Enviado de compromiso a la normalización del PJ nacional

Por Pablo Esteban Dávila

ilustra de la sota soltando a caserio“Adentro, pero no tanto; afuera, pero con reparos”, este podría ser el galimatías que define la tensa relación que vive el gobernador José Manuel de la Sota con el peronismo nacional. El cordobés tiene, al menos, dos motivos de agravio para con el proceso de normalización partidaria que propone Daniel Scioli con el auspicio de Carlos Zannini. El primero, el rumbo ideológico de la fuerza; el segundo, la falta de garantías para una competencia interna que incluya a quienes, por diferentes motivos, no militan en las proximidades de la Casa Rosada.
El problema ideológico es el más sencillo de explicar. De la Sota considera que las ideas que expresa el kirchnerismo no son, de ninguna manera, las que definen al peronismo. Aunque no está solo en este razonamiento son, sin embargo, escasos los dirigentes de peso que se atreven a secundarlo. La explicación no debe buscarse, exclusivamente, en una cuestión crematística, sino en uno de los cromosomas que integran en ADN justicialista, esto es, la ciega obediencia partidaria a quien detenta el poder y durante el tiempo que lo haga. Es este componente tan característico el que permitió que, desde 1989 hasta la fecha, existieran presidentes nominalmente peronistas que, no obstante, persiguieron ideas diametralmente opuestas.
El gobernador no ignora este hecho, pero prefiere rescatar y darle preeminencia a otro de los genes del movimiento: aquella especial sensibilidad para alejarse de los poderosos que tienden a perder tal condición. Confía De la Sota en que esta particularidad sea lo suficientemente poderosa como para persuadir a muchos que –aunque a regañadientes– aun se identifican con el kirchnerismo, a emigrar hacia las nuevas latitudes del poder.
Este rasgo distintivo tiene, sin embargo, un limitante en la figura de Daniel Scioli. Prácticamente todos los gobernadores del PJ descuentan que el liderazgo de Cristina Kirchner se encuentra en su fase final, pero ven a su colega bonaerense como el forzoso sucesor no querido del modelo nac & pop. Simétricamente, intuyen que los beneficios de permanecer dentro de la égida del gobierno hasta que el momento de esta inevitable unción haya llegado serán substanciales, por lo que consideran un buen negocio mantener los pies dentro del plato a pesar de la actual decadencia presidencial. Zannini es quien mejor entiende esta dialéctica, no necesariamente agradable para el kirchnerismo puro y duro. Razona que si, a la larga, resultará forzoso tragarse el sapo de Scioli, al menos deberá prepararse el receptáculo en donde este batracio deberá desarrollar sus capacidades. Este contenedor no es otro que el Partido Justicialista nacional.
Este es, precisamente, el segundo motivo por el que De la Sota desconfía de la movida institucionalista que se encuentra en ciernes. Sospecha que se trata sólo de una estratagema para legitimar la candidatura presidencial de su colega bonaerense que, forzosamente y gracias a tal cosa, nacerá condicionada por las ideas y el estilo del kirchnerismo, consagrando un círculo perverso para preservar su legado a través de un vicariato más light pero con las tradicionales ambiciones de someter al resto del partido que no comparte sus ideas. De convalidar acríticamente esta línea de acción bajo el pretexto de normalización partidaria, el cordobés se estaría exponiendo a quedar prisionero de una estructura formalmente organizada, algo inclusive más peligroso para sus ambiciones que permanecer en esta suerte de desorganización absolutoria en la que vive el peronismo desde la muerte de Néstor Kirchner.
De cualquier manera, la desorganización no es una característica del justicialismo cordobés que, a pesar de algunas notables diferencias (como es el caso de Eduardo Accastello), se encuentra firmemente manejado por el delasotismo. Esto obliga formalmente a sus autoridades a responder al llamado del partido nacional para asistir al congreso nacional que, el próximo viernes, designará las nuevas autoridades de la fuerza. Tanto la idea de Zannini como la de Scioli es que todos los gobernadores peronistas se encuentren representados en la mesa chica que tomará las principales decisiones electorales, algo que disgusta profundamente a De la Sota. Para él, que una persona como Zannini sea el factótum del peronismo post kirchnerista es una afrenta. Fue Zannini el autor ideológico de la fallida “transversalidad” con la que el difunto expresidente quiso dejar fuera al justicialismo o, más recientemente, el impulsor de “unidos y organizados”, un batiburrillo de organizaciones y dirigentes cuyo única convicción en común fue la de detestar al peronismo tradicional. Como todo aquello falló, ahora Zannini pretende tutelar al partido tantas veces ninguneado para que respalde (y limite) al próximo candidato del kirchnerismo.
Convalidar esta amnistía colectiva al traidor de Zannini puede que sea mucho para De la Sota, pero en política el espacio que no se ocupa lo llena otro. Es por ello que el gobernador tiene decidido que sea Carlos Caserio, el presidente del partido a nivel provincial, quien lo represente en el congreso justicialista. Con Caserio presente, el justicialismo local cumple con sus obligaciones formales, aunque sin avalar simbólicamente el decurso que han tomado las cosas. Es un enviado de compromiso para una normalización contraria a sus intereses.
Siempre puede ocurrir que Caserio se decida a dar una batalla perdida al momento de los discursos, pero esto no es muy probable. El perfil que mejor le sienta al actual diputado nacional es el del negociador, capaz de llevar mensajes cifrados o deslizar amenazas más o menos veladas a interlocutores especialmente seleccionados. En todo caso, el principal mensaje del que será portador es el que señala que De la Sota ya tiene decidido jugar por fuera del peronismo oficial sus chances para el 2015. Ha dado numerosas señales de este talante. La primera, su portazo en la reunión de gobernadores del 20 de marzo pasado instantes después que Zannini hiciese su aparición no anunciada; la segunda, la publicitada recepción ofrecida a Sergio Massa en Córdoba poco menos de un mes atrás. Son señales inequívocas sobre dónde pasa el futuro de este histórico dirigente.
Puede especularse que no son muchas las chances que tiene De la Sota al luchar en soledad o trabajando junto a dirigentes que, con las encuestas a la vista, gozan de mayor intención de voto que él. Es posible. Pero no debe desdeñarse su capacidad de reinvención. Tan cerca como en diciembre, muchos afirmaban que la carrera nacional del gobernador estaba terminada. Los saqueos en Córdoba era un sambenito demasiado ostentoso como para olvidarlo fácilmente. Pero hoy, apenas cuatro meses después de aquellos episodios, el hombre parece haber repuntado nuevamente en la consideración pública. Y no sólo porque continúa en su inquebrantable diferenciación política con la Casa Rosada sino porque, además, todos los pronósticos sobre el ahogo financiero al que se había condenado a la provincia desde la Nación se han equivocado. A tal punto ha cambiado su suerte que hasta el hecho de una posible reelección en la provincia aparece en su futuro probable, aunque él se empeñe en hacerse el desatendido con el asunto. La gestión de De la Sota es, sin ser brillante, mejor a la del promedio de muchos mandatarios sumisamente alineados a la presidente, algo que no es poca cosa en un país en donde ha flotado una suerte de consenso sobre que, para que un gobernador tuviera éxito, hacía falta estar sentado sobre yacimientos petrolíferos o mineros, o integrar la claque de aplaudidores del gobierno. De la Sota está en una categoría propia de la que, quizá, comience a hablarse más a menudo conforme se acerquen los momentos de las definiciones, dentro o fuera del Congreso Nacional Justicialista.