Los 500.000

Por Pablo Esteban Dávila

ilustra 300 con de la sota[dc]C[/dc]omo mínimo, son quinientos mil votos. Esto es lo que pierde el peronismo nacional al quedar fuera José Manuel de la Sota de la reorganización de la fuerza, al menos si se considera el total obtenido por el cordobés en las últimas elecciones legislativas. Si, en lugar de tal ratio, se tomara el resultado de los comicios que lo devolvieron al gobierno de la provincia, esta cifra debería incrementarse hasta las 750.000 voluntades.
No parece ser poca cosa para un partido que, por primera vez desde 2003, tendrá que vérselas con competidores de fuste en las presidenciales venideras. Todos los pronósticos son coincidentes que el candidato oficialista no podrá ganar en la primera vuelta, y que el ballotage tantas veces postergado será, finalmente, una realidad. Si se considera que, al menos por ahora, la mayoría del sentir nacional parece distante del kirchnerismo en el gobierno, una segunda vuelta sería, por fuerza, contraria a sus intereses. Por consiguiente, lograr el triunfo en la primera fase de las elecciones debería ser el norte de cualquier candidato realista.
Daniel Scioli, sin dudas, lo es. Es precisamente gracias a su realismo que ha podido surfear los agravios más intolerables de parte del kirchnerismo, esperando los vientos propicios que pudiesen depositarlo en la Casa Rosada. Ahora, por fin, parece que ese momento ha llegado. La presidente no tiene otro candidato con mayores chances que él, mientras que los grupos más ultraístas del modelo nacional & popular apenas cuentan con más dinero que intención de voto. Definitivamente, es la oportunidad de Scioli, aquella por la que ha esperado tanto tiempo.
Es altamente probable que, en algún momento, el bonaerense haya imaginado que el Congreso Nacional Justicialista que se reunirá hoy en Parque Norte sería una especie de asalto al Cuartel de la Moncada en su posterior mitología presidencial. Fue él, con el auxilio inestimable de José Luis Gioja, quién supo mover las influencias para reunirlo después de cuatro largos años. También es mérito suyo el haber convencido a Cristina Kirchner que la movida no sería disfuncional a los intereses del gobierno. La presencia de Carlos Zannni en el ya famoso asado con los gobernadores peronistas del 20 de marzo así lo certifica.
Pero las ilusiones de un evento monolítico, plebiscitario, que diera fe de su ascendencia dentro del peronismo se derrumbaron pronto. La decisión de De la Sota de, finalmente, no asistir ni enviar a ninguno de sus representantes al evento (al inicio de la semana se especulaba que Carlos Caserio sería su delegado testimonial) priva a Scioli de 80 de los 87 delegados mediterráneos. Apenas un puñado de kirchneristas cordobeses, oportunamente tolerados por De la Sota, serán de la partida. El resto permanecerá en la provincia, ajenos a las decisiones que consagren al jujeño Carlos Felner en la presidencia de la fuerza.
Aunque tampoco concurrirán los delegados de San Luis y de Santa Cruz, el faltazo de Córdoba tiene el simbolismo dramático de la fractura que atraviesa al peronismo y que amenaza con dejarlo fuera del poder, al menos a su expresión oficial. Aunque Sergio Massa es, también, nominalmente del palo, nunca fue un referente estrictamente partidario como lo es de De la Sota. Massa construyó su fama desde el poder, sin necesidad de una militancia territorial en la adversidad de la oposición. De la Sota, por el contrario, encarna al dirigente que, desde el llano, fue capaz de desbancar a un radicalismo prestigioso y que, una vez en el gobierno, supo mantenerlo a despecho de los naturales contratiempos por los que atraviesa todo oficialismo. La verdad es que, si el peronismo que maneja la segunda provincia del país no concurre al congreso normalizador de su propio partido, la normalización es, entonces, incompleta.
Esta carencia preocupa a Scioli. Sabe que, del total de delegados que lo vitoreen durante la jornada, sólo los estrictamente justicialistas lo harán gustosos. El resto, especialmente aquellos vinculados con La Cámpora o con la épica del Frente para la Victoria, sólo le brindarán aplausos de ocasión. Conoce mejor que nadie que, para el kirchnerismo, él es un trago amargo, un jarabe que no gusta y del que, por algún milagro, esperaban no tener que beber nunca. Aunque finalmente lo apoyarán, no ignora que lo harán a desgano, casi bajo protesto, por lo que contar con el respaldo de referentes con peso territorial propio será determinante para el éxito de su candidatura.
La ausencia de De la Sota es, por tal motivo, un verdadero contratiempo. Gran parte de la culpa la tiene el propio Scioli, que pensó que el cordobés haría caso omiso de la inesperada visita con que Zannini pagó a los gobernadores. Quizá supuso que primaría en su colega algo del pragmatismo del que él ha hecho gala durante tanto tiempo y que tantos réditos le ha dado. Pero no fue así. De la Sota se ofendió genuinamente y decretó que no tenía sentido insistir en la vía del peronismo nacional. Ayer, incluso, descartó ser su compañero de fórmula en un programa televisivo. Con tal decisión, privó a Scioli de un caudal de votos que, tal vez, sean decisivos para obtener la luz de ventaja que le permita evitar el trance de una segunda vuelta.
Para aquellos que gustan de los relatos épicos, los 500.000 de De la Sota tal vez representen el paso de las Termópilas por el que deberá atravesar Scioli en su carrera a la Casa Rosada, todo por no haber podido morigerar su sobreactuación K. A partir de hoy, cuando muchos den por sentado que terminará por ser el candidato oficial, comenzará su propia cuenta regresiva para librar esta batalla. Contra Massa (tal vez coaligado con el gobernador de Córdoba), contra UNEN y, seguramente, contra la propia presidente, ilusionada con regresar al poder tras el interludio de un período no justicialista.
Esta última posibilidad no es descabellada. Si Scioli fuese el presidente, haría lo que cualquier peronista honesto: permanecer en el poder todo el tiempo que pudiera. Desbancarlo sería, para Cristina, mucho más difícil. Preferiría a Julio Cobos o Mauricio Macri, para quienes gobernar podría representar una carga difícil de sobrellevar, especialmente cuando deberían arreglar los desaguisados de la “década ganada”. Por lo tanto, pueda que el kirchnerismo se parezca, en sus últimos años, al tantas veces denostado menemismo, apoyando nominalmente a un candidato propio pero cruzando los dedos para que gane el opositor.