Primera gran crisis deja sin tiempo para otra

Por Pablo Esteban Dávila

IMG_4745Es una máxima universal de la política el aceptar que los mejores se invitan (o desean ser invitados) al comienzo de las gestiones públicas, no en su mediodía. Este es el problema que debe enfrentar Ramón Mestre en el mes 29 de los 48 que componen su mandato.
Resulta extraño verificar que al intendente le cueste rearmar su gabinete con figuras de renombre cuando, pocos meses atrás, incluso se especulaba que hacia 2015 sería capaz de batir al peronismo en el poder desde hace catorce años. El escaso entusiasmo que muchos radicales han demostrado en estos días por acompañarlo en el Palacio 6 de Julio es un síntoma de su actual flaqueza política.
Justo es decir que Mestre se acuerda tarde de su partido. Probablemente envalentonado por el éxito de una campaña que lo depositó en el vértice del poder municipal cuando el resto de la UCR hacía sapo en la arena provincial, el intendente se creyó con derecho a gobernar con personas de su íntima confianza, allende los equilibrios partidarios que, en las grandes fuerzas políticas, los puestos de responsabilidad pública suelen traslucir. Ahora debe desprenderse de aquellos funcionarios identificados como de su riñón y requerir el auxilio de una estructura con ciertas facturas que pasarle.
Es inédito que, desde 1983, una crisis política se haya llevado puesto todo un gabinete de golpe. Apenas subsisten un puñado secretario (el minaclaverense Alberto Giménez, Brenda Austin y Francisco Marchiaro). Ni el “gabinete fluido” de Daniel Giacomino – cuyos nombres cambiaban a un ritmo vertiginoso – ni los enroques que, de tanto en cuando, Luis Juez se veía obligado a realizar, igualan el golpe de efecto que decidió el intendente el viernes por la tarde, cuando le pidió la renuncia a sus más directos colaboradores.
Justo es decir que la crisis que rodea a la gestión mestrista tiene causas menores. A menudo, los medios soslayan este hecho. Parece desproporcionado explicar lo que sucede en el municipio por un viaje a Corrientes, un negocio de plastificado en un CPC o una empresa de limpieza. En cualquier caso, ninguno de estos episodios puede compararse con los que hubo de atravesar el gobierno provincial durante el último trimestre del año pasado que, lejos de debilitarlo, hasta parecen haber fortalecido la figura de José Manuel de la Sota al módico precio de algunos cambios en el ala política de su gobierno.
Mestre, por el contrario, pareció agachar la cabeza frente a las embestidas mediáticas. Simplemente aceptó que había sufrido una derrota táctica, sin ofrecer ni lucha ni resistencia. Al hacerlo quedó en soledad, declinando invitar al radicalismo para que ejerciera la previsible defensa corporativa de uno de los pocos grandes bastiones que mantiene en la República. Al abstenerse de obrar de esta manera, perdió la posibilidad de presentarse como una víctima de una conspiración kirchnerista (que sin duda ocurre) en uno de cuyos extremos se encuentra el multimedios K de la Universidad Nacional de Córdoba y en el otro el exintendente Luis Juez, trabajando de enganche para las oscuras maniobras urdidas por Carlos Zannini desde la Casa Rosada.
La crisis también parece sobredimensionada si se ponen en perspectiva sus dos primeros años de gobierno. Aunque no pueda afirmarse que fueron brillantes, tampoco puede sostenerse lo contrario. Mestre ha tenido logros y avanzado sobre definiciones que sus antecesores habían dilatado al paroxismo. El servicio de higiene urbana ha mejorado ostensiblemente y las cuentas municipales están mejor que antes, no obstante que al precio de una importante presión tributaria. Asimismo, el cambio en el esquema de transporte y la iniciativa del “sólo bus” han marcado el principio de una política de la cual la ciudad carecía; las críticas que se escuchan por estos días son inevitables y, por lo tanto, deben ser tamizadas a la luz de lo que ocurra al largo plazo.
Pero estos avances no parecen haber sido capitalizados como podría haberse esperado. Por caso, los 430 nuevos colectivos que la gestión radical logró incorporar al sistema no han generado un rédito apreciable, especialmente si se considera que ni siquiera el padre del actual intendente logró una marca semejante. Además, el hecho que existan nuevos e importantes jugadores empresarios dentro de la prestación de servicios públicos en la ciudad tampoco debería ser desmerecido. La idea que sólo las empresas raquíticas desde lo económico son “buenas” u “honorables” son propias de mentalidades que no comprenden que, para que estos servicios sean prestados eficientemente, se requieren prestatarias con anchas espaldas financieras. Durante décadas el transporte de Córdoba estuvo en manos de un sistema libanizado entre firmas pequeñas, con los resultados a la vista. En este orden, también la decisión de dividir en dos las áreas la recolección de residuos urbanos fue estratégica, permitiendo fortalecer la posición regulatoria del municipio al poder vérselas con dos firmas en lugar de una única y hegemónica prestataria.
