Historias de Amor y Poder: Eduardo Martínez de Hoz & Dulce Liberal

París era una fiesta

Por Jorge Camarasa

dulce y martinez 001Fines de mayo de 1926. La noche en París era tibia, y la música de los violines se enredaba en el bosque. El hombre llegó hasta donde estaba su amigo.
-Vení, Eduardo- le dijo. -Voy a presentarte a la más bella de las viudas imaginables.
Eduardo Martínez de Hoz miró a Aarón Anchorena y lo siguió a través del bullicioso salón frente al Bois de Boulogne, hasta una salita que daba al bosque. Una mujer bellísima, morena con ojos claros, conversaba mientras bebía champagne.
-Dulce… -dijo Aarón interrumpiéndola- Este es mi amigo Eduardo…

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Dulce Liberal había nacido en 1901 en Río de Janeiro, en el palacete de su familia materna. Hija de Luis Liberal y María de Barros, tenía cuatro hermanas y su abuelo, Adolfo de Barros Cavalcanti Lacerda, era un hidalgo de la Casa Imperial, que había sido gobernador de Santa Catarina, Amazonas y Pernambuco.
La infancia y adolescencia de Dulce habían transcurrido entre Río y Petrópolis, la antigua ciudad de los emperadores de Brasil, donde su familia vivía desde 1910. A los diecinueve años, en un baile, había conocido a Joao de Souza Lage, con quien se casaría enseguida. El la doblaba en edad, pero aportaba a la dote: tenía treinta y ocho años y era el dueño del diario O País. Al poco tiempo, apenas nacido su hijo, Souza murió de repente por un derrame cerebral.
Para Dulce fue un golpe duro, pero se repuso pronto: antes que terminara el año había vendido el diario, y poco después se embarcaba en el vapor Andes, que iba desde Buenos Aires a Marsella. En ese viaje, de la mano de Aarón Anchorena, empezaría su nueva vida.

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Anchorena, argentino y millonario, la había tomado a su cargo. La había atendido y homenajeado durante el viaje, y una vez llegados a París siguió acompañando a esa bella brasileña que vestía de luto.
En apenas semanas, guiada por la mano de su amigo, las puertas de la sociedad francesa habían terminado abriéndose para ella. La fiesta en que la presentó a Eduardo Martínez de Hoz había sido organizada por él, y Dulce ya no usaba la ropa oscura del luto sino un vestido blanco de Chanel.
Si para alguien París era una fiesta, ese era Eduardo Martínez de Hoz. Llevaba en Francia cinco años, y se dedicaba a lo que mejor sabía hacer: criar caballos de carrera, cortejar mujeres hermosas y beber champagne. Vivía en la rue de Fayolle y pasaba temporadas en su casa de Chantilly, donde tenía un haras que empezaba a ser famoso en toda Europa.
Había aprendido el oficio en los campos que la familia tenía en Chapadmalal, cerca de Mar del Plata, y desde 1912 se había convertido en un criador exitoso. A cargo del haras estaba el mejor entrenador europeo, Frank Carter, y el jockey Henri Semblat le hacía ganar carreras cada domingo.
En 1926, cuando conoció a Dulce, Martínez de Hoz integraba con la reina de Inglaterra y el sha de Persia el Comité de Honor del Turf, y acababa de ganarle al Aga Khan la compra en un remate de tres reproductores que valían millones.
Dulce sería, sin embargo, su hada de la suerte: durante el primer año que la visitó, y desde que comenzó a ir juntos a las carreras, sus caballos ganaron los trofeos Arco de Triunfo, el Gran Premio de París y el del Jockey Club, entre muchos otros.
Aunque las bolsas eran suculentas, lo que menos falta le hacía era el dinero: dueño de una fortuna incalculable, había donado a la ciudad de París un hospital completo para los inválidos de la Primera Guerra, y además lo mantenía.

