Una cuota de realismo

Por Gonzalo Neidal

cristina_aysa4_26193La pretensión de autosuficiencia argentina se ha derrumbado. Y en buena hora que así ocurra. La tonta ambición de “vivir con lo nuestro” ha sufrido una nueva y justiciera derrota a manos del realismo. Y está muy bien que así sean las cosas.
En realidad, este gobierno ya anunció varias veces a lo largo de los últimos cinco o seis años que se le pagaría la deuda al Club de París, nombre con el que se designa a un puñado de naciones que realizó préstamos a Argentina. El daño causado por esta deuda impaga es notable, en proporción: no somos considerados para inversiones, nuevos préstamos o cualquier otra consideración beneficiosa en el mercado mundial.
Y la deuda continuaba acumulándose con elevadas tasas para morosos. Ahora, finalmente el gobierno decidió que lo mejor de todo era arreglar aunque fuere en cuotas, sobre todo teniendo en cuenta que este gobierno realizará un desembolso mínimo del total y el grueso de los pagos quedará a cargo de futuros presidentes.
La deuda alcanzó los 9.700 millones de dólares y se hará una entrega de 650 millones en julio próximo, 500 millones dentro de un año y el resto en 5 o 7 años, según el nivel de las inversiones que reciba el país.
El gobierno festeja como un hecho importante y liberador que en las negociaciones no haya intervenido el FMI. Ello sería una muestra de nuestra capacidad de decisión soberana. Que nadie audite las cuentas argentinas es algo que al gobierno parece intgeresarle muy especialmente. Cuando asuma el próximo gobierno sabremos si hay razones de peso para cuidar tan celosamente la privacidad de las cuentas públicas argentinas.
A los efectos prácticos, la intervención del FMI no resulta significativa en ninguno de los sentidos pero ha sido tomada como un hecho decisivo y fundamental en las negociaciones.

La reorientación económica en marcha
Ha sido en noviembre pasado, con el cambio de equipo económico, que el gobierno decidió reorientar su política económica en dos aspectos fundamentales: uno, controlar la inflación; el otro: reubicar a la Argentina en el mundo para tornarla elegible para los inversores sean financieros o de radicaciones industriales, explotaciones petroleras, etc.
La explotación de los yacimientos no convencionales de Vaca Muerta, por ejemplo, supone inversiones que ascienden a 10.000 millones de dólares anuales, cifra descomunal que está fuera del alcance nacional. La convocatoria a los inversores ha obtenido hasta el momento el módico resultado de los 1.000 millones aportados por Chevron en condiciones que en lo sustancial se desconocen pero que los trascendidos e indicios hacen suponer que no son extremadamente complacientes con el país sino sumamente severas.
Para que el país pueda colocar bonos (tomar préstamos financieros) a tasas aceptablemente bajas, era preciso arreglar algunas cuentas pendientes en el mercado mundial. Una de ellas era ésta, la del Club de París. Otra, el sometimiento a los tribunales de New York para el arreglo con los holdouts. También el acatamiento a los fallos del CIADI, organismo que dirime los conflictos entre inversores extranjeros y el país.
En este contexto, el arreglo con el Club de París es un hecho auspicioso que increíblemente no se realizó antes, lo que ocasionó perjuicios al país en materia de crédito internacional. Un país que mantenía una deuda tan antigua y se negaba a negociarla, o postergaba una y otra vez su arreglo, no resulta confiable para nadie que esté estudiando invertir en él.
Resulta gracioso ver a Cristina insistiendo el que lo más importante de esta negociación es la no intervención del Fondo Monetario Internacional. La presidenta, por razones ideológicas, abomina reconocer que el arreglo con el Club de París es un acto de buena voluntad por parte del gobierno hacia los países centrales y hacia el mercado financiero internacional.
Siente que el perfil anti imperialista del gobierno ha sufrido mengua al aceptar que debía pagar y al reconocer que lo hace porque necesita llevarse bien con el resto del mundo porque el país demanda inversiones y préstamos. Necesita contraer deuda para nivelar sus cuentas y sacar al país de esta situación de escasez de dólares, que no tiene réplica en la región.

La otra parte del ajuste
La reorientación internacional es un capítulo del ajuste. El otro es la búsqueda de la estabilidad con todos los beneficios que ello implica. Y en esto el gobierno está retrasado. Aquí es donde tiene dudas, donde realiza avances y retrocesos.
Es que parar la inflación supone ajustes que, en todos los casos, son recesivos, impactan sobre el nivel de ingresos y la producción, al menos en el corto plazo. La elevación de tasas, las restricciones de circulante, la devaluación, impactan clara e inmediatamente sobre la vida cotidiana de cada uno de nosotros, en especial, de los que reciben ingresos fijos. En este escenario, las dudas presidenciales son muy grandes. Toma distancia de las medidas de ajuste para que la oposición no pueda decir que está tomando medidas neoliberales y que los trastornos en la economía son producidos por las decisiones del gobierno.
Entonces, en este terreno, lo mejor –piensa el gobierno- es hacer lo menos posible. Pero sus omisiones dejan actual a la inflación, que es un verdadero ajuste que cuenta con el beneficio de parecer ajeno al gobierno. Al menos eso piensa.
El esquema del discurso es el siguiente: la inflación es culpa de los formadores de precios, la caída en la producción automotriz, culpa de Brasil y el resto de los trastornos, culpa del mercado mundial. El gobierno trata de contrarrestar todo ello con medidas de estímulo del mercado tales como los aumentos a la AUH, el retraso en la quita de subsidios, y similares.
En esto, el gobierno está jugando con fuego. Hace malabares económicos pero también dialécticos, para explicar lo que está pasando.
Y mira el almanaque.
No ve la hora de que llegue diciembre de 2015.