El Club de París bien vale algunos dólares

Por Pablo Esteban Dávila

ilustra kicillof llegando arco triunfoEl proceso de desendeudamiento del que tanto gusta jactarse Cristina Fernández ha llegado a su fin. Lo ha hecho, paradójicamente, con un poco más de desendeudamiento. De esto es lo que se trata el acuerdo anunciado ayer con el Club de París.
En realidad, el gobierno cancela una deuda para poder tomar otras en el mercado internacional. La totalidad del mundo de las finanzas internacionales le ha dicho que, aunque hay mucho dinero prestable a tasas bastante razonables, nadie se atrevería a entregar un dólar a la Argentina si antes no se regularizaba la situación con este acreedor. Obediente, el ministro Axel Kicillof ha dado este paso, esperanzado en volver a endeudar al país tal y como lo hacía – casi por los mismos motivos – Domingo Cavallo y Roque Fernández en los ’90.
¿Cuál ha sido el motivo por el cual este confeso marxista, enemigo declarado del neoliberalismo y los dictados de las corporaciones financieras, se esforzara con tanto denuedo para arreglar este desaguisado financiero aún pendiente? La respuesta es simple: porque necesita plata, mucha plata. Y porque ya no puede recurrir a la maquinita de imprimir billetes del Banco Central para satisfacer esta necesidad. Detrás de esta penuria se encuentra el gasto público, desbocado desde hace ya varios años y que ya ni siquiera el impuesto inflacionario puede financiar.
En cierta manera, este es el desenlace de una crónica anunciada. Quién más, quién menos, prácticamente todos los economistas vaticinaban que el gobierno debía arreglar, tarde o temprano, sus cuitas con el Club de París para regresar a los mercados de crédito. Aunque desde 2008 Cristina tenía intenciones de terminar con este asunto, la realidad es que trató de esquivarle el cuerpo todo el tiempo que pudo. La razón era simple: necesitaba desembolsar dólares que no tenía. Fue por ello que prefirió continuar financiándose con emisión monetaria, trasladando los costos del déficit a la población. Sólo cuando fue evidente que la inundación de pesos en el mercado se trasladaba invariablemente a la inflación, se cayó en la cuenta que esta herramienta había llegado a un límite infranqueable. Además, y con los precios trepando por encima del treinta por ciento anual, fue necesario actualizar el precio del dólar y esterilizar la plaza de billetes, subiendo las tasas de interés a un nivel que detuvo la escasa inversión y penalizó el consumo. Sólo el ingreso de dólares financieros del exterior podría, en consecuencia, estimular la alicaída economía kirchnerista sin que esto se trasladase a los precios.
Durante la convertibilidad, cuando emitir dinero para financiar al tesoro estaba prohibido, tomar deuda fue un expediente corriente dentro del ministerio de economía. El déficit se cubría con dólares y, como las variables argentinas parecían sólidas, el mundo ponía plata sin preguntar demasiado. Este estado de cosas terminó abruptamente tras la debacle de 2001 y la suspensión de los pagos de la deuda externa anunciada por Adolfo Rodríguez Saa. El Club de París fue uno de los damnificados de aquella decisión, al punto tal de quedar último en la fila de pagos.
La mora con esta institución se debe a que sus reclamos nunca fueron demasiado sonoros y que, en el fondo, los acreedores son una serie de países dispuestos a soportar la mora argentina más tiempo que los bonistas de carne y hueso. Lo cierto es que, durante la primera etapa del kirchnerismo – con sus superávits gemelos de balanza de pagos y cuenta corriente internacionales, hoy extintos – nadie se acordaba del Club de París. La política de desendeudamiento anunciada por Néstor Kichner directamente no lo incluía, en buena medida porque, desde un punto de vista electoral, era mucho más redituable pagarle al FMI (aunque no reclamara ninguna cancelación de sus créditos) y negociar feroces quitas con los acreedores privados que arreglar las cuentas con ignaros burócratas internacionales. Pero aquella omisión hoy se toma una revancha simbólica: con la cancelación de esta deuda también se clausura el cacareo del desendeudamiento.
¿Fue claudicación o realismo? Probablemente una mezcla de ambas cosas. Porque por obviar el realismo económico – especialmente aquél que aconseja no subir el gasto más allá de los recursos que puedan obtenerse para pagarlo – la presidente tuvo que claudicar en sus principios de no volver a tomar un dólar más en los odiosos mercados financieros. El idealismo tiene una demanda de austeridad y solvencia que, evidentemente, ella no estuvo dispuesta a pagar. Porque ser populista a costa de la irresponsabilidad fiscal es el camino más corto para regresar al conservadurismo económico. Le pasó al propio Perón en la década del ’50, después que dilapidó las reservas de oro atesoradas en el Banco Central tras la segunda guerra mundial, le pasa ahora a Cristina luego de desperdiciar diez años de boom en las exportaciones de commodities agrícolas.
Esta regresión es un revés para el relato nacional y popular, más necesitado de dólares que de los nuevos billetes con la esfinge de Evita. También lo es para el altanero Kicillof, quién ahora descubre que, después de todo, los financistas no son gente tan mala, especialmente cuando se trata de sacar las papas del fuego tras los desastres seriales del gobierno. Emulando al pragmatismo de Enrique IV de Francia, el ministro tal vez podría remedar aquello de “París bien vale una misa” por algo así como “el Club de París bien vale algunos dólares”. La necesidad siempre tiene cara de hereje.