Tristeza infinita

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

ilustra sombra de niño[dc]N[/dc]o siempre ocurre, pero generalmente el espíritu de la época se ve reflejado en las canciones que la gente aprende y canta. O, por lo menos, en algunas de ellas, que transmiten alguna sensación particular en consonancia con el estado de ánimo que muchos pueden llegar a compartir; ya sea por cuestiones relacionadas a su vida privada, o por hechos públicos que terminan afectando a todos.
Durante los años ochenta, a partir de la bocanada de existencialismo expandida por el grupo Joy Division, toda una generación de bandas de similar inspiración se largó a trajinar los escenarios con su carga de oscuridad y melancolía. Fue como abrir una canilla de la cual un líquido emocional empezó a emerger hasta cubrir con su pátina a varios de los compositores más lúcidos de aquel momento.
Y es que la fiesta bullanguera del punk había finalizado. Lo que quedaba entonces era esa resaca que siempre viene acompañada de preguntas acerca del sentido de la vida o sobre si es imprescindible que el amor deba ser siempre precedido y clausurado por el sufrimiento. Si durante los setenta hubo una celebración apocalíptica, en el decenio siguiente acechó una enfermiza duermevela de la que surgieron rostros pálidos de pronunciadas ojeras.
Tal vez la causa haya sido la velocidad alcanzada por la carrera armamentista en esos últimos años de la Guerra Fría. La famosa política implementada por Ronald Reagan, que invocaba a la “defensa estratégica”, planteaba la posibilidad de ataques y contraataques nucleares esceníficados sobre las cabezas de la humanidad, una alternativa que nos solo intranquilizaba sino que además impedía la edificación de sueños a futuro.
En Argentina, la aparición de estas tribus musicales durante la segunda mitad de los años ochenta quizá tuvo que ver con el desencanto de la utopía democrática, que parecía iba a ser un dechado de ilusiones y que con el correr de los años empezó a decolorarse hasta perder su brillo original. Como telón de fondo de esa realidad en proceso de sincerarse, numerosos jóvenes se atrincheraron en el distrito de la darkitud, donde el pesimismo y la desesolación eran moneda corriente.
Es decir, la proliferación de estas melodías y estas letras acompañaba un momento permeable a sus intenciones. Y por eso mismo se multiplicaban los oyentes que se identificaban con esa tendencia, porque lo que percibían en sus corazones era coherente con lo que les transmitía su artista favorito. “El amor nos destrozará”, “Bela Lugosi está muerto”, “La cabeza contra la puerta”; eran los títulos predilectos de los darkies que también se entusiasmaban con lo que el rock nacional tenía para ofrecerles al respecto.
No poco nihilismo le sumaba a ese pastiche la noción de que un siglo estaba por finalizar, de que un milenio terminaba y de que, pese a todo, flagelos como la guerra y el hambre no se habían agotado. Por eso, cuesta creer que en el ingenuo optimismo que suele rodear al comienzo de una nueva centuria, existan todavía almas predispuestas a dejarse envolver para las tinieblas de la desesperanza.
Y sin embargo, ahí está la nueva gran esperanza del rock británico, Savages, para reafirmar que la melancolía seguía intacta y que antiguos tótems del rock gótico como Siousxsie & The Banshees, aún siguen dando tela para cortar. “Silence Yourself”, el disco debut del grupo liderado por la francesa Jehnny Beth, ha sido congratulado por la prensa, que lo sindicó entre los mejores discos aparecidos en 2013.
Savages vendrá a la Argentina en los primeros días de abril, como parte de la grilla que anuncia el festival Lollapalooza. A 25 años de aquella primera gran oleada, será bueno escuchar una canción que dice: “Ella olvidará su dolor/ y regresará”. Ahora que sabemos que la tristeza infinita es un mito, al igual que el de la permanente felicidad.