Increíble: UEPC le hace un paro a Cristina en Córdoba

Por Pablo Esteban Dávila

ilustra paro con cteraLa siempre certera Wikipedia devuelve esta interesante consulta: “Aunque usted no lo crea, de Ripley (de su nombre original Ripley’s Believe It or Not!) es una franquicia estadounidense que trata de acontecimientos extraños o curiosos sucedidos en el mundo. Su origen es la serie Believe It or Not! creada y dibujada en 1918 por Robert Ripley en forma de periódico gráfico que presentaba hechos sorprendentes y poco habituales provenientes del mundo entero”.
A partir de hoy, la franquicia podría verse enriquecida –es una forma de decirlo– por la increíble actitud de la UEPC de ir al paro pese a haber logrado un 31,6% de incremento anual en el salario docente, uno de los mayores que se han negociado en el país. La excusa para no concurrir a las aulas es la discutible solidaridad del gremio local con CTERA, la confederación nacional de los docentes. La traducción de esta decisión es inverosímil: la UEPC le hace un paro a Cristina en Córdoba, la única provincia que, en rigor, no necesita hacer ninguna demostración para vindicar su fe antikirchnerista.
Por donde se lo mire, esta decisión es absurda. Bien temprano en el año el gremio docente fue convocado por el gobierno de la provincia (la patronal) a las negociaciones paritarias que marca la ley. Sin demasiado alboroto fue pactado un incremento que dejó a las partes satisfechas. Vale recordar que, cuando en este tipo de negociaciones no hay conflicto –o, por lo menos, no se hace público– es porque el gobierno se aviene a proponer exactamente lo que la contraparte esperaba. Y, aunque los docentes suelan olvidarlo, no es menor considerar el hecho que es el contribuyente quien pone la plata para sus salarios, cuyos hijos concurren, las más de las veces, a escuelas públicas o privadas con aporte estatal.
No es que el gobernador haya estado más magnánimo que de costumbre con los maestros. Ocurre que ya había tenido que ceder frente a los policías autoacuartelados una cifra similar, arrancada a fuerza de extorsión.
Por lo tanto, no tenía mucho margen para sermonear al resto de los empleados públicos sobre la necesidad de austeridad y ese tipo de estrecheces que, salvo al gabinete, a nadie parece preocuparle dentro del Estado. Sin embargo, y experto como lo es en transformar concesiones en victorias, José Manuel de la Sota aprovechó aquella obligada generosidad para anunciar a los cuatro vientos que, en Córdoba, las clases comenzarían puntualmente. Las dificultades que, al momento de concluir la paritaria local, exhibían muchas otras jurisdicciones lo hacían esperanzar con una imagen de provincia ordenada y predecible, muy distinta a la que se mostró al país a finales del año pasado.
Pero el diablo metió la cola, esta vez, en la forma de la paritaria docente a nivel nacional. A escasa horas del comienzo de clases y con diferentes niveles de amenazas cruzadas, la Casa Rosada no cerró ningún aumento salarial con CTERA. Aquella negociación es extraña, toda vez que la Nación no tiene maestros ni escuelas, definitivamente tercerizadas en las provincias. Sin embargo, la federación docente ha hecho de aquella paritaria la madre de las batallas. Sin importarle que muchos de sus sindicatos miembros hayan logrado acuerdos sustantivos con sus patronales (como en el caso de Córdoba), sus dirigentes decretaron un paro de 48 horas al que ha adherido la UEPC. Los planes de normalidad trazados por De la Sota quedan, de tal manera, momentáneamente suspendidos.
Es llamativo que los conducidos por Juan Monserrat hayan hecho lo mismo el año pasado. A pesar de haber acordado en aquel entonces un aumento que rondaba un 26%, decidieron no comenzar las clases aduciendo que no tenían tiempo material de convocar a los cuerpos de delegados para aprobar lo convenido (la paritaria cerró un día antes del inicio del ciclo lectivo). Fue risible que, en plena era de las tecnologías de la información, el secretario general se escudara en una excusa propia de las épocas del telégrafo. El resultado fue demorar artificialmente un acuerdo que, a priori, se sabía que sería aceptado.
