Picaflor y guitarrero

Por Víctor Ramés
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Angel della Valle 1899 PayadorUn cronista de los gauchos en 1794, Espinosa y Tello, escribió que “el talento de cantor es uno de los más seguros para ser bien recibido en cualquier parte y tener comida y hospedaje”. Por supuesto, el canto era acompañado con la guitarra. Por poco que sepamos de aquellos siglos, es fácil imaginar que la afinidad del hombre criollo con la guitarra sería también una buena estrategia para ganarse los favores de una moza, no olvidemos que fue el payador mazorquero quien finalmente enamoró a la más bella pulpera, cuyos ojos reflejaban la gloria del día en un viejo y difundido vals.
Guitarras no faltaban en los lugares donde podían darse encuentros sociales, ni en las pulperías ni en las casas de postas, que en ocasiones eran el mismo espacio. Las serenatas, las dedicatorias, las intenciones llevarían alados mensajes de la carne a los oídos y a los ojos de una criolla, ávida acaso de ser cortejada.
El deseo hecho canto habrá dado en el blanco unas veces sí y otras no, pero siempre había que intentarlo y sin duda la guitarra hacía la diferencia. Podía el guitarrero jugarse los tantos a la complicidad de la mujer medianamente sabedora, como al juvenil asombro de la que recién despertaba al juego del amor.
El acompañante de Samuel Greene Arnold, el gaucho Recuero, asoma en algunos cuadros de la crónica de aquél, transparentando ya sea sus dotes de guitarrero, ya su espíritu de seducción inclaudicable, posta tras posta. El cuyano aparece como un criollo completo: de a caballo, de a guitarra, con buena labia y entrador. Registra Greene Arnold el arribo a la posta cordobesa de Lobatón, es el mes de marzo de 1847, puesto solitario y alerta a los frecuentes ataques de los naturales. “Dentro de todo estaba el rancho del gaucho, tan defendido de cualquier ataque como Gibraltar. (…) Nos quedamos con la mujer del gaucho y Recuero tocó la guitarra como lo hace en casi todas las postas, pues siempre hay guitarras.”
No sugerimos que la mujer del gaucho fuera objeto de los requerimientos amorosos de Recuero; pero sí que aquella presencia femenina estimularía sin duda sus dotes musicales. Los viajeros retoman su camino. Pasan por la posta de Fraile Muerto y prosiguen: “La próxima posta fue larga, de 9 leguas, por un llano desierto de largo pasto amarillento. (…) Alrededor de las 8 llegamos a la Cañada de Lucas, a 5 leguas, y paramos. El tiempo está hoy muy frío, con lluvia a ratos y viento fresco. Escribí 1 ½ página en este Diario porque anoche no lo hice. Hoy hemos recorrido 26 leguas. Esta tarde tuvimos aquí un baile. Recuero tocó la guitarra y nosotros miramos bailar a 2 peones con 2 jóvenes de la posta el baile llamado gato acompañado por el castañeteo de los dedos, y el resto de la escena –la choza sucia, las miradas de soslayo de las jóvenes, la poca luz y la risa-, todo formaba un espectáculo que me recordaba los bailes de Almeh en Egipto, salvo que aquí la música era distinta y el baile decente.”
La mención del difundido baile del gato es valiosa; la comparación con el baile egipcio, una interesante ocurrencia de un cronista que coteja remotas experiencias. Por su parte, la instantánea de Recuero lo muestra guitarreando otra vez. No se aclara si los bailarines danzaban al son de su rasgueo, o al de otros músicos.
Los viajeros se desplazan nuevamente: “Partimos a las 7 ½ y llegamos a la primera posta, a 4 leguas, a las 9, cruzando un territorio muy bonito, cubierto de bellas mimosas que parecían acacias con espinas y otras muchas variedades. (…) Desayunamos en el coche con armadillo asado frío que, sin el caparazón, se parece al pato asado y no se diferencia mucho en el sabor. Comimos un casal con pan y sandías, un alimento de primer orden en las pampas. Nos dieron melones y manzanas silvestres y también nos acompañaba una joven muy bonita con quien mantuvo una larga conversación Recuero, que es un verdadero picaflor como lo llaman aquí; tocó la guitarra y la cortejó animadamente durante 2 horas; luego partimos a las 11.”
La discreción de Arnold no deja noticias de los logros de Recuero. Haya o no anotado puntos, se vio al cuyano ejercitar el noble y necesario afán de querer, o de querer querer, valiéndose de la guitarra como le cuadraba a su estirpe criolla. En la siguiente posta Arnold nos entrega un cuadro donde son otros los que empuñan la guitarra, ya que atraviesa un país poblado de Recueros. La posta es la de Achiras, último punto del territorio cordobés, en el límite con San Luis. “Se organizó un baile para la noche adonde han ido los demás compañeros mientras yo escribo. (…) Unas 20 personas llenaron el cuarto. El piso de tierra es tosco. Unos hombres tocaban la guitarra, nuestro grupo bailó vals, minué y contradanzas; yo miré y fumé. Había pulgas en cantidad. Las jóvenes son sencillas. Hay distinciones sociales hasta en Achira; la élite se compone de una media docena que estaban en el baile y el conjunto de la multitud mira desde afuera. (…) “Me retiré a las 11 pasadas después de mirar un rato el baile, que duró hasta las 12. Una espléndida luna llena y el momento oportuno para los indios que son tan temidos aquí.”