Pachamama sí, new age no

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

ilustra pachamama[dc]C[/dc]uando todo lo que pasaba en la música pasaba en Inglaterra o Estados Unidos, las miradas del mundo convergían sobre esas regiones centrales y sus principales exponentes servían como modelo para el resto del planeta. En los años sesenta, el rock anglosajón fue incorporado por estilos autóctonos, dando como resultado mezclas que con el tiempo crecieron hasta adquirir dimensiones impensadas.
De esa apropiación surgieron, por ejemplo, la cumbia chicha en Perú, el reggae en Jamaica, el rai en Argelia y tantas otras propuestas sonoras en las que encontramos elementos rockeros, insertados por artistas locales en los formatos nativos. Por el mismo proceso, muchachos porteños a los que sus padres les había inoculado el virus del tango, decidieron emanciparse y en ese mismo envión dar a luz al rock nacional, con las particularidades que todos conocemos y apreciamos.
Idéntico mecanismo se repitió en todas las latitudes, porque si algo tuvo la explosión rockera fue una vocación global que derribó, inclusive, barreras que se consideraban infranqueables, como las ideológicas y las religiosas.
Y así se introdujo tanto en regímenes que habían cortado vínculos con la economía capitalista (soporte fundamental para el éxito del género) como en aquellos en los que imperaban gobiernos teocráticos cuya especialidad era censurar las expresiones mundanas repudiadas por los textos sagrados.
Esta etapa expansiva se prolongó a lo largo de veinte años, periodo en el que más o menos se sostuvo el impulso renovador inicial que consolidó su estallido con la pelvis de Elvis y los flequillos de los Beatles. Pero después del punk poco y nada quedó de aquella frescura original. De las usinas de originalidad se escuchó un “puf puf” que alarmó a todos, porque parecía no haber plan B para la feria de vanidades del rock bizz que se creía eterna.
De las mentes más esclarecidas dentro del panorama musical, surgió la idea de buscar una salida de emergencia. Y la encontraron, precisamente, allí donde el folklore se había atrincherado para ejercer una digna resistencia. De los confines del planeta, a los que la globalización ponía más cerca, brotaron ritmos y melodías distintos, raros, como encendidos, que revitalizaron una mina de oro a la que se suponía agotada.
Entonces fue cuando todos se acordaron que los antecedentes del rock se remontaban a orígenes africanos. Y que volver a las raíces significaba una por demás lícita manera de revivificar el circuito creativo, en tiempos en que el público demandaba productos nuevos y –por el contrario- recibía como oferta lo mismo de siempre. Hacía falta un soplo de aire fresco. Y al abrir las ventanas, lo que ingresó fue una voz muy antigua, a la que ni los más altos decibeles habían logrado acallar.
Muy pronto, estas obras recibieron, como premio al mérito, sus propios rótulos dentro de la industria discográfica. Se las llamó “world music” o “música étnica”. Y como justo vinieron a coincidir con una búsqueda colectiva que proponía un retorno a la espiritualidad (en contraste con el materialismo imperante), fueron asimiladas al ambiguo concepto de la “new age”, donde convivían con prácticas asociadas al yoga y ceremonias de un impostado misticismo.
Ahora, a la vuelta de la historia, cualquier resurgir folklórico es sospechado de vínculos con el movimiento new age. Como ocurre con el caso de Tonolec, el dúo argentino que trabaja la herencia toba desde la música electrónica. “Esto no es new age, es Pachamama”, debió salir a aclarar Charo Bogarín, la cantante del grupo. Y en esa frase, resumió hasta dónde ha llegado el rescate que con muy buenas intenciones propendieron en su momento Peter Gabriel o David Byrne, y que ahora se ha convertido en una marca de la que resulta muy difícil despegarse.