Kicillof pasa la gorra

Por Gabriela Origlia

p04-1[dc]E[/dc]n la última década –que coincide con la gestión del kirchnerismo- fue muy fecunda para los países emergentes (entre los que se cuenta Argentina) que salieron a buscar dinero en los mercados internacionales. Desde Brasil a Bolivia incluyendo a Uruguay, Perú y Colombia emitieron bonos y los colocaron a tasas de entre cuatro y ocho por ciento (muy convenientes). La excepción fue Argentina que, según el relato oficial, eligió el “desendeundamiento”. Ahora el panorama cambió y el equipo económico tiene intención de buscar fondos afuera. Con ese objetivo trabaja para normalizar las relaciones con el exterior. La pregunta es si llegarán, si terminarán de “ordenar” la situación antes de que termine su período.
“Arreglar el frente externo es condición necesaria pero no suficiente”, sintetiza el ex secretario de Finanzas, Guillermo Nielsen. Subraya que ni él ni los economistas “profesionales” ven que el Gobierno esté tomando medidas “con sentido de urgencia; no hay una política económica proactiva”. Para completar asegura que hay que “agradecerle” a las autoridades del Central que la situación “no esté en llamas. La clave es qué se hace con el tiempo que se gana con este esquema”.
Los frentes abiertos que se buscan encaminar son los juicios con los hold-outs (bonistas que no entraron al canje) para lo que hay que esperar la definición de la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos, que podría llegar recién en 2015. El otro es la relación con el FMI; el nuevo índice de inflación ya está, pero el organismo sigue reclamando auditar las cuentas del país. Sin esa revisión el arreglo con el Club de París no cerraría. Los países que lo integran toman en cuenta la opinión del Fondo para avanzar.
Mientras tanto, la última semana la calificadora Moody’s –muy cuestionada por su rol durante la crisis internacional que estalló en el 2008- bajó la nota a los bonos argentinos y los llevó al escalón “basura”. Esta novedad no impacta en quienes están dispuestos a invertir en activos argentinos ya que consideran que están muy baratos y que eso se explica por la actual política económica. La expectativa que es que, terminada esta estrategia, aumentarán. Claro que este no es el tipo de inversión que el país necesita para generar empleo o construir infraestructura; son capitales oportunistas.
Los inversores necesarios –empresas dispuestas a poner dinero, quedarse y alcanzar una rentabilidad razonable- son los que no vienen. Incluso, algunos salieron (como el caso de la minera Vale). Hoy la inversión está a nivel reposición, no hay clima de negocios y las señales desde el oficialismo no se alinean. Por un lado la presidenta Cristina Fernández recibe a la cúpula de la Unión Industrial y, por el otro, en el Congreso se acumulan proyectos para limitar la libertad económica. El propio Kiciloff cada vez que habla lo hace amenazando o retando a los empresarios. En ese contexto es poco probable que una compañía ponga plata y genere empleo. Esa condición es básica para que, después, haya interés en endeudarse.
La mirada de Kicillof está puesta en que hasta julio se llega “estabilizados” con las medidas tomadas por el Central y con las divisas de la liquidación de la cosecha; después espera el oxígeno de un acuerdo con el Club de París, que destrabaría el crédito comercial y también préstamos de los bancos de fomento extranjeros. Los expertos desconfían de que los tiempos le den para llegar al mercado internacional. Si no, la receta no es difícil de proyectar. Seguirá el “desendeudamiento” aplicado hasta ahora que, traducido, implica haber cambiado de banquero. Anses y el Central reemplazaron a los otros prestadores. El refuerzo –que se busca evitar y hasta nombrar- es una actividad enfriada a fuerza de herramientas monetarias.