Plumereando viejas sonrisas

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

Sombreros sepia antiguo
Sobre los modos de llevar el sombrero.

[dc]N[/dc]os cuidaremos de intentar una introducción sobre la sátira, el humor político o el humor a secas en el periodismo histórico local, o pretender aportes a la cátedra especializada del humor cordobés, tema que provee un extenso corpus como para quemarse las pestañas, y obliga a tomar registro de lo que ofrecen al oído las calles de esta ciudad y esta provincia.
Lo nuestro no rebasa la curvatura hacia arriba de la comisura de los labios; es menos callejero, o más salonero. Nos limitamos a compartir la pequeña onda expansiva de dos o tres sonrisas recogidas en los diarios, o mejor, provocadas por ellos, a un siglo o poco más de publicado el estímulo.

I.
La primera la suscita el modo en que el periodista critica una representación teatral; por el estilo de su análisis que, además, no aspira a ser jocoso. Lo publica La Voz del Interior el 16 de febrero de 1909:
“Anteanoche acudimos al alegre teatro de la calle Rivera Indarte atraídos por el anuncio del drama policial ‘Sherlock Holmes’, arreglo superior, según los programas, a los hasta ahora hechos para divulgar en las tablas las fantásticas hazañas del pesquisante inglés”, introduce el cronista, y declara enseguida: “Mucho sentimos no poder aplaudir al señor don Eduardo Perlá en el desempeño de esta obra. Con todo sentimiento le decimos que lo hace muy mal”. Las razones del crítico parten de la fisonomía y rasgos del personaje de las novelas, “un tipo delgado, elegante, desenvuelto, pulcramente vestido y con la pulida faz completamente rasurada, nervioso, ágil…”.
El actor que lo representa en Córdoba, es decir el “Sherlock del Variedades”, se presenta en cambio como “un tipo de vejete de aldea, con bigote canoso, con ademanes bruscos, con traje viejo, ordinario y sucio y sombrero chambergo”. Además le resultan odiosas al redactor “la lentitud y la poca destreza en sacar el revólver, en ponerse el monóculo, en manejar el bastón…”. En síntesis: “¿A quién pudo convencer que encarnaba el tipo de personaje de Conan Doyle?… ¡A nadie!”.

II.
Una variante de sonrisa candorosa la ofrece una noticia que versa sobre Verona, Italia, y sobre la “casa de Julieta”, si nos atenemos estrictamente a la naturaleza literaria de los amantes que Shakespeare inmortalizó. Es cierto que el origen real de la historia alienta inútiles discusiones, pero no podemos sustraernos a la naturalización histórica con que el redactor de La Patria del viernes 16 de febrero de 1906 relata la noticia:
“La casa de Julieta Capuleto, de aquella Julieta adorada de Romeo y cantada por poetas y dramaturgos, su propia casa rechoncha y de cimientos feudales, adornada todavía del famoso balcón, acaba de salir a pública subasta y ha sido comprada por el municipio.” El precio de “siete mil quinientas liras han bastado para preservar de toda profanación la casa de esos recuerdos”. Al concluir el suelto periodístico, comenta: “Vacío se halla el museo, no subsistiendo nada de Romeo ni Julieta, de los Capuletos ni Montescos. El balcón de Julieta está en ruinas, y crece la hierba entre las piedras de granito y todavía debemos decir, para vergüenza de Verona, que sirvió hasta estos últimos tiempos la casa de los Capuletos, de almacenes”.

III.
El tercer texto proviene de un diario más antiguo y lejano: El Orden, publicado en Montevideo el sábado 26 de noviembre de 1853. No intervendremos en este delicioso apunte de costumbres que intenta un “lombrosiano” análisis de las personalidades masculinas, en base a su modo de usar el sombrero:
“En una de nuestras últimas crónicas hemos hablado de las diferentes transformaciones que ha sufrido el sombrero. Hoy nos vamos a ocupar del modo de llevarle, como un medio muy a propósito para caracterizar a las personas. Cada cual le coloca de distinta manera sobre el cráneo, dando así un aspecto particular a su fisonomía, que influye a primera vista en la opinión de los demás. Unos le llevan excesivamente echado atrás, siguiendo el ejemplo de los borrachos, y suelen parecer a los bobos o distraídos. Otros le colocan sobre la oreja derecha con una inclinación de 45 grados respecto al horizonte, para tomar aire tremebundo y amenazador. Así le llevan los andaluces ternes, los fanfarrones y todos los que escupen por el colmillo izquierdo.
“El sombrero puesto sobre las cejas es propio de los hombres lúgubres, de los hipócritas y de los que quieren quitarse el sol o padecen de la vista. También le llevan así los jugadores tronados, los calaveras de la escuela antigua, y muchos que no son ni lo uno ni lo otro. Los que llevan el sombrero perfectamente vertical, revelan ser hombres circunspectos y metódicos, pero algo tímidos. Algunos acostumbran a calársele con exceso para que la gente les tome por belgas, anglo-americanos o diplomáticos manchegos. Estos son los que más nos encocoran.
“Con respecto al modo de saludar y coger el sombrero, pueden hacerse observaciones de mucha trascendencia. Basta a veces ver a un hombre quitársele con objeto de hacer un saludo, para adivinar si es miserable o generoso, grosero por naturaleza o cortés y bien educado. No hablemos de los que le atusan con el codo, de los que le cubren con un pañuelo cuando llueve, ni de los que le enarbolan en la punta del bastón en casos de apreturas. Estos rasgos definen a un individuo. Muramos primero que confundirnos con gente semejante”.