La hipocresía de un Oscar

Por J.C. Maraddón
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ilustra 12 años de esclavitudSi hay un director de cine con el que me he sabido identificar (con sus historias, aunque no tanto con sus moralejas), ese ha sido Martin Scorsese. Durante los años setenta, ochenta y parte de los noventa, la catarata de películas conmovedoras que nos proveyó basta y sobra para que se lo canonice entre las deidades olímpicas del séptimo arte. Y ese coqueteo suyo con el rock me llevó, muchas veces, a sintonizarlo en esa frecuencia, para a través de su registro acercarme a The Band, Bob Dylan, los Rolling Stones.
Pero hubo un momento en el que me desenchufé de su filmografía. Tal vez fue culpa mía; quizás empecé a recorrer caminos en los que su compañía no me resultaba tan imprescindible como antes. Él, mientras tanto, volvía a perseguir los senderos del hampa, la corrupción y el desmadre que tan buenos resultados le habían rendido. Pero ya no sólo no me generaban grandes expectativas esos arrestos suyos; directamente, ni siquiera me motivaban a ingresar en una sala para verlos.
Por la curiosidad de saber cómo funcionaba en 2014 su dedo acusador, me predispuse a invertir casi tres horas de mi vida en “El lobo de Wall Street”, la última obra del maestro, ésa que le había deparado cinco nominaciones para los premios Oscar de la Academia de Hollywood. Y me encontré con notables actuaciones, con un argumento atrapante, con un mensaje categórico. Pero, claro, ninguna novedad con respecto a lo ya mostrado antes por el realizador.
A partir de la autobiografía del excorredor de bolsa Jordan Belfort, Scorsese vuelve a asomarse por los intersticios del sistema para denunciar inmoralidades a diestra y siniestra. Con su implacable moral, le enrostra a la compraventa de acciones un papel preponderante en la decadencia del imperio americano. Y se solaza describiendo milímetro a milímetro los excesos y las miserias de aquellos que sueñan con hacer fortuna a costa de la bancarrota ajena.
Y pare de contar. Pare de contar, digo, porque para llevar a cabo su ejercicio catequizante, se ha tomado un tiempo que, medido en términos de atención de los espectadores, parece exagerado. Además, en su afán de exponer en el protagonista la suma de todas las vanidades, ubica a la actuación de Leonardo Di Caprio al filo del ridículo. Y la presencia de un agente del FBI como representante del Bien Absoluto podría ser tomada, si no somos malpensados, como una sobredosis de ingenuidad.
No vamos a decir, entonces, que Hollywood castigó a “El lobo de Wall Street” por introducir sus narices donde no debía. Por blasfemar contra una burbuja financiera todavía vigente que, tal vez, sea el manantial desde donde obtienen sus fondos algunos importantes emprendimientos cinematográficos. Por cargar las tintas sobre esos especuladores que montan sus castillos de cristal apoyados en aquellos que, según el precepto bíblico, se ganan el pan con el sudor de su frente.
Tampoco vamos a decir que el Oscar a la mejor película fue a parar a manos de los productores de “12 Años de esclavitud” (un film de temática menos candente pero también políticamente correcto) porque se refiere a sucesos ocurridos casi dos siglos atrás. O porque alude a crímenes ya prescritos y, a la vez, permite refrendar ese compromiso con el supuesto progresismo del que se ufana la Academia.
Con cierta insidia, podría decirse que “El lobo de Wall Street” hizo méritos por su propia cuenta para emerger de la ceremonia del domingo pasado sin ninguna estatuilla en su haber. Pero, vamos, tampoco ayuda mucho esa indómita vocación de Martin Scorsese de meterse en problemas. Esa costumbre suya de echar luz sobre las zonas más oscuras de una sociedad que ha hecho de la hipocresía la madre de todas las virtudes.