La resurrección del disco

Por J.C. Maraddón
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ilustra spotifiLa muerte del disco como objeto cultural tenía ya firma y aprobación unánime. Aquel formato que reinó durante casi seis décadas en su versión long play/álbum había arribado al final de su camino y se había quedado atrás en una carrera contra los avances tecnológicos que se podía considerar perdida desde un comienzo. La gente adquiría nuevos hábitos de consumo de las obras que producían los artistas sonoros, a partir de los dispositivos que se incorporaban al uso cotidiano.
Lo corriente empezó a ser escuchar (y ver) a los intérpretes favoritos a través del material que se iba subiendo a Youtube. O descargar canciones de internet. O visitar sitios de alojamiento de temas online, como Myspace o Soundcloud. Del equipo de audio, la actividad se trasladó a la computadora; y de allí, a los reproductores de Mp3, teléfonos celulares, netbooks y tablets, en sucesivos desplazamientos cada vez menos traumáticos.
Si hasta el grupo mexicano Café Tacvba publicó en 2012 un álbum titulado “El objeto antes llamado disco”, donde indagaba sobre esta novedad que afectaba de manera radical la forma en que los artistas habían presentado sus creaciones hasta ese momento. Era una especie de despedida a un envase que, de golpe y porrazo, dejaba de ser útil para las grandes audiencias, que preferían compartimentar su escucha en pequeñas muestras antes que en una larga audición.
Las propias compañías discográficas comenzaron a embalar sus pertenencias y abandonar las oficinas que solían frecuentar, para estudiar hacia dónde debían dirigir ahora sus pasos, ante el panorama apocalíptico que se les planteaba. Imperios que habían nacido con ansias de eternidad, caían en la cuenta de que se aproximaba su fin y, mientras arriesgaban respuestas legales que detuvieran la hecatombe, trataban de formar un frente unido con las estrellas del firmamento musical para hacer menos estrepitoso el naufragio.
Como amarga mueca del destino, los coleccionistas de siempre y los excéntricos que nunca faltan insuflaron nuevos aires a la producción de los discos de vinilo, que con un mayor gramaje y ediciones de lujo, volvieron a las vidrieras y salieron a la venta a precios de galería de arte. En el medio de la cadena evolutiva, quedaban –entre otros- los casettes y los discos compactos, mudos testigos de un ritual que parecía haberse agotado para siempre.
Sin embargo, entre todas las aplicaciones nacidas para facilitarnos la reproducción de pistas musicales, hay una lanzada hace ya seis años que no solo parece consolidarse como la favorita de las multitudes, sino que además podría provocar el milagro de que la gente escuche álbumes otra vez. Porque Spotify, como parte de las opciones que brinda a los usuarios, también permite escuchar discos completos, en el orden en que las canciones fueron dispuestas por su intérprete. Y eso, a esta altura de las circunstancias, obra como una resurrección no deseada.
En 2013, Spotify amplió su área de cobertura hasta incluir el territorio argentino. Y, además, multiplicó al infinito el repertorio de temas que pone a disposición del público, garantizando parámetros de calidad que otras plataformas no han alcanzado hasta ahora. Podría decirse que se posiciona como el mecanismo más directo para consumir música en el futuro inmediato, ya sea en su variante “free”, que incluye spots publicitarios, o en su versión “Premium”, a la que se accede a través del pago de $ 36 mensuales.
Mientras los sellos dudan entre aceptar o no las condiciones del nuevo sistema, que deja fuera de combate a cualquier soporte físico, los usuarios van incorporando este hábito de escucha. Y, de paso, algunos se atreven nuevamente a emprender la audición de un disco entero, ese rito que ya se resignaba a perecer y que ahora podría resurgir con ínfulas de inmortalidad.