Un fantasma sobrevoló el Congreso

Por Jorge Camarasa

En poco más de una hora, sin estridencias, oropeles ni fanfarrias, el Congreso Nacional del Partido Justicialista eligió el viernes pasado en Parque Norte, territorio de Mauricio Macri, a los mariscales kirchneristas que deberán guiarlo hasta las turbulentas aguas de 2015.
En un escenario mustio y recatado, carente del calor, la liturgia y la mística de otros tiempos, casi un millar de congresales convalidaron los pronósticos públicos que anunciaban al gobernador jujeño Eduardo Fellner como conductor y al oficialismo K como ganador, y absolvieron del sacudón de la sorpresa a propios y extraños.
Fue una manera esperada de volver a replegarse sobre sí mismo, de encastillarse en la falsa fortaleza del pensamiento único, de mirarse el ombligo como si fuese un atalaya.
Novedades, hubo pocas. Hubieron, eso sí, las ausencias avisadas de José Manuel De la Sota y los peronistas puntanos y santacruceños; la canonización de Jorge Capitanich como hombre-para-todo-servicio; la reaparición de olvidados leones hervíboros como Guillermo Moreno o Juan Abal Medina, y los premios consuelo a la trabajosa lealtad cegetista de Antonio Caló y al desplazamiento de la línea de sucesión presidencial de la senadora Beatriz Rojkés de Alperovich.
También hubo un previsible espaldarazo a La Cámpora, herederos en el imaginario kirchnerista, que a las funciones de gobierno que ya tenía, sumará desde ahora un rol institucional. Eduardo “Wado” de Pedro fue elegido vicepresidente cuarto, y José María Ottavis, Mayra Mendoza, Luz Alonso, Juan Cabandié, Gervasio Bozzano, Santiago Carreras y Mariano Sánchez ocuparán secretarías. Por fuera del sello, pero igualmente jóvenes, también obtuvieron secretariados el cordobés Martín Gill y Pablo Ayala, del Movimiento Evita, fundador de una agrupación bautizada con el simpático nombre de Putos Peronistas.
Entre las propias filas, el congreso decepcionó a quienes esperaban la unción de un único candidato oficialista, porque en cambio estuvieron casi todos: el presidente de la Cámara de Diputados, Julián Domínguez; el senador Aníbal Fernández; los ministros Florencio Randazzo y Agustín Rossi, y los gobernadores Daniel Scioli, Sergio Uribarri y Juan Manuel Urtubey. Cada uno de ellos, a falta de ser señalado por el dedo de Dios, premiado con una vicepresidencia honoraria.
Fuera de eso, en perspectiva, el congreso del Partido Justicialista fue una estudiantina en sordina y sin luz; el reparto de bienes de una herencia anticipada, para que cada cual, con lo que le tocó, haga lo que pueda.
El ingreso de tantos jóvenes, de tantos potenciales candidatos y de tantos premios consuelo, obligó a la ampliación del Consejo, el órgano ejecutivo partidario, que pasó de setenta y cinco a un centenar de integrantes, que durarán dos años en sus puestos.

¿Dos años? ¿Y qué pasará desde aquí a dos años?
Nadie lo sabe; pero lo cierto es que lejos de los ecos de tambores de guerra como los de 1974, cuando Juan Domingo Perón abrió las sesiones, o los de 2004, cuando Hilda Duhalde y Cristina Fernández intercambiaron cariñosas alusiones personales, el del viernes fue un congreso sobrevolado por el fantasma de la incertidumbre.
El riesgo de un resultado adverso en las elecciones presidenciales del año próximo fue una nube cargada cernida sobre Parque Norte, y el moderado exitismo del millar de congresales no fue conjuro suficiente para alejar ese fantasma.
Es que tal vez como nunca antes, ni en 1983 ni veinte años más tarde, las dudas sobre el futuro aletean para recordar que ni siquiera el peronismo es un partido invicto en la historia electoral de la Argentina.
Nada está dicho, pero tampoco nada es seguro y sólo el tiempo podrá conjurar ese fantasma.
En dieciocho meses –un instante o una eternidad, según se mire- se sabrá si esos mariscales elegidos el pasado viernes lo serán de la victoria o de la derrota.