Catarsis mediterránea para Daniel Scioli

Por Pablo Esteban Dávila

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El Partido Justicialista, proclamó Presidente al gobernador de Jujuy, Eduardo Fellner, durante el Congreso Nacional del PJ realizado en Parque Norte.

Si Daniel Scioli pensaba que el congreso nacional del partido Justicialista lo proclamaría “candidato súbito” – una de las posibilidades de santificación que ofrece el Vaticano – se equivocó. El cónclave del pasado viernes cumplió con su propósito formal (la normalización de la fuerza), pero no avanzó en los asuntos que desvelan al gobernador bonaerense. Su aclamación como candidato oficialista deberá continuar esperando.
A Scioli le hubiera gustado estrenar el traje de candidato oficial hoy en Córdoba, en donde asistirá al tradicional almuerzo de la Fundación Mediterránea. Conocedor de las taras antikirchneristas que predominan en la provincia, habría aprovechado la tribuna empresaria para postular las bondades de su enfoque político gradualista que, sin dinamitar todo lo hecho por los Kirchner, permitiera soñar con una Argentina menos crispada, con mayores consensos. Hubiera sido su compromiso presidencial, convenientemente amplificado desde el centro del país. Pero esto no será posible, al menos por ahora. En su lugar, el motonauta deberá ensayar otro de sus discursos voluntaristas, de filiación schopenhaueriana, de la clase que enervan a las audiencias deseosas de razonar en base a las relaciones de causa – efecto, tal como parece ser el público que lo escuchará en horas del mediodía.
El bonaerense tendrá otro motivo de mortificación en su visita a la provincia. Por razones protocolares (y no tanto) mantendrá una reunión con el siempre vigente José Manuel De la Sota. Seguramente, el cordobés aprovechará la ocasión para reprocharle – aunque lo haga con una de esas amplias sonrisas de las que siempre hace gala – su ingenuidad ante el kirchnerismo. “Te lo dije, quieren que seas el candidato de la derrota. Los K te van a fusilar en medio de la campaña”, le dirá una vez más. Aunque se desconocen las reacciones que Scioli podría tener ante este tipo de advertencias, existe una certeza sobre que aprovechará la intimidad del amplio y luminoso despacho de la casa de gobierno para desahogarse.
“Yo no esperaba que el congreso partidario me proclamara” – se atajará – “pero, como mínimo, esperaba señales en tal sentido”. De la Sota, comprensivo, le reafirmará lo que siempre ha pensado del asunto. “Daniel, con vos todo bien. Con Eduardo Fellner tampoco hay problemas, pero bancarnos que La Cámpora nos flanquee el partido como lo ha hecho es inadmisible. Esto te limitará como candidato y, si llegás al gobierno, también en la presidencia. El lameculismo de hoy es la cancha que nos marcarán en el mañana. Deberías saberlo”. Por supuesto que Scioli lo sabe, quizá mejor que nadie, pero todavía no se anima a plantar bandera, para desesperación del cordobés.
Imaginar los posibles diálogos entre ambos gobernadores podría llenar páginas de literatura pero, en esencia, el tema se reduce a una cuestión de estrategia: cuándo cortar con los K. Mientras que De la Sota opina públicamente que ahora es el momento (él lo ha hecho y le encantaría que todo el peronismo lo siguiera), el bonaerense cree que es mejor hacerlo después que haya jurado como presidente. El contrapunto podría continuar durante un buen tiempo. Así, De la Sota argumentaría que, de no independizarse antes de Cristina, nunca se ganarán las elecciones, a lo que Scioli respondería que, sin el gobierno nacional, la provincia de Buenos Aires se le incendiaría en medio de la campaña, con lo cual tampoco triunfaría. Ambos podrían coincidir amablemente que sus respectivos puntos de vistas son razonables y que, de invertirse los roles, tal vez no podrían hacer nada diferente de lo que están haciendo. Sin embargo, el cordobés siempre podría sacar a relucir el argumento más práctico y, por lejos, el más mortificante para su colega: el de 1999.
Quince años atrás, el escenario en el peronismo era bastante parecido al actual. Carlos Menem debía abandonar la presidencia por mandato constitucional, pero mantenía algún prestigio y adhesión social. Enamorado como lo estaba de sus propios logros, sólo quería regresar al poder tan pronto como pudiera. La fecha más inmediata era el 2003, cuando su sucesor terminara su respectivo mandato legal. Para ello, sabía que si lo reemplazaba un justicialista (en aquél año, Eduardo Duhalde era el candidato oficial, a regañadientes del riojano) sus propósitos se le harían cuesta arriba, dada la innata adherencia al poder con que cuentan los peronistas. Para sus intereses, era mejor que fuera Fernando de la Rúa, el postulante de la Alianza, quién recibiera la banda presidencial. Esto fue lo que efectivamente sucedió y, de no ser porque Duhalde llegó a la presidencia tras el descalabro de 2001, la estrategia menemista tal vez se hubiera cumplido.
Con este antecedente, es fácil imaginar la advertencia: “Cristina lo prefiere a Macri de la misma manera que Menem lo quería a De la Rúa”. Esta es una de las hipotéticas conclusiones que De la Sota podría esgrimir hoy frente a Scioli. “El kirchnerismo dirá que está con vos, pero jugará para Mauricio. Para ellos sos un candidato fusible, una versión vergonzante del modelo nacional & popular. Te lo harán sentir todo el tiempo, hasta que pierdas”. Tamborileando con sus dedos, Scioli bien podría tomarse unos segundos para responder. “Cristina debería saber que Macri no es De la Rúa. No creo que, si llegase a la presidencia, se vaya antes de tiempo, como tampoco considero que no pueda tener ninguna posibilidad de reelección. Si ella ignora esta posibilidad, la estamos sobreestimando”. ¿Se encogería de hombros De la Sota? Probablemente. Entonces podría soltarle un enigmático “mejor para nosotros”, sin desentrañar quienes integran aquella segunda persona del plural.
Por supuesto, todo esto es conjetural, pero no puede negarse que De la Sota ha quemado naves con todo lo que roce al kirchnerismo. Como es un dirigente lo suficientemente astuto como para separar a los peronistas individualmente considerados de esta categoría – a la que califica de aborrecible – su relación privada con Scioli no sufrirá ningún tipo de menoscabo. Pero el haberse distanciado de la forma en que lo ha hecho le permitirá hablarle más como amigo que como aliado, y advertirle de las posibles consecuencias que entraña el no terminar de romper nunca con la Casa Rosada.
Por supuesto que, para Scioli, la visita a Córdoba no es ningún martirologio ni tiene como objetivo central recibir la filípica de un colega. Forma parte de su estrategia nacional de mostrarse como alguien que supera al kirchnerismo al que dice pertenecer, visitando uno de los más tenaces feudos opositores que existen en el país. Con De la Sota habrá catarsis y promesas de seguir explorando alternativas, como lo harían dos boys scouts en un bosque desconocido, mientras que con los empresarios mediterráneos se mostrará como el único capaz de integrar el futuro con el pasado, sin los dolores que trae aparejado cualquier tipo de cambio. “Previsibilidad, eso es lo que ofrezco”, podría resumir tras su visita. No obstante que esto podría ser suficiente para una provincia conservadora, bien podría motivar algún cruel sarcasmo en quienes consideran que tal atributo es algo así como la misma gaseosa pero rebajada con un chorro de soda. Y, en Córdoba, debe recordarse que nada que tenga sabor K parece digerible, aunque se llame Daniel Scioli.