Pese a la dimensión de la crisis, el kirchnerismo no cambia

Por Rosendo Fraga(*)

DYN21.JPG[dc]E[/dc]n enero las reservas cayeron 2.500 millones de dólares y sólo en la última semana lo hicieron casi 1.000, haciendo que el mundo perciba la crisis argentina como una similar a la de 1989 o 2001 por su dimensión. El viernes la devaluación argentina estuvo en la primera plana del New York Times; el Washington Post pronosticó un “nuevo colapso argentino”; The Economist tituló una nota diciendo “Para Argentina y Venezuela se acabó la fiesta”; para el diario italiano La Reppublica, la Argentina “espanta al mundo”; para el Wall Street Journal, “una megadevalución parece inevitable en Argentina”; la Administración Obama expresó “preocupación” por la situación del país; desde el FMI se igualó públicamente a la Argentina con Venezuela y los diarios del mundo en general criticaron las políticas “equivocadas” de la Argentina.
Un político latinoamericano de izquierda respetado, como el ex Presidente chileno Ricardo Lagos, dijo que “la crisis argentina puede impactar en los emergentes” y los jefes de gobierno de Italia y España la trataron en su encuentro bilateral. Es que la crisis argentina tiene lugar cuando las dudas sobre el mundo emergente pasan por la presión cambiaria sobre países como India, Turquía y Sudáfrica, hay incertidumbre sobre Brasil, y Venezuela se descompone.
En el país, el gobernador oficialista de Misiones (Closs) sostuvo que hay que convocar a todos los sectores para evitar que el gobierno de Cristina termine como los de Alfonsín y De la Rúa, coincidiendo en esto con la perspectiva del mundo, aunque al día siguiente -por presiones ejercidas desde la Casa Rosada- dijera que los medios no habían interpretado bien sus palabras. Pero un dirigente sindical oficialista -Pignanelli, de la industria automotriz- dijo que las presiones que sufría el Gobierno eran para que terminara como Alfonsín y De la Rúa, sosteniendo la misma tesis, aunque desde la perspectiva oficialista.
Pero la respuesta del Gobierno frente a la crisis es clara y definida. La fijó la Presidente desde Cuba al decir “los bancos especulan para imponer soluciones como en 2001”. Gráficamente agregó: “nos quieren otra vez hacer comer sopa, pero esta vez con tenedor”. A su regreso de Cuba retomó la comunicación vía Twitter, desarrollando esta tesis y enfocando su crítica hacia los medios de comunicación opositores.
Fue el Jefe de Gabinete (Capitanich), vocero cotidiano del gobierno, quien expuso la visión de la Presidente y su ministro de Economía (Kicillof) frente a la crisis. Comenzó la semana denunciando que el “ataque especulativo” que sufre la Argentina es “para quedarse con el agua, el petróleo y los alimentos del país”; siguió calificando de “antipatriotas” a los “empresarios y comerciantes que suben precios”; continuó negando la realidad al decir que no han subido “los precios de autos y combustibles”; siguió denunciando “conductas nocivas de empresarios” , diciendo “luchamos contra grupos poderosos” y “hay empresarios que extorsionan usando trabajadores”; por último, cerró la semana acusando a productores de “amarrocar soja” y “no vender divisas”, agregando que “hay conductas que tienen que ver con la avaricia” y que “buscan desestabilizar”, para afirmar finalmente que “sectores políticos, sindicales y empresarios, apoyados por grupos mediáticos, desestabilizan para evitar que el estado pueda controlarlos”. Comenzó esta semana denunciando que “la actitud de Shell y de su más alto directivo (Aranguren) es conspirativa y atentatoria contra los intereses del país” frente al aumento del 12% de la nafta.
