Venezuela, el espejo donde debería mirarse la Argentina

Por Pablo Esteban Dávila

ilustra maduro y kristLos momentos aciagos que se encuentra viviendo la República Bolivariana de Venezuela no son obra de la naturaleza ni de ninguna maldición bíblica; resultan, simplemente, una consecuencia de políticas perversas, profundamente erróneas, implementadas primero por Hugo Chávez y continuadas luego por Nicolás Maduro.
Juan Bautista Alberdi escribió alguna vez que “de suelos ricos nacen pueblos pobres”, aforismo perfectamente aplicable a Venezuela, uno de los grandes productores mundiales de petróleo. Cuando Chávez se hizo de la presidencia allá por febrero de 1999, el precio del barril de crudo comenzó una vertiginosa carrera ascendente que hoy, quince años después, aún no parece tocar techo. Sin embargo, el país es más pobre que nunca. No hay alimentos, el ejército debe presionar a punta de bayonetas para que los comerciantes vendan los pocos productos que tienen y, por absurdo que parezca, ahora debe importar combustibles porque su capacidad para refinar el crudo que producen sus pozos ha declinado dramáticamente debido a las nacionalizaciones y falta de inversiones del sector privado.
Con una inflación anual que supera el 50%, el descontento popular es enorme. Hay protestas por doquier encabezadas por una oposición que, a fuerza de soportar el autoritarismo del gobierno, se ha radicalizado en sus planteos. Henrique Capriles, a quién le cabe el legítimo orgullo de haber sido quién casi vence a Maduro en las últimas presidenciales, está siendo corrido por derecha por el antichavismo más fanático, que directamente pide la renuncia del presidente y la convocatoria a nuevas elecciones.
El panorama es tal que el liderazgo opositor de Capriles, quizá el dirigente más consecuente y astuto que se haya enfrentado al régimen bolivariano, se encuentra hoy en entredicho por la escalada de violencia política que sacude al país, donde la moderación parece no encontrar un espacio socialmente valorado.
Lo notable del caso venezolano es que su crisis se veía venir desde épocas lejanas, incluso desde los tiempos en que el inefable Chávez fantaseaba con liderar a América Latina contra los EEUU y otras estupideces semejantes. Sólo debe bucearse en la historia reciente para comprender la cadena de hechos que llevaron a este país a su actual situación de caos.
Cuando Hugo Chávez ganó sus primeras elecciones, nada hacía suponer que su gobierno desembocaría en un populismo atrabiliario y desenfrenado. Este ex militar golpista hablaba, al principio, de libre mercado y respeto a la propiedad privada, bien a tono con la época en la que llegó al poder. Pero pronto comenzó su viraje ideológico hacia posiciones más extremas. Siempre en nombre de la democracia (ningún demagogo se priva jamás de utilizar el término, como si fuera un talismán protector) comenzó a vulnerar la seguridad jurídica, estatizar empresas, reformar la constitución e intervenir en el mercado. Invocando a un improbable Simón Bolívar se proclamó líder de un “Socialismo del Siglo XXI”, un título que hubiera merecido la descalificación de boutade por parte de Marx y Engels, habida cuenta el carácter de sultanato caribeño adquirido por Venezuela durante su presidencia. Como ocurre siempre en estos experimentos populistas – que mezclan elementos del capitalismo de Estado, acción social al estilo cubano y concentración del poder en manos de un líder carismático – el autoritarismo y la represión no se hicieron esperar. La prensa libre fue perseguida y, con el tiempo, aniquilada. La corrupción, inherente a una estructura estatal cada vez más grande y omnipresente, comenzó a hacerse estructural, al punto tal de generar una nueva clase social llamada, con desprecio, los “boliricos” en obvia alusión al origen bolivariano de tan mágicas fortunas.
