Inflación, celulares y paritarias

Por Gabriela Origlia

ilustra sobre la inflacionYa no sorprenden. Ni los discursos de la presidente Cristina Fernández ni los de sus funcionarios. Aún cuando empiecen a mostrar inquietud por temas que antes ignoraban, como los “aumentos”. Los ejes no cambian, la culpa es del resto y la confrontación es con todos, incluso con los que eran aliados. El que haya dicho algo que no gustó lo cruzan de vereda, como le pasó a Antonio Caló, líder de la CGT (antes) oficialista. Tampoco sorprende lo que pasa, era lo previsible. Lo anticiparon todos, menos el Gobierno que incentivó la situación –por ejemplo la compra de dólares con tasas de interés negativas- y, mientras devaluaba, negaba que fuera a hacerlo. Porque devaluó desde antes del salto de enero.
Políticos de larga trayectoria reclaman ante las actitudes mezquinas y especuladoras de los argentinos. Parecieran no saber que para los negocios no hay corazón, empresarios y trabajadores buscan protegerse y ganar. ¿Hay quienes aprovechan para hacer más y nuevos negocios? Por supuesto y eso también se sabe. ¿Alcanzan para “castigarlos” los discursos? No. El Estado tiene todos los mecanismos legales y también de política económica para orientar conductas. Aplicarlos es una decisión de quien está en el poder.
Las cerealeras, hoy en el centro de las críticas porque no liquidan los dólares que prometieron en diciembre, fueron las socias del Gobierno durante largo tiempo. El ex secretario Guillermo Moreno negoció y las favoreció en detrimento de los productores a cambio de que, cuando necesitaba dólares, se los daban. Hace más de un mes les prometieron un seguro de cambio que no salió según lo conversado. La respuesta está en la mesa.
“No entienden lo que pasa”, les dijo la Presidenta a los gremialistas en referencia a que reclaman por salarios en vez de mirar y cuidar los precios. Desde que, con el peronismo, el sindicalismo se hizo fuerte la discusión por los ingresos fue suleit motiv. ¿Espera Fernández cambiar al sector ahora con palabras duras? Con una inflación –que en las proyecciones más moderadas es del 30% anual-, ¿cree que las paritarias serán en torno al 18% para no provocarle a los funcionarios más dolores de cabeza?
El acceso a los dólares es otro capítulo. Desde el Gobierno van y vienen sobre ese tema sin ninguna señal clara. Al ministro Axel Kiciloff se le ocurrió la célebre frase “dólares para los que menos tienen”, Jorge Capitanich acusa cada mañana de ápatridas a quienes ahorran en esa moneda y –acompañado por la Presidenta- advierte que no merecen recibir más subsidios. Durante varios años mientras todos los bienes aumentaban la divisa estaba planchada y, el año pasado – cuando Fernández proclamaba que quienes querían una devaluación debían esperar otra administración- el dólar oficial empezaba una escalada que, como no alcanzó, terminó en la devaluación de enero.
Mientras se concentraba en el relato, la administración cristinista encontró en la emisión de dinero su aliado para sostener un gasto público récord. El peso del Estado sobre la economía se profundizó y los datos muestran que no lo hizo de la manera más conveniente, con inversión en infraestructura, sino con egresos corrientes a los que la misma inflación fue restando efectividad. Un Estado gigante en costos que, incluso para el control de las góndolas, admite su incapacidad. Ni mencionar la inoperancia frente a los prestadores de servicios.
Entre todas las palabras que, a diario, repite el kirchnerismo deja de lado una clave: expectativas. La economía sabe de sobra lo que es la formación de precios por expectativas. Modificar lo que los agentes creen que va a pasar requiere de señales más contundentes que las palabras, sobre todo cuando éstas provienen de quienes ya dijeron una cosa e hicieron otra. La previsibilidad es –en todo el mundo- un ingrediente estratégico del escenario político económico. Desde el Banco Central hay algunas medidas que podrían ayudar (suba de tasas, absorción de pesos) pero requieren de un contexto de acompañamiento, sino el todo es esquizofrénico.
El martes, un rato después de que la Presidenta terminará discurso los docentes nacionales pidieron una recomposición salarial del 61%. Quieren mantener la “prosperidad” construida en la última década y, frente a una inflación del 30% anual y a una devaluación similar en los últimos dos meses, no pueden pedir menos. A la puja salarial que Fernández quiere limitar la ayudaría que el Estado haga su parte, concentre el gasto donde es productivo y archive la maquinita. Los teléfonos móviles todavía no lograron convertirse en la mejor arma para combatir la inflación. Hay que colaborar con otras medidas.