Más puede ser menos

Por J.C. Maraddón
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ilustra multitud con el indioHace 30 años, un imparable Charly García grababa “Piano Bar” y un trío llamado Soda Stéreo editaba su primer álbum. Los Abuelos de la Nada aprovechaban su popularidad para registrar “Himno de mi corazón”, su tercer disco en un bienio, en tanto el grupo Virus se ponía más tecno con “Relax”. La banda Zas, de Miguel Mateos, se despachaba con el hit “Tirá para arriba”, a la par que Spinetta ponía a consideración sus seguidores “Madre en años luz”, uno de los mejores trabajos que firmó junto a la formación de Jade. Los Twist se pasaban de listos con “Cachetazo al vicio” y Juan Carlos Balgietto sumaba su cuarto álbum y alentaba la expansión de la nueva trova rosarina.
En síntesis, el rock nacional vivía uno de sus momentos más gloriosos. A dos años de la Guerra de Malvinas, que propulsó la difusión de la música en castellano, la variante argentina del rocanrol había crecido a lo largo y a lo ancho, sobrepasando las fronteras del país con ansias de conquistar el continente entero. El género que hasta entonces se había mantenido en los márgenes de la cultura, ocupaba ahora el centro de la escena y sumaba seguidores en segmentos de la población que antes le habían sido refractarios.
A la par de esa evolución, se edificó una industria que acompañaba las necesidades de un negocio floreciente… pero inexperto. Los empresarios que organizaban eventos para menos de mil asistentes, debieron aprender a lidiar con multitudes. Y los artistas que apenas si obtenían el reconocimiento de unos cuantos fanáticos, tuvieron que acostumbrarse a convivir con una fama creciente y desaforada. Fue un proceso traumático y de resultados inciertos, sobre todo si los leemos en perspectiva.
La tragedia de Cromañón, de la cual este año se cumple una década, no deja de ser un resabio de esa dificultosa adecuación, en la que grupos de arraigo barrial expanden su predicamento a ritmo acelerado, sin que se tomen los recaudos necesarios para proteger a los espectadores. Además, quizá también allí se mezcla en ese peligroso cóctel un ansia desmedida de lucro que lleva a tratar de maximizar la ganancia más allá de lo razonable.
Con antecedentes como los mencionados arriba, cualquier incremento en la cifra de los espectadores de un show, debería ameritar precauciones en proporción directa. No solo por parte de los productores de espectáculos sino, especialmente, de las autoridades encargadas de velar por el bienestar de ese público que, muchas veces obnubilado por su fanatismo, se banca situaciones inaceptables con tal de ver en vivo a sus ídolos.
Por ejemplo, en el festival Lollapalooza, que se realizó por primera vez en la Argentina, se requisó a quienes ingresaban al predio del hipódromo de San Isidro para –entre otras cosas- decomisar líquidos y sólidos que pudiera llevar la gente para alimentarse durante las 10 horas que iba a permanecer allí dentro. De esa forma, se la obligaba a consumir en los puestos del interior, pagando precios exorbitantes. Un truco tan antiguo como el de no ofrecer ningún medio de transporte extra para que regresen al centro a quienes salían expulsados del festival a la medianoche y se encontraban sin taxis y con un servicio de colectivos reducido al mínimo.
A 30 años de aquel 1984 en el que el rock nacional desplegó sus alas hacia la popularidad, el sábado pasado se batió un récord histórico, cuando el Indio Solari reunió a 170 mil personas en Gualeguaychú. Cualquier regocijo inspirado en esta noticia se opaca al pensar en qué condiciones se puede llevar adelante un espectáculo de esas características. El pogo más grande del mundo, por sí mismo, pareciera así justificar lo imposible.