Por supuesto, tampoco deben minimizarse los problemas que tiene pendientes la gestión radical. La productividad de los empleados municipales sigue siendo descaradamente baja, que de ninguna manera condice con el 60% que detraen mensualmente de los recursos de la ciudad. Asimismo, no puede soslayarse que existen problemas con el bacheo, el alumbrado público y con los semáforos, pero que estos no son novedades exclusivas de Mestre sino la continuación de un tan lamentable como arraigado sistema de trabajo municipal que, aparentemente, posee una resiliencia superior a la voluntad de cualquier intendente. Si estas causales fueran el origen de la actual crisis de gestión, debería suponerse, por fuerza, que habrían determinado similares crisis en las de sus antecesores, dado que todos estos problemas preexistían a la fecha de asunción del actual intendente. Es nuestra opinión que fundar la explicación de lo que actualmente ocurre en estos factores es absolutamente insuficiente.
Probablemente a los integrantes del gabinete mestrista les haya faltado catadura profesional para ocupar los puestos que les fueron confiados. Orgullosos de la categórica victoria de su jefe en 2011, comenzaron a gastar a cuenta de un capital político que todavía no tenían, razonando que, por poco que hicieran, siempre lo suyo sería superior a lo realizado por las penosas gestiones que los habían antecedido. Pero olvidaron lo esencial: que el electorado quería salir de los parlanchines de la ética del Frente Cívico y pasarse al bando de los que prometían hacer funcionar al municipio a semejanza de lo ocurrido en las gestiones de Ramón Bautista Mestre y Rubén Américo Martí, auténticos paladines de la eficiencia, conforme lo señala la mitología popular actualmente en boga. Fue en este punto en el que el actual equipo municipal fracasó. O bien porque cedió rápidamente a las demandas salariales del SUOEM sin exigir mayores prestaciones a las que deficientemente brindan, o porque no puso el empeño necesario en gestionar los servicios por los que los vecinos pagan crecientes montos en concepto de contribuciones municipales. Si alguna crisis objetiva existe no es la de ridículos latrocinios o dádivas inexistentes, aptas sólo para el Corín Tellado de la política, sino por la legítima crisis de expectativas que muchos ciudadanos aun tienen por contar con un gobierno eficiente que, de una vez por todas, demuestre que la municipalidad es algo más que una organización destinada a pagar los sueldos más altos de la provincia.
Mestre tiene algo menos de dos años para enderezar el rumbo. No es poco tiempo, pero tampoco una eternidad. Si, en el espejo en el que seguramente se mira cada mañana, pusiera una foto del siempre sonriente De la Sota, advertiría que ninguna crisis es tan profunda de la que no pueda salirse airoso. No obstante, hace falta determinación y coraje para superarlas, atributos que requieren algo más que un linaje político indiscutible o las apelaciones genéricas a una juventud que, en lo sustancial, no significa mucho más que contar con un promedio de edad inferior al de la media de la clase dirigente. Estar determinado a hacer algo puede, eventualmente, significar enfrentarse con periodistas “de investigación” que sólo investigan a opositores de Cristina Kirchner, o proclamar las virtudes de su gobierno aún cuando muchos se empecinen en negarlas. Implica también trabajar con el partido que lo vio crecer, puesto que ningún gobernante exitoso puede serlo durante mucho tiempo sin una estructura política que lo supervise, aconseje o respalde. El peronismo provincial es un buen ejemplo de ello, y no debería desdeñarse tal modelo funcional.
Por supuesto que tendrá varios escollos que vencer, algunos objetivamente complicados. El próximo año deberá, por fuerza, volver a actualizar las contribuciones sobre inmuebles y automotores y, cuando llegue ese momento, seguramente se le exigirá que haya mejorado algunos servicios que hoy se prestan deficitariamente. De no hacerlo, la paciencia de los electores podría agotarse en medio de cruciales elecciones generales. El otro inconveniente es que el SUOEM se encuentra leyendo atentamente lo que sucede en el Departamento Ejecutivo. Acaban de perder a un diligente funcionario para con ellos, el Secretario de Economía Sergio Torres pero, por contrapartida, ahora Mestre luce debilitado, a merced de sus siempre originales planteos sindicales. Tanto Rubén Daniele como sus delegados saben que el intendente ya no puede – por una cuestión de tiempos de gestión – hacer “la gran Giacomino” y enfrentarse a muerte con ellos, porque la oportunidad ya pasó. La tuvo, y con creces, durante los primeros años de 2012, pero prefirió seducirlos con incrementos salariales apenas inferiores a los que le reclamaron. Ahora deberá sufrir la inevitable guerra de baja intensidad con que los municipales obsequian a todo intendente, todos los días, en cualquier lugar de trabajo.