Estaba escrito (porque la historia lo señala) que este orden de cosas no tenía otro destino que el que hoy sufren los venezolanos. Una economía destruida, rentas petroleras que no alcanzan a cubrir el enorme déficit fiscal (que debe ser conjurado con la emisión monetaria) y una brutal inseguridad que se cobra nada menos que 20.000 vidas al año es el triste epílogo de la revolución bolivariana que, en su momento, encandiló a buena parte de la progresía latinoamericana, creyentes fanáticos de que un coronel golpista les devolvería sus sueños de redención antiimperialista. Ahora, y consistentemente con su ideología, los “socialistas del Siglo XXI” no tienen más remedio que repartir palos y encarcelar a sus opositores. Menuda democracia ha sabido construir el chavismo.
Desde estas latitudes, y más allá de la natural simpatía que pudiera sentirse por una población víctima de estos atropellos, todo aquello podría parecernos un lejano problema de un país bananero. Pero esto no es así. Venezuela es el espejo que devuelve la probable imagen de la Argentina de los próximos meses.
Esto no es catastrofismo. Si se observa con cuidado, el régimen kirchnerista ha imitado muchas de las medidas tomadas por Hugo Chávez, avanzando desde posiciones inicialmente gradualistas hasta pretensiones sistémicas, en las que poco pueden reconocerse aquellos primeros (y moderados) pasos. Al igual que Venezuela, nuestro país se vio beneficiado por un fuerte flujo de ingresos derivado de excepcionales precios de las commodities agrícolas y por tasas internacionales de interés inusualmente bajas, lo que impulsó la tentación populista del matrimonio Kirchner. Bien a tono con la tradición latinoamericana (que erróneamente identifica el interés del pueblo con los intereses del Estado), tanto Néstor como Cristina estatizaron muchas de las empresas privatizadas en los noventa e intervinieron a mansalva en el funcionamiento de los mercados. En nombre de una confusa justicia social llenaron al país de subsidios – muchos de ellos contradictorios – e incrementaron el gasto público a niveles de paroxismo. Privados de crédito internacional (el último que prestó dinero al país fue Chávez, sintomáticamente a una tasa mayor de la que cobraba el FMI) y confiscadas todas las posibles fuentes de financiamiento interno, a la Casa Rosada no le quedó otra que emitir billetes para financiar el déficit, con el consiguiente estallido inflacionarios. Además, y conforme se agravaba la crisis económica, el discurso del gobierno comenzó a hacerse cada vez más agresivo, denunciando conspiraciones indeterminadas e intentando frenar los precios mediante acuerdos en los que nadie cree.
Algunos piensan que Cristina no es como Chávez, pero nosotros suponemos que lo sería si pudiera. Muchas de sus medidas estrictamente políticas están emparentadas con el estilo bolivariano de ejercer el poder. Los ataques del gobierno contra la prensa (la ley de medios argentina está diseñada para pulverizar los medios independientes) y la descalificación de los opositores evocan los antecedentes venezolanos, en tanto que el actual aislamiento internacional del país sigue casi a la perfección es sendero trazado en el Caribe. Hasta el hoy aparentemente extinto memorándum con Irán por la causa AMIA fue dictado, en su hora, por Venezuela, en un intento por romper el cerco que la comunidad internacional había establecido sobre el expresidente Mahmud Ahmadineyad, el único aliado extramuros de Chávez.
Grandes sectores de la población están cansados del estilo del kirchnerismo, de su ineptitud para el gobierno y de la mediocridad de sus políticas. Crece en Argentina la convicción – impensada tres años atrás – que Cristina Kirchner ha malversado una oportunidad única, de la misma manera que el “Socialismo del Siglo XXI” lo ha hecho en Venezuela. Muchos funcionarios ayudan a cimentar esta percepción. El titular del AFSCA, Martín Sabattela, acaba de confesar que si por él fuera regularía Internet de la misma forma que se hizo con los medios audiovisuales (la red es completamente libre en la Argentina), mientras que Luis D’Elía – un hombre siempre de consulta en los círculos K – recomendó a Maduro que “fusile” al opositor Leopoldo López para evitar males futuros. Cualquier parecido con la “hermana” república bolivariana no es casualidad: forma parte de un mismo eje de populismo autoritario y antirrepublicano que une ambos gobiernos, a contramano del mundo y de la propia América Latina, que observa de soslayo las desventuras de estos experimentos anacrónicos.