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El multimillonario argentino y la joven viuda brasileña estuvieron ocho meses de novios, y se casaron el 16 de febrero de 1927 en la catedral de Notre Dame. Fue un acontecimiento social que comentó el tout París, y el diario Le Figaro escribió una frase que se haría célebre: “El Brasil nos ha dado a la más bella de las argentinas”.
Desde entonces, Dulce y Eduardo se convirtieron en los animadores de la agitada vida social de la capital francesa. El había dejado de perseguir mujeres, y ella se hizo imprescindible en los acontecimientos mundanos.
La hasta entonces recatada viuda comenzó a asistir a los bailes que organizaban Etienne de Beaumont, Alexis de Redé, Elene Rochas y Guy de Rothschild, y con una integrante de esta familia legendaria, Germaine, compitió para ver quién tenía el collar de perlas más valioso.
Rica, apasionada y sin pelos en la lengua, Dulce hizo amigos y enemigos entre sus relaciones. Dijo una vez: “Wallie Simpson era una mujer insoportable, fea y pretenciosa. Me envidiaba y quería comprarme mi collar de coral y un departamento que tenía frente al Bois de Boulogne. Muy distinta de su marido, el duque de Windsor, que era un encanto”.
Las presiones de los nobles ingleses acabaron cuando Martínez de Hoz les envió un telegrama: “Collar y casa no están en venta. Stop”. No volvieron a saludarse.

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Pero los días de lujo en París iban a terminarse. En julio de 1939 una yegua del haras de Eduardo había ganado el Prix de Diane, en el hipódromo de Chantilly, y fue el último triunfo importante de sus caballerizas. Poco tiempo antes, Martínez de Hoz y su esposa habían donado al gobierno francés una flotilla de ambulancias, y el hecho pareció un mal presagio: el fantasma de la guerra asomaba sobre Europa, y Francia no saldría indemne.
En junio de 1944 lo que parecía imposible sucedió, y las banderas del mundo flamearon a media asta: las hordas de Adolf Hitler ocuparon París sin encontrar resistencia y, precavidos, los millonarios argentinos fueron los primeros en irse.
Los Gómez Moreno, los Bemberg, los Anchorena y los Martínez de Hoz abandonaron pertenencias y bienes en manos de los criados, y Dulce, su marido y sus amigos huyeron a Biarritz. Desde allí cruzarían la frontera con España, y embarcarían de regreso hacia América del Sur.

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El primer destino americano de la pareja fue Brasil, y apenas llegaron se instalaron en Río de Janeiro. Añoraban Europa, de la que en los últimos quince años apenas si habían salido, y pronto Buenos Aires les pareció más “parisina” que el balneario carioca.
Cuando llegaron, se mudaron al edificio de Posadas y Schiaffino, en la Recoleta, y allí empezaron a vivir como si siguieran en Francia.

“A los pocos días de llegar, Eduardo me dio dos mil pesos para que yo comprase lo que quisiera. Empecé por un vestido de baile de Paquin, que me costó quinientos. ‹Locura›, me dijo una amiga. Locura o no, el vestido era lindo. Enseguida compré un abrigo de pieles en Kummer, la casa más cara de Buenos Aires, y unos cuantos perfumes Floris en la casa Brighton”, escribió Dulce en sus memorias.
Al poco tiempo, Miguel Angel Cárcano los invitó a pasar una temporada en su estancia de las sierras de Córdoba, y los Martínez de Hoz iban a enamorarse del lugar y comprarían un campo cerca de Ascochinga.
La zona era árida, pero con tiempo y dinero la transformaron en un vergel. Construyeron una casa de estilo colonial español y portugués, la decoraron con muebles y platería brasileños, y la llamaron Las Barrancas. Fue la última morada de la pareja y allí, en febrero de 1977, festejarían sus bodas de oro.

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En 1960, durante una recepción que el presidente Arturo Frondizi, de visita en París, ofreció en la embajada argentina, y a la que Dulce y su esposo habían sido invitados, André Malraux se sentó junto a ella, y le dijo:
-Je vous connais déja, Madame.
Dulce, mundana, respondió que no lo recordaba.
-No, madame -dijo Malraux-. Usted tiene razón. Yo la conozco porque durante la guerra, en mi mochila, llevaba fotografías suyas.
Quince años más tarde, muerto ya Malraux, los Martínez de Hoz visitaron la casa-museo donde había vivido el escritor, e hicieron una comprobación sorprendente: entre sus objetos personales, el autor de La condición humana y La esperanza había guardado, hasta el final de sus días, unas fotografías de Dulce Liberal que la mostraban en sus años de juventud.
Fue una comprobación innecesaria de la admiración que despertaba en los hombres, y que mantendría hasta el final de su vida. Bella y coqueta todavía, Dulce Liberal de Martínez de Hoz murió en 1987, a los ochenta y seis años, consciente de haber sido una mimada del destino.