Atreverse a soñar

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

ilustra carl sagan[dc]S[/dc]i hablamos de traducir los áridos razonamientos de la ciencia al lenguaje llano de jóvenes y adolescentes, necesariamente debemos hacer referencia al astrónomo estadounidense Carl Sagan, cuyas reflexiones acompañaron nuestros fines de semana televisivos allá lejos y hace tiempo. A través de los trece episodios de la serie “Cosmos”, estrenados a fines de 1980 y repetidos hasta el hartazgo por la TV abierta, Sagan nos demostró que se podía pasar en limpio a aquellas complicadísimas teorías que nos habían enseñado en el colegio, para mantenernos entretenidos durante casi una hora.
Y es que esos documentales de divulgación científica nos ofrecían una conexión directa con las novelas de ciencia ficción que leíamos con fruición en los ratos libres. Y el bueno de Sagan nos tendía un puente que –por mucho esfuerzo que hicieran- los profesores de física y aritmética no estaban en condiciones de edificar. Porque, claro, el científico estadounidense contaba con la posibilidad de utilizar todos los artilugios de los que disponía entonces la industria audiovisual.
Pero, además –y fundamentalmente-, Carl Sagan tenía una manera de decir las cosas que convertía en digerible lo mismo que en clase resultaba intragable. Ponía tanto entusiasmo y era tan didáctico en su explicación, que hasta el más bruto de los alumnos podía, gracias a él, entender la Teoría de la Relatividad de Albert Einstein. Hasta ese punto llegaban las habilidades discursivas del ya fallecido astrónomo, quien utilizaba a la ciencia para abrir posibilidades y no para cerrarlas.
Tal vez por eso nos entusiasmaba prender la tele para ver “Cosmos”. Porque nos entregaba un respaldo teórico para nuestras fantasías. El tipo que hablaba no nos decía: “eso es imposible”; nos sugería que había infinitas posibilidades de que las cosas ocurrieran de determinada forma. Y, por supuesto, también sugería que había una cantidad equivalente de posibilidades de que todo saliese de otra manera. Y ahí es donde la imaginación crecía hasta alcanzar dimensiones insospechadas.
Desde aquellos recordados atardeceres de “Cosmos”, los avances científicos crecieron en proporciones geométricas. Y varias de las sentencias de Sagan han empezado a envejecer, a partir de los nuevos descubrimientos que hemos conocido a lo largo de los últimos 34 años. Por eso, si bien la mayoría de esos episodios emitidos a comienzos de los ochenta conservan una lozanía juvenil, no le venía nada mal una lavada de cara a una idea que todavía tiene mucho para dar.
Esta noche a las 22, se emitirá por el canal Nat Geo una versión remozada de “Cosmos”, con la conducción del astrofísico estadounidense Neil DeGrasse Tyson. El objetivo es el mismo: bajo la mirada de la ciencia, descubrir las maravillas del universo y plantearse conjeturas acerca de lo que existe en el presente y lo que podría suceder en el futuro. Y del equipo de trabajo original, se ha rescatado a dos piezas fundamentales, Ann Druyan y Steven Soter, responsables de un éxito sin precedentes en la televisión abierta.
Los recursos con los que se cuenta hoy para reproducir de manera artificial fenómenos que ocurren en otra galaxia o que se verifican en partículas casi invisibles, garantizan que ese aspecto del “Cosmos” modelo 2014 no tenga fisuras. Es más, cabe esperar que esta remake supere largamente en estos ítems a su predecesora, que apelaba a todas las novedades disponibles en 1980, lógicamente inferiores al repertorio de efectos del que se dispone hoy en el mercado.
Lo difícil será, es obvio, equiparar el sobrio y contagioso entusiasmo que imprimía Carl Sagan a sus intervenciones. Y, al mismo tiempo, sorprender a un público que carece de la ingenuidad que caracterizaba a aquellos antiguos telespectadores a los que “Cosmos” alentaba a soñar, pero que ni siquiera en sueños podían suponer que el destino de la humanidad iba a nadar hoy en las redes de internet.