirta TUNDIS.
Dos de Unión PRO (Ciudad Autónoma de Buenos Aires): Silvia Cristina MAJDALANI y Patricia BULLRICH y, finalmente, Elia Nelly LAGORIA, de Trabajo y Dignidad (Chubut).
La “corrección política”, el miedo a parecer reaccionario, es la contracara necesaria para este tipo de proyectos progrese y se instale, imponiendo como verdades lo que apenas son una versión rencorosa y plena de odio del tramo más ominoso de nuestra historia reciente.
Los unos, con su obsesión vindicatoria del terrorismo y la guerrilla. Los otros, con su cobardía para dar el debate en un tema difícil y controvertido.
Tal el país que estamos construyendo.
DVG