Dios se lo pague

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

desamparados[dc]E[/dc]l breve texto que compartimos ha sido tomado de una compilación titulada El hombre y sus circunstancias /Discursos, representaciones y prácticas sociales en Córdoba, 1900–1935. Originalmente fue publicada en La Voz del Interior del 6 de mayo de 1904, bajo el título Mendicidad callejera, sin otro contexto que el de una opinión anónima, representativa del grado cero de la conciencia burguesa, de matriz individualista y egoísta.
Esta especie de editorial contiene juicios coincidentes con los de una gran mayoría de la población, no sólo la de su época, 1904, sino también desgraciadamente la actual.
Aunque ha pasado tanta agua bajo el puente y se ha producido un ascenso de la conciencia social –por supuesto que con avances y retrocesos- hay ecos todavía hoy de algunos fantasmas que alegan desde la llamada “voz de la calle”.
“En una ciudad importante y culta como la nuestra es imperdonable que se ofrezcan al público ciertos cuadros de miseria que llegarían a conmover si no fueran repugnantes. Los mendigos pululan libremente por las calles, mostrando sus harapos é importunando al transeúnte, a veces en forma soez que da lugar a más de un incidente lamentable por lo impropio y bochornoso.”
El tema del artículo remite al lado oscuro de la opulencia que el siglo XX comenzaba a derramar sobre esta provincia. La mendicidad es fruto de un cruel desajuste, un signo de pobreza estructural, pero para el autor de la nota es sobre todo un elemento que afea el pretencioso paisaje urbano. Esgrime una razón estética como argumento de su queja, cargada de un enfoque moralista. Resulta particularmente chocante la alusión a personas miserables, tratando de subsistir en un medio indiferente y cruel, quienes lo hacen “mostrando” sus miserias, como recordándole a la sociedad una culpa que en realidad tiene, incluido el autor de la centenaria nota.
Si en el documento los pobres son vistos como lo que no debiera verse, aquello que, existiendo, no debiera estar expuesto, ¿qué se puede pedir en términos de al menos considerar sujetos a los mendigos? Hay que ver que un mendigo no sólo carece de identidad, sino que tampoco tiene entidad en cuanto “pobre”, ya que para el estado, en aquella época, había que presentar un perfil que un miserable, -un mendigo por ejemplo- no podía llenar. Un pordiosero no alcanzaba siquiera la categoría de pobre.
“Existen ordenanzas y reglamentos prohibitivos del ejercicio de la mendicidad en la vía pública, y no alcanzamos a ver la razón en que se afiance el incumplimiento de aquellas saludables disposiciones”, clama el anónimo formador o repetidor de opinión. Se trata de leyes represivas que son parte del atrincheramiento burgués para mantener a distancia “la cuestión social”, en un tiempo donde, a la vez que se opinaba con tal liviandad en un diario de provincia, Juan Bialet Massé producía su sensible Informe sobre el Estado de las Clases Obreras en el Interior de la República. Un mendigo, como dijimos, no es un trabajador pobre, sino un miserable “homeless”, el estado más desprotegido que existe. Esto por más que el editorialista hable del “ejercicio de la mendicidad”, como si con sorna lo equipararse al ejercicio de una profesión.
“Los seres desgraciados que realmente necesitan de la caridad para subsistir, deben hallar los medios para ello en los diversos establecimientos que se dicen caritativos, y que sostienen la beneficencia pública y el erario municipal”, dice el émulo de Pilatos, y agrega: “En cuanto a los numerosísimos vagos que sólo buscan en el pauperismo la satisfacción de sus vicios repugnantes, la policía debe dar cuenta de ellos aplicándoles con todo el rigor el reglamento respectivo”.
Subrayamos la construcción absurda que hace el autor de la clase de los “vagos que buscan en el pauperismo la satisfacción” no ya de sus necesidades básicas de subsistencia, sino de “sus vicios repugnantes”.
Siempre será oportuno señalar, ya sea con la mirada puesta en el pasado, como en el presente, esa perversa doble victimización de los desamparados: primero por la crueldad del sistema social que los produce, y luego por el peso moral de quienes los culpan por hallarse en el lugar que el proceso de modernización de la sociedad les ha destinado.
El final del texto que nos ocupa resulta coherente con todo lo antedicho, cuyo tono sostiene: “Es tiempo ya de que el pueblo de Córdoba se vea libre de esta verdadera plaga que empaña nuestra cultura ante propios y extraños.”