A su vez, el ministro de Economía adjudicó la creciente compra de dólares a un problema de “ansiedad cultural”; el secretario de Comercio (Costa) impuso decenas de multas a empresas y comercios que no cumplen los compromisos del plan “precios cuidados”; la fiscalía especial que investiga el lavado de dinero (Procelac) investiga a la empresa Shell, acusándola de “alterar el orden público” con su compra de dólares y desde del Kirchnerismo militante se insiste con propuestas de confiscar la cosecha (D’Elía) y aplicar la pena de prisión que establece la ley de abastecimiento, que permite encarcelar empresarios y comerciantes que no acaten los precios oficiales (Recalde).
Definida la magnitud de la crisis y la actitud frente a ella que adoptó el Gobierno -coherente con su ideología y personalidad-, surgen débiles grietas dentro del oficialismo. Las más evidentes provienen del campo sindical, donde el líder de la central sindical peronista K (Caló) dijo “a la gente no le está alcanzando para comer”.
Frente al alza de la inflación, la discusión salarial en marzo se torna crucial y el gremio docente la define de hecho, por lo general con huelgas. Por tratarse de la provincia que concentra el 40% de la población, en cualquier crisis el gobernador de Buenos Aires, Daniel Scioli (el político del oficialismo con mejor imagen y más intención de voto y aunque se note poco el Presidente del PJ nacional) irá adquiriendo más trascendencia a medida que se vaya agravando la situación. Por ello se ha iniciado, por orden de la Casa Rosada, una ofensiva política contra él, con las críticas del Presidente de la Cámara de Diputados (Domínguez), quien dijo que a él “no lo representa porque prefiere la militancia”, opinión a la cual se sumaron el Canciller (Timmerman), un vocero conspicuo del Kirchnerismo (Kunkel) y la titular de las Madres de Plaza de Mayo (Bonafini).
Scioli, con extrema moderación, reconoce la entidad de la crisis diciendo “el país pasa por momentos sensibles” y agrega que hay que actuar “con responsabilidad”, pero que también “hay que corregir los errores que hay que corregir”, buscando hacer un preciso equilibrio. Pero el Kirchnerismo “puro”, encuadrado en Unidos y Organizados (UYO), se reunió y convocó a “cerrar filas junto al gobierno” porque si no “retrocedemos ante los sectores corporativos”.
El gobierno no cambiará para intentar recuperar credibilidad y en consecuencia será la velocidad del deterioro económico y el conflicto en la calle los que determinarán la evolución de la situación. El impacto de la inflación sobre los sectores de menores ingresos que están en la informalidad y sobre los asalariados representados por los sindicatos serán claves y el Gobierno no parece tener claro una respuesta.
El principal dirigente opositor (Massa) sostuvo que la inflación está perjudicando a los jubilados -tres de cada cuatro cobran el mínimo-, la clase media y los trabajadores. Esto es así, pero le faltó incluir a quienes están en peor situación, que son los que viven de los subsidios sociales, que consumen sólo alimentos y cuyo monto se deteriora aceleradamente. Percibiendo que esto puede detonar en la calle, el Gobierno dispuso un despliegue de seguridad excepcional en la Avenida 9 de Julio cuando el Movimiento piquetero “Barrios de Pie” realizó una marcha pidiendo se actualicen los subsidios que reciben. Mientras tanto la salud de la Presidente sigue siendo una cuestión y lo es desde que perdiera las PASO el 10 de agosto. Como a cualquier ser humano, a medida que las presiones y los fracasos se acumulan, los problemas de salud pueden agravarse.
En conclusión: en enero la pérdida de reservas ha sido record y el mundo percibe una crisis argentina con la dimensión de 1989 y 2001, lo que comienzan a reconocer también integrantes del oficialismo; pero Cristina redobla la apuesta, adjudicándola a la acción “desestabilizadora” de sectores e intereses que buscan una nueva redistribución de riqueza como la que tuvo lugar en 2001; dentro del oficialismo surgen tibias fisuras y Scioli, cuya figura puede ser central en cualquier crisis, es motivo de crítica desde el Kirchnerismo; por último, de ahora en más la velocidad de la inflación, su impacto social y los conflictos en la calle serán determinantes de la evolución de la crisis en términos políticos.
(*) Publicado en nuevamayoría.com