La renovación pretérita

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

ilustra rock retro[dc]E[/dc]n su libro “Retromanía”, el rockólogo inglés Simon Reynolds se explaya sobre esa adicción que expresa la cultura pop por volver una y otra vez sobre su propio pasado, en una pleamar y bajamar que se ha mantenido constante a lo largo de los últimos 40 años. Esa tendencia se ha visto acelerada por –entre otros factores- la posibilidad que existe hoy de escarbar en el archivo del rock hasta encontrar todo lo imaginable.
Nosotros mismos (que aunque ya caminábamos las calles de este mundo no podíamos acceder a esa información en tiempo real por lejanía con respecto a las metrópolis de la industria discográfica) no dejamos de sorprendernos cada vez que Youtube o Spotify nos permiten recuperar tesoros musicales que antes nos eran inalcanzables. Con más razón entonces usan y abusan de esos recursos los jóvenes artistas, que encuentran allí una fuente inagotable de renovación… pretérita.
Con tantas gemas de la antigüedad reciente puestas a disposición de los usuarios, ¿para qué ponerse a inventar algo nuevo, algo distinto, algo llamativo, algo revolucionario? Mejor seguir combinando ingredientes viejos para obtener un producto al que igualmente va a caberle el calificativo de “actual”, porque emerge ahora; aunque podría haberlo hecho mucho tiempo, total daría lo mismo.
Entre esos vaivenes cronológicos van fluctuando las modas, que tanto retoman los mohines del glam de comienzos de los setenta como se nutren de la rítmica de la música disco o se agitan con la tristeza pasional del grunge. En una calesita que ejerce efectos parecidos al DeLorean de “Volver al futuro”, las canciones entran y salen de escena de manera cada vez más acelerada, con ídolos ancianos que rejuvenecen sus obras y promesas adolescentes que atrasan su impulso vital para abrevar en fuentes que no les son contemporáneas.
Como abanderado de esa política del recuerdo, allí está el dúo estadounidense The Black Keys, que se ha consolidado como una de las grandes bandas de rock en lo que va de esta década. Sin embargo, al escucharlos, no cuesta nada asociarlos con el sonido de blues rock que se afianzó entre los sesenta y los setenta y que tuvo en el trío Cream a uno de sus mayores exponentes. Sin ningún disimulo, ellos se remontan en el árbol genealógico de la música pop hasta tomar esa fruta madura de la que van a alimentarse.
Pero también podría asociarse a The Black Keys con aquellos que ya practicaron recordados revivales del género. Como The Black Crowes al despuntar los años noventa y como el denominado retro rock que monopolizó el gusto masivo diez años atrás, cuando nombres como The White Stripes o The Strokes renovaron el crédito del rocanrol a fuerza de estribillos punzantes y riffs demoledores.
Es decir, el mencionado dúo vendría a representar algo así como la cuarta generación de un rescate que, mirado en línea recta, nos envía en dirección al África, esa madre soltera del noventa por ciento del arte sonoro que degustamos. En el camino las cosas han cambiado mucho, pero nunca tanto como para que las huellas del origen se hayan esfumado.
The Black Keys lanzó esta semana el single “Fever”, como anticipo del álbum “Turn Blue”, cuya salida está prevista para el próximo 13 de mayo. Dentro de su estilo inscripto en la más rancia estirpe rockera, la banda nos entrega una prolija canción en la que el ayer se impone sobre el mañana. Por eso mismo, resulta difícil hablar de un “tema nuevo”. Porque la “retromanía” que todo lo puede nos embriaga con sus cantos de cisne y nos convence de que detener los relojes es posible.