Las venas abiertas de Galeano

Por Daniel V. González

2014-05-05GALEANOBorges solía decir que los cuarenta es la edad de la canalla.

Su frase es una formulación más afinada de una sentencia similar de Bernard Shaw que arriesgó que “no hay hombre de más de cuarenta años que no sea un canalla”.

Es probable que ambos se refieran a que aproximadamente a esa edad cesan algunos fervores, se disipan las convicciones que en la juventud parecían tan firmes y uno toma conciencia de que, después de todo, el mundo no es tan fácil de cambiar. Incluso, comienza a contemplar la posibilidad de que la razón no esté toda de su lado y que la justicia y la libertad quizá no vengan por el camino que uno pensaba.

Porque los ideales de aquellos que hemos vivido durante los setenta, todos sabemos, tienen nombre y apellido. En aquellos años mozos, nos leímos todos los libros que nos aseguraban la existencia de una sociedad mejor a la que teníamos. Más próspera, sin padecimientos, sin alienación, con más libertad, con más justicia. Esa sociedad avanzaba inexorablemente y se extendía por todo el mundo. Dos terceras partes de la población mundial ya vivían en ese sistema que,  pensábamos, no tardaría en mostrar su superioridad evidente sobre el otro, el capitalismo, que azotaba al mundo con la explotación, la guerra y la miseria.

Eran los tiempos en que veíamos una y otra vez La batalla de Argelia en el cine Sombras, aprendíamos filosofía con Georges Politzer, y sabíamos de memoria los avatares de la Revolución Rusa a través de los libros de Isaac Deutcher, León Trotsky y la maravillosa crónica de John Reed. Leíamos el Qué hacer de Lenin y nos sumergíamos en textos sofocantes como El modo de producción asiático, de Marx.

Decíamos que el éxito del socialismo podía medirse por un hecho incontrastable: los trabajadores soviéticos leían a los clásicos mientras viajaban en el metro de Moscú rumbo a sus respectivos trabajos.

Sosteníamos que la razón, apoderada del estado, evitaría el despilfarro, el caos y la anarquía del mercado y que ese hecho dispararía la productividad en pocas décadas, eliminando la miseria de la superficie del planeta.

Pues bien: nuestras previsiones no se cumplieron.

Podríamos decir hoy que algo ha fallado.

La historia tomó para otro lado, hacia una dirección distinta de la que imaginábamos y a la que pronosticaban los textos sagrados de aquella época.

Ya sabemos lo que pasó: el oso soviético tenía pies de barro. Sucumbió en forma inesperada. Al menos, inesperada para nosotros, que lo observábamos desde tan lejos y sin Internet.

Todo se derrumbó. Lo que pensábamos que era inevitable, no ocurrió. Y no ocurrirá por un largo tiempo.

Hasta China decidió cambiar su modo de producir y abrió amplios espacios para el mercado y la iniciativa privada. Sólo sobreviven, como una suerte de reliquia para saciar la curiosidad de antropólogos sociales, la ridícula Corea del Norte y la Cuba de las barbas y los habanos, que apenas puede sostenerse gracias a la caridad internacional, antes soviética y hoy venezolana. Y por el turismo de los ricos, cerdos capitalistas del resto del planeta.

 

Galeano se animó

En estos días, el escritor uruguayo Eduardo Galeano ha reconocido su insatisfacción por su propia obra, la más emblemática de cuantas escribió: Las venas abiertas de América Latina. Admitió que, al momento de escribirla, sus conocimientos de política y economía eran insuficientes.

Se trata de un gesto alentador, ciertamente. En realidad, es una especie de reconocimiento tardío de lo que ya han hecho otros uruguayos: los propios ex Tupamaros en Uruguay, varios de ellos hoy ocupan cargos en el gobierno de ese país.

Lo de Galeano ha sido una declaración escueta. No ha hecho, por cierto, una revisión completa de sus puntos de vista ni un análisis de los cambios habidos en el mundo en todos estos años. Nada de eso. Lo suyo es apenas una confesión en voz baja. Deploró sus bajos conocimientos sobre la materia que trataba el libro. Hay que recordar que este libro es el mismo que no hace mucho, el extinto Hugo Chávez le regaló a Barack Obama en una reunión internacional, a modo de provocación y de intento de explicación de los fundamentos de su política nacionalista.

Pero este reconocimiento de Galeano no tiene demasiados émulos en la Argentina. Aquí, los intelectuales setentistas, (doblemente setentistas porque hoy bordean los setenta años de edad), no parecen haber tomado nota de los más gruesos datos y las más evidentes enseñanzas de la política y la economía mundial de las últimas décadas.

Miran hacia otro lado.

Se hacen los giles.

Siguen apoltronados en el desvencijado aunque confortable sillón de sus convicciones de juventud, a las que se aferran con uñas y dientes pese a que sobre ellas pasó ya la aplanadora de la Historia.

Es curioso: abrevaron en una filosofía que afirma que todo fluye, que todo cambia, que no nos bañamos dos veces en el mismo río pero no mueven una coma del discurso aprendido en sus años mozos pese a que ese mundo, el de su juventud, se ha derrumbado hace ya un cuarto de siglo.

Si, como sentenció Hegel, “el búho de Minerva levanta su vuelo al atardecer”, debemos decir que nuestra clase intelectual ha resultado inmune a esa fatalidad etaria. Abrazados a su adolescencia, se jactan de su fidelidad a las ideas y la exhiben como un preciado e inmaculado trofeo.

No hay tarea más dura que revisar las férreas convicciones de otros tiempos.

Si uno lo hace, puede descubrir que lo que hoy nombra como fidelidad a los principios no es más que pura pereza intelectual.

Es por eso que la crítica de Galeano a su propia obra es el gesto de un valiente que ha decidido dar un par de brazadas contra la corriente.

Un gesto de refrescante honestidad intelectual.