Matarse es contagioso

Por Víctor Ramés
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El suicidio ManetNo parece haber nada de particular -lo decimos a ojo- en el mapa suicida histórico cordobés; tal vez no haya una “identidad suicida” que destacar en este lugar del mundo. Puede que un estudio serio basado en las tasas históricas de autoejecuciones mostrasen estacionalidades o patrones de frecuencia, tendencias u ondas expansivas de suicidas. Emile Durkheim, fundador de la sociología científica y autoridad determinante sobre el tema durante el primer tercio del siglo XX, consideraba bien encaminado ese tipo de análisis. Durkheim postulaba que los suicidios no debían verse como casos aislados e individuales, sino como un hecho de naturaleza propia: un fenómeno estrictamente social. Él no ve en el mapa de suicidios de un lugar y un período dado “una simple adición de unidades independientes”, sino un comportamiento que trasciende al individuo que toma la decisión de autoeliminarse.
La idea del “contagio” del suicidio, o un acto de imitación mediatizado por la prensa, se hace patente en un diario cordobés de 1892. En El Porvenir del domingo 19 de diciembre de ese año, diario eminentemente católico, un articulista reproduce la opinión de un colega –a quien no menciona- que se sostiene que los suicidios debieran callarse, ocultarse, negarse, para que no se reproduzcan:
“La prensa y los suicidios – Han sucedido estos días algunos de esos desgraciados sucesos, coincidiendo con la publicación que ha dado la prensa a uno de ellos.
No puede verse mejor confirmada la observación que ya tiene autoridad de larga experiencia, acerca del contagio moral que produce la publicidad de los suicidios.
Es oportuna la observación que hace al respecto uno de nuestros colegas y deseamos que los demás en obsequio del bien general, se priven del malsano aliciente que los lectores pueden encontrar en las noticias de esos desgraciados sucesos.”

El articulista continúa citando textualmente a otro periódico, con cuya opinión se siente consustanciado:
“Hace como un año y en atención a la manía que entre nosotros se había desarrollado de arreglar cuestiones mundanas, apelando al doloroso extremo del suicidio; que la prensa de la capital, por iniciativa del entonces jefe político, contrajo el compromiso formal de no dar noticia alguna que se relacionase con los suicidios. La medida que así se tomaba respondía a la necesidad sentida de no dar pábulo con el ejemplo de los demás, a los desgraciados en cuyo debilitado cerebro se arraiga la malhadada idea de arrancarse la vida.”

Dejando aparte el prejuicio sobre el suicida como alguien de “cerebro debilitado”, señalamos el empleo de la palabra “manía”, y vemos también manifiesta en el artículo una conciencia del propio poder de la prensa: el poder de establecer un vínculo con el lector cuya dinámica puede desencadenar un “contagio” de suicidios, por el hecho de hacerlos visibles. En nuestro presente hipermediático, también solemos aplicar la idea de “contagio”: por ejemplo ante la multiplicación de casos de jóvenes que disparan contra sus compañeros en una escuela, debido a la exposición masiva del “mal ejemplo”.
El cronista original del artículo citado por El Porvenir en 1892, está convencido de que el cumplimiento del acuerdo de no publicar información sobre suicidios, puede bajar el índice de casos en la ciudad:

“La práctica nos ha demostrado que la ausencia de publicidad de las circunstancias que rodean a todo suicidio, es de provechoso resultado. En efecto, durante el año corriente en que la prensa ha cumplido estrictamente el compromiso que contrajo y que al principio nos hemos referido, los suicidios han disminuido notablemente con relación al año anterior, en que alcanzaron proporciones alarmantes y que se sucedían unos a otros a medida que las informaciones de la prensa eran más trágicas o más cargadas de tintes espeluznantes.”

El cronista no parece ser consciente de que su análisis deja fuera de cuadro a una gran mayoría de personas que no leían ni ese ni ningún otro periódico; personas pobres, subsistiendo en condiciones límites, ajenas a los privilegios de la clase letrada. Esto se vuelve obvio cuando el redactor menciona que sus líneas nacen bajo la impresión: “del último y desgraciado suceso, que ha enlutado un hogar respetable. Cesen, pues de una vez esa clase de noticias y cumpla la prensa decorosamente aquel compromiso que se impone por humanidad y por ser de orden público.”

La alerta de “contagio” valía sólo para las familias respetables, la clase lectora de periódicos. Pero allí estaba la marea de los suicidios anónimos, los suicidios populares por causas sociales: miseria, desamparo, o la misma “anomia” que distinguía Durkheim, refiriéndose a épocas y situaciones de sálvese quien pueda, por otra parte no tan raras. Estas personas no leían el diario, pero si sufrían idénticas presiones sociales en un período crítico, que los ponían en la cornisa.

Muy a su estilo, nuestro obligado cierre lo aporta el diario La Carcajada del 2 de agosto de 1896:
“La cosa pasa ya de castaño oscuro. La manía del suicidio no solo se desarrolla en los hombres sino que ahora se ha apoderado también de las mujeres.
Bien que en estas no es por mala situación rentística como sucede con los hombres, sino por culpa de ese demonio de muchacho que se llama Cupido.
De todas manera no es buena la tarantela.”