Cristina, la conversa

diapason Uno no entiende bien lo que quiere decir la frase “más papista que el Papa” hasta que tiene un Papa argentino. Y una presidenta como Cristina, que ahora lo cita cada vez que puede.
La presidenta nos da la impresión de estar a punto de fundar el Club de Admiradores de Francisco. A nadie parece admirar más que a él. Se trata, lo sabemos, de una admiración nacida recientemente. En el momento exacto en que el otrora despreciado Cardenal Jorge Bergoglio fue designado para ocupar la cúspide de la jerarquía eclesial. Después de todo, Pedro negó tres veces a Cristo y luego fundó la Iglesia Católica. Cristina se cansó de desairar a Bergoglio y ahora está encantada con Francisco. Es el fanatismo de los conversos.
El entusiasmo de los que recién descubren las excelencias de lo que antes abominaban.
El énfasis de los que quieren convencernos de la autenticidad de sus sentimientos.
Ayer Cristina citó al Papa en una frase importante: “la corrupción pública y privada no reconoce ideologías ni fronteras y afecta a todos los países”. Los cronistas no señalan si Cristina se puso colorada al leer esta frase. Se trata de algo por lo que la presidenta, al igual que su extinto marido, siente una auténtica pasión: la corrupción. Mejor dicho: pasión por referirse a ella como un asunto que le es completamente ajeno, que no la roza en absoluto.
Porque todos sabemos que la corrupción es algo que ocurre en otros países. En territorios lejanos. Argentina tiene la suerte de ser “un país con buena gente”. Aquí los funcionarios públicos jamás osarían mezclarse en algún tema que suponga quedarse con dinero del estado. El caso del vicepresidente Amado Boudou es un malentendido. Él sólo quiso ayudar a salvar una empresa que estaba en dificultades financieras. Una empresa esencial pues produce uno de los bienes que los argentinos adoran: papel moneda.
Pronto se aclarará todo y Boudou podrá sacarse él mismo una foto con Francisco. Incluso podrá regalarle una remera que diga: “Yo amo a Ciccone”.
Ayer, en el mismo acto en que se refirió a la palabra papal, Cristina demostró que su conversión es más extensa. Abarca también a sus convicciones políticas y económicas. Criticó duramente las privatizaciones de los años noventa. Si la memoria no nos falla, ella y Néstor no hicieron huelga de hambre contra la privatización de YPF ni se encadenaron a la reja del edificio, en son de protesta. Al contrario: la apoyaron y militaron a su favor. Y se beneficiaron con el pago de las regalías atrasadas, los famosos 600 millones de dólares de destino incierto.
Cristina es incapaz de pronunciar las palabras “yo me equivoqué” o bien “antes pensaba distinto”. Ni en referencia a YPF ni en relación al Papa. Ella se guía por una suerte de instinto de preservación que va afinando día a día, minuto a minuto. La memoria de sus antiguas posiciones o ideas no la mortifica. Ni siquiera la incomoda. No necesita andar explicando por qué antes creía que Bergoglio era un cura reaccionario y que YPF debía ser privada. No. Ella hace como que aquello no existe ni existió nunca. Piensa que nadie se acuerda de nada. Y menos aún los jóvenes de La Cámpora, cuya doncellez política suele ser tan amplia como su ignorancia del pasado reciente y remoto.
La adaptación a las nuevas condiciones es la clave de la supervivencia. Al menos ese fue el núcleo del legado de Darwin. Pero se trata de un proceso que lleva tiempo de decantación, periodos de adaptación progresiva. Parece que, en política, este proceso es más brusco.
Y más grotesco.
DVG