Simples canciones

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

ilustra abba casi angelesEn medio de la apoteosis del rock progresivo, del rugido con el que los Ramones se anticipaban al punk, del maquillaje con el que el glam pintaba a los nuevos ídolos y del zarandeo que experimentaban los ritmos negros en la previa de la ebullición de la música disco, la aparición de Abba fue algo así como el desembarco de Blancanieves en un bodegón con mesas de pool y estanterías llenas de potes de ginebra. El candor de las canciones del cuarteto sueco era comparable al de las mejillas del Padre Brown. Y su simpleza no tenía nada que hacer a la par de complejidades como las de Pink Floyd, Yes o Emerson, Lake & Palmer.
Sin embargo, cuando hace 40 años ganaron el certamen de Eurovisión con la canción “Waterloo”, el mundo empezó a tomárselos en serio; y sobre todo, el complejo de la industria discográfica, que estaba harto de los caprichos de las estrellas de rock, preocupadas por componer sinfonías que duraban todo un lado de un LP y no eran aptas, por ende, para entrar en carrera como hit de radio.
Después, a medida que la carrera de Abba levantara temperatura y sus féminas sacasen chapa de sex symbols, aquella ingenuidad original trocaría en un erotismo intrínseco, tan natural como la belleza de sus vocalistas. Llegarían tiempos en que ellas expondrían de manera generosa su curvatura y entonarían canciones en las que rogarían por la presencia de un hombre que les acompañe “después de la medianoche”.
Pero en 1974 todo eso estaba por ocurrir y todavía el repertorio de la banda se reducía a cancioncitas basadas en el machacar del piano de Benny Andersson y unas armonías vocales de cuidada entonación. El disco “Waterloo”, publicado en 1974, fue el primero que ellos lanzaron más allá de las fronteras de su país natal, y de buenas a primeras se erigió como un suceso que les franqueó el paso a la consagración que vendría inmediatamente.
Escuchando esas sencillas piezas cuatro décadas después, no se consigue advertir cuál fue el destaque, el gancho, la zancadilla que los cuatro suecos le hicieron a la fortuna, para que se detuviera ante su puerta. Solo cabe pensar que, frente a la complejidad que adquirían las creaciones rockeras, hacía falta alguien que retrotrajese la historia al momento en que el pop vivaba a la síntesis y no a las complicaciones.
El acierto de esos Abba primordiales fue, entonces, desnudar sus limitaciones para ofrecerlas como una virtud. Y, sin pudor alguno, acentuar el carácter básico de su propuesta con la finalidad de satisfacer a una audiencia masiva que no encontraba nada a su medida. Un tema como “Honey, Honey”, por ejemplo, es representativo de ese espíritu de regreso a las fuentes, con un estribillo pegadizo y un punch irresistible.
Que su estilo sonoro está plagado de lugares comunes y de golpes bajos, no cabe ninguna duda. Tampoco resisten a un análisis profundo los versos de sus canciones, en los que escasean las figuras literarias y abundan los mensajes directos de fácil identificación con el oyente. Pero nada de eso ha sido un obstáculo para que, a partir de “Waterloo”, Abba ingresara al Olimpo de la música global con ínfulas de clásico.
A 40 años de aquel inesperado reconocimiento para su incipiente aporte musical, los temas más conocidos del grupo figuran en cualquier lista de grandes éxitos que abarque desde los años sesenta hasta la actualidad. Y ese mérito acompaña el recuerdo de una formación que no se propuso revolucionar el panorama rockero ni transmitir un mensaje destinado a endulzar los oídos marginales. Simplemente hicieron lo suyo. Y no les ha ido para nada mal, a las pruebas me remito.