Tanto en aquella oportunidad como en la de hoy, los únicos perjudicados por este tipo de medidas de fuerza son los niños, un axioma opuesto al sostenido por aquel Perón de sonrisa gardeliana. Y, para que no queden dudas de la injusticia, son específicamente los más pobres los que sufrirán por esta poda innecesaria en su derecho a estudiar. Por contrapartida, aquellos que tienen la fortuna de concurrir a establecimientos privados, no tendrán qué preocuparse tanto; para ellos será un comienzo de clases más normal. Este símbolo no deja de de ser una excelente parábola sobre qué cosa significa, por estos tiempos, la “defensa de la educación pública” que arguyen los maestros cordobeses solidarios con sus colegas nacionales.
El asunto remite, asimismo, a cuestiones centrales en la política laboral argentina. Por caso: ¿cuál es el valor de las paritarias locales con su empleador local? ¿Sirven de algo? Porque, cuando un gobierno provincial se esfuerza (muchas veces por sobre de lo que la prudencia le señala) para otorgar aumentos que garanticen un año escolar sin sobresaltos, lo razonable sería que los docentes honren sus compromisos y concurran puntualmente a las escuelas. Sin embargo, esto no es lo que ocurre hoy, con miles de colegios vacíos sin que los dirigentes sindicales puedan explicar convincentemente cual es la razón del faltazo.
Lo extraño es que esto sucede en un país que se dice federal, con los costos de funcionamiento que tal sistema supone. Precisamente, una república es federal cuando existe un consenso político y social sobre que existen de múltiples realidades locales que anteceden o que no pueden ser abordadas linealmente por el poder central. La educación es una de ellas, con la única excepción de la universitaria. Por lo tanto, sería razonable suponer que los arreglos laborales en cada jurisdicción deberían ser sagrados para las partes, con independencia de lo que ocurra en el resto. Pero ahora los maestros descubren que viven en un mundo unitario, en donde vale más el desacuerdo de unos maestros nominales con la Nación que los reales, de carne y hueso, con sus provincias. ¿Qué enseñarán a sus alumnos al respecto?
La CETERA tampoco está con todas las luces para reclamar la solidaridad de sus colegas provinciales. Dista de ser un faro de sensatez. Por ejemplo, acaba de calificar como una “extorsión” la propuesta –esbozada por la propia presidente Cristina Fernández– de incluir una suma fija por presentismo al porcentaje que se acuerde en la paritaria nacional. Los negociadores del gobierno, en esto, saben lo que dicen. El ausentismo docente es alto, muy alto. Es una enfermedad endémica que hace que los ministerios de educación deban detraer importantes recursos presupuestarios para cubrir las vacantes que, por las razones más diversas, se producen cotidianamente en las escuelas. Las cifras son ecuánimes: mientras que en el sector privado el ausentismo es de un 4%, en el público es el doble; dentro de este conglomerado, el de los docentes es a todas luces excesivo: según la provincia que se trate, oscila en una banda que va desde el 20 al 30%.
En Córdoba, el exgobernador Ramón Mestre financió una jugosa suma en concepto de presentismo con lo que lograba ahorrar por carpetas médicas. Ante la promesa de un interesante estipendio a fin de mes, muchos docentes optaron, literalmente, por “curarse en salud” y dejar de faltar a clases. Se recuerda que, durante aquellos tiempos, el ausentismo bajó abruptamente, aunque esto haya sido una consecuencia de una decisión manu militari del padre del actual intendente de Córdoba. Sin embargo, tal estado de cosas no duró mucho. En 1998, el recién electo gobernador De la Sota derogó aquel renglón salarial y lo incorporó al salario básico, una decisión que, a la luz de lo que actualmente ocurre, luce opinable, por lo menos.
La decisión de concurrir a un paro tras lograr un acuerdo salarial ejemplar hace que la UEPC deba ser postulada para figurar en los catálogos de Ripley. Quizá, al aparecer en los escaparates de “Aunque usted no lo crea”, obtenga algún reconocimiento mundial por lo extravagante de su conducta; en Córdoba, seguramente, su desatino no cosechará más que amargos reproches.