Las crisis siempre son “neoliberales”

Por Daniel V. González

DYN39.JPGEl discurso oficial no acepta la posibilidad de que la política económica implementada durante estos años haya llevado al país a una situación de crisis.
No lo acepta de ninguna manera.
Hay una sola clase de crisis: las provocadas por el neoliberalismo. Esas son las crisis. Las únicas que existen.
Las políticas populistas, razonan los economistas y funcionarios del gobierno, están diseñadas para beneficiar al pueblo. Esto enoja a los ricos, a los neoliberales y a los desestabilizadores que, entonces, intentan dar golpes de mercado creando zozobra y cimbronazos económicos.
O sea, las crisis son siempre provocadas por los neoliberales. Cuando están en el gobierno, por mérito de sus propias políticas económicas. Y, cuando no están en el gobierno, en razón de que quieren desestabilizar a los que hacen políticas para el bien del pueblo.
Al parecer, las políticas populistas son siempre coherentes y sólidas. Nunca generan tensiones ni excesos por lo cual jamás pueden llevar al país a una situación complicada, con tensiones diversas y contradicciones insalvables.

El reventón del 2001
Los populistas respiraron aliviados en 2001, cuando estalló la convertibilidad. Diez años de estabilidad con varios de ellos creciendo a tasas importantes, habían dado crédito a las políticas llamadas “del Consenso de Washington”. Estas, como se sabe, son las que reclaman la presencia de una economía de mercado, con libertad comercial y de contratación, prolijidad fiscal, pulcritud monetaria y dólar “competitivo” o sea, alto.
El estallido, sin embargo, provino de un lugar en que se negó cualquier concepto de libertad económica: el tipo de cambio fijo. El valor del dólar en un peso, además del atractivo simbólico y publicitario, tuvo un objetivo que se cubrió largamente: detener la inflación. Se terminó con un problema crónico de la economía al costo de renunciar a las ventajas de una política monetaria más activa. Pero, además, se liberalizó la economía, se desreguló y se privatizaron numerosas e importantes empresas públicas.
La economía creció. Y creció la industria. Ambas, aproximadamente un 50% en la década. Los populistas se estaban quedando sin argumentos: una política de filo liberal detuvo la inflación, impulsó el consumo popular, recuperó el crédito a largo plazo, posibilitó el crecimiento de la industria y de la economía en general pese a varias crisis ocurridas en el mundo (Tequila, Rusia, Asia). ¡Y los pobres la respaldaban con su voto! Era verdaderamente un horror. Si uno lee los análisis de ese tiempo, la crítica populista apuntaba a cuestionar la desnacionalización de la economía, el endeudamiento, las privatizaciones. Pero el estallido vino de otro lugar: del tipo de cambio fijo y su incompatibilidad con la elevación del gasto público que impulsó Carlos Menem en su alocado afán de permanecer en el poder un nuevo período. No provino de la ortodoxia sino de su ausencia.
Nada más lejos que una política liberal que el tipo de cambio fijo. La acumulación de tensiones cambiarias, la flacidez financiera que permitía el sistema y la debilidad política del gobierno de De la Rúa, hicieron inevitable el quiebre de un sistema que se sostuvo durante diez años, mucho más que ningún otro plan económico en la historia argentina moderna.
Los economistas populistas sonreían: esto demostraba –decían- que las política liberales llevan a una crisis inevitable. En sus explicaciones tiraban el agua de la bañera con bebé y todo. Adjudicaban la crisis –cuya eclosión provino de la tensión cambiaria producto de medidas ajenas a los conceptos liberales a políticas más emblemáticas pero ajenas a la crisis: privatizaciones, desregulaciones, libertad comercial.
Durante los años noventa el país recibió inversiones, su agro se modernizó (lo que permitió aprovechar los altos precios de la década siguiente), su industria incorporó tecnología, se generaron excedentes energéticos (también aprovechados y dilapidados en la década posterior). A la crisis de 2001 bien podría aplicarse la frase de Kart Kraus: “la situación era desesperada pero no grave” pues la capacidad productiva estaba intacta, había energía de sobra y el campo había desarrollado tecnología que podría aprovecharse en un futuro, como realmente ocurrió después.

El “golpe de mercado”
Las políticas populistas no producen crisis. Los problemas que se generan son golpes de mercado provocados por los ricos para evitar el éxito rutilante del populismo. Tal la pretensión oficial.
Pero la realidad es otra muy distinta. Las políticas populistas son pródigas en gasto público. Adoran los subsidios, los gastos sin ningún límite ni cálculo económico. Aumentan la presión fiscal hasta fronteras que comienzan a horadar el crecimiento económico. Si el dinero no alcanza, emiten. Nos explican que la emisión no genera inflación. O bien, que “un poco de inflación es bueno para la economía”.
La naturaleza dispendiosa del populismo requiere la existencia de condiciones económicas favorables. En la primera década del siglo fueron los precios internacionales de nuestros productos de exportación los que proporcionaron los fondos que hacían creer que la prosperidad que se vivía era producto del programa económico en vigencia y no de los fondos provenientes de la especial situación del mercado internacional de alimentos.
La abundancia de recursos era tal que el país pudo moverse sin un ministro de economía con la calificación y la experiencia apropiadas. Pero los problemas comenzaron a llegar. La inflación fue el más importante. Y su compañero: el retraso cambiario. El gobierno negó la existencia de uno y otro. Pero las tensiones crecieron. Y esto tuvo reflejo electoral. Y llegó también la crisis energética, por descuido completo, dilapidación y falta de inversión. Y comenzaron a escasear los dólares. Llegó el cepo y la pérdida de reservas. Las fichas encajan unas con otra de manera armoniosa.
Y llegó el momento de iniciar el ajuste. Se hizo necesaria una devaluación. Y eso impactó en los precios, naturalmente. Pero esto no fue producto de mecanismos económicos inexorables sino de la avaricia de los empresarios. Y este es el lugar exacto donde estamos parados ahora: el gobierno, por boca de la propia presidenta, incentivando a los jóvenes para que controlen los precios y expliquen al mundo que todos los empresarios, encabezados por el CEO de Shell, los aumentan sin necesidad de hacerlo, por pura maldad destituyente.
El populismo siempre termina igual. Consume todos los recursos que puede, debilita la productividad, carcome los recursos, genera inflación e intenta que quien le suceda en el gobierno sea el que haga las correcciones que se tornan imprescindibles. Y, cuando eso ocurra, estará en la primera fila de las quejas “contra el ajuste neoliberal”.
Así funciona desde siempre.