Llegó la hora

Por Gonzalo Neidal

ilustra copa_del_mundoHoy se larga el Mundial.
De nuevo. Otra vez.
(La rapidez con que caen estas fichas de cuatro años es apabullante).
Comienza un mes en el que millones de nosotros nos transformaremos en directores técnicos. Nos aprenderemos de memoria nombres impronunciables de defensores y volantes que viven en lugares remotos y pertenecen a selecciones que nunca vimos jugar. Hablaremos del 4-3-3 y del 4-4-2 con gran soltura. Y del doble cinco, como en mundiales anteriores lo hicimos del “catenaccio”, la “naranja mecánica y el “fútbol total”. Discutiremos por enésima vez si Pelé, Maradona o Messi es el mejor de todos.
Todo se suspende por un mes. Habrá asados, encuentros familiares y de amigos, grandes discusiones y apasionados comentarios. Sabremos de memorias los fíxtures, los cruces probables, los estadios e incluso los árbitros de cada partido.
Uno está tentado de preguntarse que, siendo este momento tan glorioso, tan lleno de emociones, tan apasionante… ¿cómo es que la FIFA no los organiza con más frecuencia? Pero sabe la respuesta: es la cadencia cuatrienal la que le otorga el halo de que goza. Como en otros órdenes, es el espaciamiento lo que estimula el deseo y condimenta el acontecimiento.
Empezamos a vivir un mes formidable. Al menos para quienes gustan del fútbol. Se sumarán incluso algunas mujeres que habitualmente muestran indiferencia hacia el deporte. Otras, en cambio, recrudecerán en sus reproches por tanta distracción y ocio deportivo.
Habrá también quienes, agazapados, esperan que se verifiquen sus opiniones y puntos de vista respecto de la Selección. En primer lugar, los integrantes del Club de Odiadores de Messi, incapaces de disfrutar la presencia del mejor jugador del mundo. Tienen ya, anotada en un papel, la lista completa de los reproches que harán: que no canta el himno, que no pone garra, que reserva todo su entusiasmo para el Barcelona, que no le importa la Selección porque la paga es pequeña. Y lo compararán con Maradona, el del 86.
Para ellos, todo lo que haga Messi será poco. Siempre habrá algo que falta. Siempre se le exigirá un temperamento “luchador”. Que discuta, que grite, incluso que insulte. Y más picardía. Si repitiera el segundo gol que Maradona le hizo a los ingleses, le pediríamos que haga también el primero. Con la mano. Con trampa. Si Messi no gana el mundial (lo que es bastante probable), ellos estarán muy felices pues se confirmarán sus presunciones acerca de que carece de garra y actitud varonil. Que es un “pecho frío”.
Otros hay que tienen preparada una factura para el técnico Alejandro Sabella. La razón principal: que no incluyó a Tévez. Y esto les resulta imperdonable.
También hay quienes hacen un cálculo político. Estiman cuánto puede favorecer al gobierno nacional que la Selección Argentina salga triunfadora en el Mundial. Piensan que si gana Argentina, entonces el gobierno cosechará adhesiones para el resto de sus políticas. Entonces, tienen el corazón dividido: su fervor de hinchas les demanda que Argentina gane pero sus convicciones politicas, que pierda. Ellos deberían recordar que el triunfo de 1986 no le sirvió de mucho a Raúl Alfonsín para mantener las adhesiones políticas: al año siguiente ya comenzó a perder elecciones y terminó como ya sabemos.
También hay quienes, (¡otra vez!) nos traen el recuerdo de 1978 y vuelven a quejarse de la presunta frivolidad de quienes festejamos aquella victoria deportiva gloriosa, supuestamente despreocupados por lo que pasaba en el país en aquellos años. Incurren, claro, en la trampa del anacronismo. Analizan una época con los parámetros culturales de otra distinta. Y les resulta complicado entender que millones y millones festejaron un triunfo deportivo completamente olvidados, por un momento, de sus respectivas simpatías o rechazos políticos.
Muchos piensan que quienes festejamos en aquellos años estamos en deuda. Que debemos arrepentirnos. Nos demandan un acto de contrición que nunca llegará.
Como si todo fuera poco, las movilizaciones en Brasil ponen de nuevo sobre el tapete la discusión acerca de si, existiendo pobres y miseria más o menos extendida, resulta razonable que un país realice una fiesta deportiva, incurriendo en grandes gastos. Es una pregunta que, en todo caso, los brasileños podrían hacerse cada año, en ocasión del Carnaval y no esperar hasta el Mundial para formularla.
En fin, llega un nuevo Mundial de Fútbol. Nuestra fiesta magna del deporte. Para esta parte del mundo, una ceremonia superior a cualquier otra, que no admite comparación alguna.
Como en la canción, por un rato desaparece el bien y el mal.
Es hoy que empieza la fiesta.