Un sábado colegial

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

ilustra el club de los 5[dc]E[/dc]l sábado 24 de marzo de 1984, cinco chicos que asistían al Shermer High School de Illinois fueron condenados a pasar casi nueve horas de castigo en la biblioteca del colegio, redactando un ensayo de unas mil palabras. Aunque ese hecho nunca sucedió en verdad, fue conocido a través de la película “The Breakfast Club” (“El club de los cinco”) como una ficción que llenó de contenido a uno de los filmes culminantes de ese subgénero en el que confluyen las historias de estudiantes de secundaria.
El largometraje de John Hughes se estrenó en 1985 y a esta altura puede ser considerado como una de las comedias juveniles más representativas de esa década del ochenta, que mirada en perspectiva salpica ingenuidad y desenfado en proporciones parecidas. Por lo que se ve, nuevamente estamos celebrando un aniversario de un acontecimiento estrictamente ficticio, pero que puede ser leído como de trascendencia para quienes lo vivimos de la pantalla hacia afuera.
Ayer se cumplieron, entonces, treinta años desde aquella mañana en la que todos, los cinco teenagers y nosotros mismos, ingresamos en ese colegio castigados, para salir renovados, distintos, mejores. Pero no por la efectividad de la sanción, sino por obra y gracia de aquello que la escuela parecía no promover: conocer mejor al prójimo y, en esa tarea, conocer nuestro propio interior y nuestra capacidad de respuesta ante situaciones insólitas.
El mal entrazado transmitirá sus pocas pulgas a la niña consentida, la inadaptada tendrá que dialogar con el atleta y el nerd aplicará sus conocimientos en beneficio y/o perjuicio del quinteto. Los caracteres que se nos presentan como extremos empezarán a limar asperezas hasta dejara al descubierto la suave superficie de una nueva sensación: la de haber forjado lazos de compañerismo de los que carecían por completo.
Esta media decena de alumnos que no tenían nada en común al comenzar la jornada, estarán unidos por experiencias entrañables al obtener el permiso para salir. Y eso es, precisamente, lo que nos propone el realizador del filme: mirar a nuestro alrededor y comprender que hay personas con las que podríamos interactuar y a las que descartamos en cualquier conversación por una cuestión que no supera lo intuitivo.
Para conseguir el objetivo, se requiere de un esfuerzo ciclópeo. Desestimar prejuicios, reducir al mínimo los egoísmos, apelar a la confianza y al buen trato, silenciar las primeras impresiones para otorgar nuevas oportunidades, conciliar opiniones, contener exabruptos, compartir lo que se tiene y lo que se sueña. Demasiado para un grupo de adolescentes que aparentan ser muy distintos, pero que aprenderán a distinguir sentimientos similares.
La película, en su apertura, cita los versos de la canción “Changes”, de David Bowie: “Y estos niños, a los que ustedes escupen mientras tratan de cambiar sus mundos, son inmunes a sus consultas. Ellos son muy conscientes de lo que están viviendo”. Palabras que no pierden vigencia, ante las nuevas generaciones de nativos digitales, que están rodeados de gente en el espacio virtual pero que se encuentran terriblemente solos en la vida real.
Y ese es, precisamente, uno de los puntos fuertes de ese Club de los Cinco. Porque en los últimos 30 años han cambiado los hábitos juveniles, los peinados, las vestimentas, los juegos, las costumbres, las maneras de comunicarse, las prioridades. Y, sin embargo, estos cinco personajes que vemos en la película no han perdido vigencia en lo esencial, que es mostrar la soledad existencial de los adolescentes ante un universo adulto que los invita a un viaje atiborrado de obligaciones y responsabilidades.