La magia de la televisión

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

ilustra marley como angelito[dc]E[/dc]n un primer momento, todo pasaba por la voz. Se consagraba a un cantante por su capacidad vocal, pura y exclusivamente. La admiración del público, que se expresaba por medio del aplauso, se dirigía hacia aquellos intérpretes de garganta privilegiada, sin que otros detalles relativos a ese artista tuviesen importancia a la hora de juzgar su desempeño.
Sin embargo, la preponderancia que fueron adquiriendo formatos de reproducción visual como la fotografía y el cine, acentuaron la trascendencia de la imagen. Una figura como Carlos Gardel, por ejemplo, se impuso por sus cualidades interpretativas, pero su cuidado aspecto (primero con atuendos gauchescos, luego como compadrito y finalmente como un dandy) se convirtió en un acicate indudable en su salto al estrellato internacional.
El asunto no iba a terminar ahí. Con Elvis Presley se consolidó una tendencia que el tiempo se encargaría de potenciar: la de acompañar el canto mediante movimientos corporales. James Brown sería el que llevaría las cosas al extremo y el propio Mick Jagger ingresaría a través de él en ese Parnaso donde el baile tenía casi tanta importancia como la vocalización.
Desde que el rock es rock, tampoco fue necesario ser un cantante prodigioso para obtener la bendición de las grandes audiencias. En su cuestionamiento generalizado hacia los cánones imperantes, el nuevo movimiento se resistiría a aceptar ese precepto de que solo las voces privilegiadas podían entonar una canción. El carisma, los méritos letrísticos, las audacias coreográficas, la belleza física, entre otros detalles, pasaban al primer plano por delante de los talentos musicales.
Pero a la industria discográfica todavía le faltaba descubrir dos novedades que removerían sus estructuras hasta desmoronar antiguas verdades absolutas. Por una parte, internet, que ha facilitado hasta el infinito los flujos de circulación de los productos musicales. Y por otra parte, los reality shows televisivos, que han instaurado una manera distinta de acceder al éxito.
Con esos dos aportes se completa el panorama actual, en el cual muchos de los cantantes de moda se dieron a conocer a través de las redes sociales o saltaron a la consideración masiva gracias a una incursión por la TV. La fórmula del hit se relaciona entonces no tanto a las características propias del candidato a artista, sino a la manera en que esta protoestrella ingresa al ancho mundo de la popularidad.
El último botón de muestra de este “cualquiera puede cantar” tuvo lugar dentro del ciclo “La nave de Marley”, un programa donde el popular animador llama a concurso a todo el mundo, con tal de que crea que puede hacer alguna gracia interesante. Utilizando $ 10 mil como zanahoria, logra pescar a un atendible cardumen de personajes, que llena de contenido a un producto audiovisual que se emite en el prime time.
Entre la galería de especímenes que circulan ante cámaras y se someten al desafío que les propone Marley, la semana pasada resultó triunfador uno que, ni bien traspuso la puerta de salida de Telefé, se ha valido de un video subido a la web para viralizarse (lo que hoy es sinónimo de “alcanzar la fama instantánea”). El susodicho es oriundo de Haití, pero se lo ha publicitado como “El Morocho”; y su virtud consiste en desafinar sin miramientos, en su búsqueda de un falsete imposible que no consigue agradar al oído pero logra despertar una carcajada inmediata.
La cumbia “Fuera”, conocida en la versión de Karina, ha sido el trampolín al suceso para este nuevo astro mediático, que pronuncia “fuela” y a duras penas logra seguir la melodía. Esos errores, que tiempo atrás le hubieran valido la repulsa de la gente, son el atractivo fundamental de un acto sonoro que acompañará nuestras vidas durante los próximo días… o minutos.