Nadie se muere en la víspera

Por Jorge Camarasa

[dc]C[/dc]arlos Saúl Menem (casi 84; dos presidencias, dos matrimonios, cuatro o más hijos), el hombre que hace hoy veinticinco años derrotó a Eduardo Angeloz en las elecciones presidenciales de 1989, suele decir que nadie se muere en la víspera.
Pero quién sabe. Él, por lo menos, no. Es un sobreviviente: sobrevivió a fábricas y embajadas voladoras, a swiftgates y yomagates, a Ferraris regaladas y a empresas privatizadas y vidas públicas.
Si su historia personal es la de un self-made man y su historia política la de una década que ya es cosa de arqueólogos, su parábola también es notable: de hijo de vendedores ambulantes terminó bajo sospecha de tener una fortuna en Suiza, y de nacionalista folklórico ad hoc en diligenciador de relaciones carnales con el mismísimo maldito corazón del imperio.
Entre un extremo y el otro, mucha agua pasó bajo los puentes.
Todo empezó en Anillaco, en las faldas de la riojana Sierra de Velasco, donde nació el 2 de julio de 1930. Fue el primer hijo de su madre y el segundo de su padre, y a principios de los años cincuenta se vino a Córdoba a estudiar Derecho. Fue aquí, dicen, donde se empezó a interesar por el poder, pero no se tiraría al agua hasta 1973, cuando fue elegido gobernador de su provincia.
Para entonces estaba casado con Zulema Yoma, una musulmana matriarca en ciernes, y empezaba a curtir un look con reminiscencias facundianas: cabalgatas mediáticas, descomunales patillas entrecanas y telúricos ponchos colorados. Todavía no había dicho “Somos el Primer Mundo”, pero lo diría después.
El golpe de 1976 también a él le pasó factura, y durante la dictadura estuvo preso en el buque “Treinta y tres Orientales”, en Magdalena, en Las Lomitas y en Mar del Plata. En 1983, con el retorno a la democracia, volvió a ser elegido gobernador de La Rioja, pero para entonces ya era otro: a su pasión por River, manejar coches de carrera y pilotear aviones, le había agregado una viscosa fascinación por la farándula, y pasaba semanas en Buenos Aires, donde trasnochaba en el restaurante Fechoría con señoritas no muy políticas. Gerardo Sofovich, Rolo Puente y otros intelectuales, formaban parte del grupo.
Zulema trinaba y empezaría su guerra santa: le invadía el departamento porteño, le tajeaba los trajes colgados en el placard, le hacía sentir su ira musulmana. Zulemita y Carlitos, la Garza y el Chancho, los hijos del matrimonio, tomaron partido por ella. Los amigos de él eran una colección de futuros procesados: Alberto Kohan, Ramón Hernández, Carlos Spadone, Miguel Ángel Vico…
En el país gobernaba trabajosamente Raúl Alfonsín, que timoneaba a duras penas para no caer a un precipicio de asonadas militares, aventuras guerrilleras, inflación creciente y cortes de luz, y el peronismo había iniciado uno de sus periódicos cambios de piel: la Renovación, en la que el partido se lamería las heridas recibidas en 1983.
Antonio Cafiero era la cara de una de sus vertientes, y Menem de la otra. No eran muchos los que daban algo por él. Para la visión centralista del peronismo porteño, ese riojano grandilocuente y retacón, de vida disipada, era demasiado provinciano, demasiado kitsch, demasiado artificioso.
Pero la historia no se escribe en los escritorios, y en julio de 1988 ganó la interna para las presidenciales del año siguiente. Le tocaría competir con un hombre que parecía su opuesto. Eduardo César Angeloz era el gobernador radical de Córdoba, y había dirimido candidatura con el chaqueño Luis León. A diferencia de Menem, tenía una imagen de político formal, ejecutivo, moderno, y un slogan de campaña que era un canto al voluntarismo: “Se puede”.
El riojano replicaría con la “revolución productiva” y con el casi evangélico “Síganme, no los voy a defraudar”. Y años después agregaría: “Si yo decía lo que iba a hacer, no me votaba nadie”.
El 14 de mayo de 1989 fueron las elecciones presidenciales anticipadas en un país que tambaleaba por la hiperinflación y los saqueos. La fórmula Menem-Duhalde sacaría el 47,49 por ciento de los votos, y la de Angeloz-Casella el 32,45.
Fue ese día, hoy hace veinticinco años, cuando Carlos Saúl Menem le daría un sonoro cachetazo a la historia política del país. Los ecos del sopapo durarían una década.
A pesar de los pronósticos agoreros, nadie había muerto en la víspera.