Merkel, ¿al rescate de Monsanto en Malvinas?

Por Pablo Esteban Dávila

p08-1Es notable como se puede manipular a la opinión pública desde las más nobles intenciones. Días atrás, la Asamblea Malvinas Lucha por la Vida y la Fundación para la Defensa del Ambiente (Funam) dieron a conocer un estudio que revelaba que, en 10 casos seleccionados en aquella ciudad, aparecían compuestos clorados en sangre de productos prohibidos desde hace décadas. Esta videncia fue presentada como una muestra inequívoca de los efectos que las prácticas agrícolas basadas en agroquímicos producen en la salud de la población, algo que, a juicio de los mentores del estudio, amerita que se revoquen definitivamente todas las autorizaciones otorgadas a la planta de semillas que Monsanto planea instalar en Malvinas.
Sin que se entienda demasiado bien que tiene que ver este hallazgo con la radicación de la multinacional, lo cierto es que este tipo de ecologismo cataclísmico logra producir cierta inquietud en la opinión pública. Porque, a diferencia de otro tipo de conclusiones y estudios (básicamente, los generados por empresas o gobiernos, siempre sospechados de parcialidad o direccionamiento), los producidos por las asociaciones de ambientalistas gozan de una inmunidad que generalmente no se les concede a otras entidades. Basta con citar la opinión de algún experto vinculado con las ONG verdes para dar fe de verdad a los epílogos más catastróficos.
Pero ayer fue nuevamente noticia algo que Alfil había adelantado exactamente una semana atrás. El bioquímico Fernando Manera, un especialista en toxicología que difícilmente podría ser identificado con algún obscuro interés transnacional, dijo que los químicos hallados en la muestra tomada en Malvinas Argentinas podrían ser encontrados en prácticamente cualquier ser vivo, “inclusive en Ángela Merkel”. La canciller alemana, como todo el mundo sabe (o debería saber) creció en la Alemania oriental, aquél paraíso comunista en donde, por supuesto, la contaminación capitalista no podría haber existido. En otras palabras: Manera dijo, con elegancia y el debido respeto por sus colegas, que este estudio no sirve para impugnar las actuales prácticas agrícolas ni – mucho menos – la radicación de Monsanto.
Es importante señalar esto porque en temas de ecología nadie discute abiertamente – o se atreve a hacerlo – lo que algunos fundamentalistas afirman con gran seguridad. Este silencio tiene, al menos, dos orígenes. El primero, el halo de romanticismo que envuelve la lucha por la tierra y el medio ambiente, que hace que la mayoría de las personas de buen corazón y mejores intenciones adopte acríticamente muchos postulados anti científicos, negándose a conceder un trato equivalente a otras posiciones menos radicales. El segundo, el hecho comprobado que el ambientalismo es, casi sin fisuras, un discurso antisistema en el que gusta de converger el izquierdismo post soviético, el antiimperialismo, los globalifóbicos y – seamos honestos – buena parte del periodismo, mucho más permeable a estas tendencias que a las razones esgrimidas por las corrientes de la sustentabilidad empresaria. Ambos aspectos, el romántico y el ideológico, contribuyen a hacer del ambientalismo una posición más cercana al misticismo pre ilustración que a una ciencia capaz de argumentar racionalmente.
La propia dinámica de la sociedad de la información (paradójicamente, un típico producto de la evolución capitalista) contribuye a la difusión de los escenarios que el pesimismo ecologista plantea para el futuro próximo. Es mucho más interesante y movilizador escuchar sobre el genérico padecimiento de “la tierra” por los excesos del ser humano – especialmente del tipo que habita en las sociedades desarrolladas – que el preguntarse cómo diablos ha hecho la humanidad para dar de comer a tanta gente con prácticamente la misma dotación de tierras cultivables que tenía a finales del siglo XIX.
Estas no son razones artificiosas destinadas a desacreditar a quienes se oponen a la agricultura moderna, un combo que incluye a Monsanto, los aviones fumigadores, la labranza cero y a los agricultores despectivamente adjetivados como “sojeros”. Nada de eso. Simplemente, se trata de poner en evidencia que, si el economista Thomas Malthus hubiera predicado en estas épocas, seguramente hubiera sido una estrella de las redes sociales y de la militancia ambientalista. Sus vaticinios de la hambruna universal, de muertes por inanición y de pestes bíblicas azotando a la humanidad por la carencia de las proteínas habrían hecho las delicias de la progresía mundial, desplazando a Joseph Stiglitz de la tabla de preferencias. No es casual que, en el discurso ecologista, aparezcan continuamente las mismas prevenciones que tuvo Malthus, esto es, el pesimismo, el fatalismo y la desconfianza en el progreso humano. El hecho que este hubiera sido un conservador inglés que detestaba la promiscuidad, a los pobres y el sexo fuera del matrimonio no parece haber sido óbice para renegar de su legado.
Pero Malthus se equivocó. No porque sus postulados fueran intrínsecamente incorrectos (el más recordado: “mientras que la población crece geométricamente, la producción de alimentos lo hace aritméticamente”), sino porque no fue capaz de prever que el ingenio humano y los estímulos de la innovación capitalista lograrían, apenas 150 años después de su muerte, producir cantidades asombrosas de alimentos que permitiesen, aunque todavía con flagrantes injusticias, alimentar a la mayor parte de los más de siete mil millones de almas que pueblan el planeta. Esta revolución alimentaria fue posible, en gran medida, a los cultivos transgénicos y las técnicas agrícolas, aquellas que combaten ferozmente los asambleístas de Malvinas Argentinas y la Funam, entre centenares de ONG de similares características con mejor prensa que Monsanto y los productores sojeros.
Este no es, por supuesto, un alegato a favor de la polución y el desguace de los recursos naturales. Si hay algo que necesita la humanidad para poder seguir habitando nuestro planeta es sustentabilidad, una condición que – afortunadamente – es crecientemente aceptada por ciudadanos, empresas y gobiernos que, con razonabilidad y realismo, procuran armonizar el respeto por el ambiente con las lógicas necesidades de subsistencia que los seres humanos requieren. Pero alguna vez debe exigírseles a quienes pronostican el colapso del mundo culpa de los transgénicos que expliquen como harían para alimentar a la creciente población mundial sin que una hambruna malthusiana se abatiera sobre millones de desgraciados en los países más pobres. O que expusieran públicamente, sin golpes bajos ni apelaciones a la autoridad de defensores de la naturaleza, el real alcance científico de sus estudios, presentados a menudo como la quintaescencia del saber y la transparencia. La oportuna apelación de Manera a la lejana Ángel Merkel ayuda a proyectar algo de cordura a una temática que, de por sí, se encuentra pletórica de posiciones alejadas de la razón.