La canción del Adonis

Por Ricardo Cabral
cabral.pontel@gmail.com

2014-01-29BIRABENT2[dc]E[/dc]l día de la primavera en Carlos Paz debe comportar un significado emotivo de relevancia en la memoria de los cordobeses. Es un feriado festivo, no hay que ir al cole y es todo una aventura para los pibes encanutar el alcohol de maneras inimaginables para pasar los controles (cada año más estrictos), tomar el bondi gratis con resaca desde temprano (habiendo salido la noche anterior), llegar sudados para mezclarse entre más jóvenes y concursos absurdos.
El 21 de septiembre de 1997 las autoridades habían cambiado el sitio de los shows en vivo que originalmente se realizaban junto a la plaza. En una parcela habían dispuesto a las bandas locales: una que hacía covers de Pearl Jam se quejaba entre tema y tema porque no les daban entrada al escenario mayor. Hubiese sido oportuno que algún adulto les dijera que no hay que esperar milagros de las organizaciones estatales y que haciendo covers, sólo covers, su vida sería bien aburrida y sin sobresaltos.
La explanada del escenario mayor era una polvareda. Sonaban grupos floridos y latinazos sin el menor ápice de vuelo más allá del mero entretenimiento para adolescentes borrachos. Antes de que se pusiera el sol le tocó a Antonio Birabent. Hasta entonces nadie sabía más que de ‘A mi la lluvia’ y su aparición en Tango Feroz interpretando el clásico ‘El oso’. Sin duda era el ‘menos pior’ de toda la fauna: le sobraba onda, tenía una entonación distinguida pero inocua y ponía voluntad en la entrega ante un público desinteresado
Ese mismo año Antonio daría un giro a su apuesta. Si bien podría haber aprovechado el envión de su carrera en tevé -ya había pasado un año del ciclo “Verdad consecuencia”- y el peso inconmovible de su papá en las lides rockeras, decidió publicar su tercer disco “Azar” por cuenta propia a través de Sitios Laterales. Sería el comienzo de un camino sinuoso como solista filiado a la escena independiente, en un arco amplio de estéticas que desplegó hasta la fecha en 15 discos.
Abandonó todo sesgo y vicio del mainstream (aunque para la edición de su séptimo álbum “Cardinal” se plegaría a Virgin) y se abocó de manera licenciosa a componer. “Azar” lo dispuso junto a la canción electrónica, esa que practicaban con gracia Daniel Melero, Cineplexx y en cierto modo Leo García desde “Vital”. Pero ahí nomás regresó a Madrid, la ciudad que lo había cobijado en la infancia de exilio, donde tuvo un lugar en la escena autogé, con nombres como Carlos Jean, Nacho Mastretta y Big Toxic.
En 2000, luego de la edición de “EP” llegarían “Anatomía” y “Anatomix”, editados inicialmente en España y después en Argentina por Ultrapop, sello de referencia en el ámbito independiente. Ya con un pie en Capital Federal desplegó el popero “Cardinal”, en el que participaron León Gieco y Gustavo Cerati, y en “Buenos Aires” de 2003, regresó al rock con canciones de bajo, guitarra y batería. Dos años más tarde llegó “Tiempo y espacio”, producido por Ezequiel Araujo, ex Avant Press y El Otro Yo, que venía de trabajar con Pity Álvarez.
Antonio, más que un cantautor o un solista con banda, es un artista meticuloso. Hace pelis, tevé, graba discos de confort, otros más incómodos, compone líricas livianas y también profundas, toca bastante en sitios de mediana escala del “interior” -como gusta llamar el porteño a todo lo que no se circunscribe dentro de los límites de la General Paz-, toca en sitios pequeños de Capital, toca con artistas ignotos para la gran mayoría y canta, canta una y otra vez en lo que parece una carrera hacia la autosuperación.
Su sociedad mayúscula con Moris para esa oda bella en diez piezas llamada “Familia Canción” quedará como un hito en la historia musical contemporánea. Hace dos años arengó a su viejo y dieron forma a un disco con aroma a barrio galante y arrabalero, al Gran Buenos Aires de trabajadores ilegales, a las historias minúsculas con carácter de implosión. Y de ahí volvió a su casa, le dio a “Cambalache” y por estos días entregó “Lápiz, papel y guitarra”, realizado por crowfounding, otra vez con Ultrapop.
Antonio, el actor de cine, tevé (el galán mesurado, el psicópata de ficciones, pareja de divas en contextos siempre disfuncionales), el cantante indie, de barrio o marquesina, el carismático y toquetón, mantiene desde hace años una relación cercana con la ciudad de Córdoba. Fue colaborador del disco “Fauna de gala” de Sullivan, en varias oportunidades acompañó las performances de The Tristes y compuso tres canciones bien serranas para el álbum “Buenos Aires”. Si vuelve a la Villa, que sea a una terracita, que traiga a Ariel Minimal de compañero y seleccione el mejor cancionero.

[“Lápiz, papel y guitarra” está disponible en ITunes y a través del sello Ultrapop].