Agenda de Cristina: turismo político

Por Pablo Esteban Dávila

p08-1[dc]P[/dc]ara quienes clamaban por la reaparición de la presidente Cristina Fernández su viaje a La Habana tiene sabor a poco. La reunión de la CELAC (una especie de OEA alternativa, sin EEUU ni Canadá) parece un compromiso liviano, lejos de las demandas de gobernabilidad que presenta la Argentina por estos días. Además, la agenda de este organismo tiene reminiscencias de peña universitaria antes que un genuino foro de la diplomacia continental. Nada especialmente serio ni productivo; casi una extensión del largo interludio del poder que parece gozar la mandataria.
El almuerzo con Fidel forma parte de este tour progresista. En la ideología kirchnerista, la foto con el anciano revolucionario funge como un talismán contra las pálidas nacionales pero, a simple vista, es poco lo que este superviviente de la guerra fría puede hacer por el país. Fidel es una suerte de dinosaurio de Jurassic Park, una especie ya extinta pero que aún respira (políticamente) gracias a un experimento dentro de una isla aislada. En este sentido, las visitas con que gustan de prodigarle algunos líderes como Cristina no dejan de tener cierta estética de parque de atracciones, sin ningún efecto en términos prácticos.
No obstante, y contrariamente a lo que muchos suponen, el régimen castrista sí podría hacer algo por su discípula del cono sur. Desde la época de José Ber Gelbard, Cuba debe a la Argentina la friolera de 2300 millones (con intereses), pero ningún presidente argentino se atrevió jamás a reclamar esta deuda, por motivos que se desconocen. Probablemente por este antecedente de munificencia, Axel Kiciloff haya supuesto que el Club de París aceptaría gustosamente sus hostiles condiciones de pago; sin embargo, los países capitalistas sí pretenden que les devuelvan lo que prestaron, una categoría dentro de la cual el nuestro no parece pertenecer. Aquellos millones podrían haber ayudado al ministro a suavizar la oscura recepción que le ofrecieron en la “ciudad luz”.
Algún jocoso podría observar que Cristina podría beneficiarse de estudiar el ejemplo cubano (el reciente – se entiende – no el de la revolución). En los últimos años, Raúl Castro ha llevado adelante algunas reformas económicas que, al largo plazo, sugieren que el paraíso socialista podría desaparecer. Algunas de las más comentadas fueron la posibilidad de adquirir libremente divisas extranjeras y salir del país sin pedir autorizaciones previas, dos extremos que a muchos argentinos se les antoja privilegios dignos del primer mundo. Aunque se dude, ojalá Cristina haya podido conversar con Fidel el alcance de aquellos extraños experimentos liberales.
Pero, y más allá del divertimento que los líderes de la progresía latinoamericana encuentran por estas horas en La Habana, la Argentina tiene preocupaciones bien concretas. No sólo las de la inflación, la suba del dólar y de la caída de la actividad económica (un hecho ya innegable) sino las derivadas de la inédita situación de extravío político que vive el oficialismo. Con una presidente part time, poco se sabe de los mecanismos de toma de decisión que rigen actualmente en el gobierno.
En cualquier país razonablemente normal, cuando un mandatario se ausenta corresponde que su sucesor – en nuestro caso el vicepresidente – se haga cargo de los asuntos de Estado. Sin embargo, esto no es lo que ocurre en la Argentina. No hay noticias que Amado Boudou se encuentre, por estas horas, abocado a velar por la marcha de la Nación, ni cuál es el sitio exacto desde donde pudiera ejercer aquella teórica misión. En su lugar aparece un poder bicéfalo, libanizado, entre Jorge Capitanich y Axel Kiciloff, los primus inter pares de un gabinete disminuido a niveles de intrascendencia.
El dueto jefe de gabinete – ministro de economía, no obstante la importancia que la ausencia presidencial les ha asignado, desafina. Aunque son los que realmente gobiernan, distan de complementarse y rivalizan con respecto a quién de los dos genera las ideas más descabelladas. El sainete de la liberalización del cepo cambiario es un buen ejemplo de esta desarmonía. El viernes anunciaron la medida, que fue luego complementada con rumores, versiones y precisiones diversas a lo largo del fin de semana. Ahora parece que, en realidad, el cepo se encuentra vivito y coleando, con la sola excepción de la posibilidad de atesorar dólares mediante un perverso algoritmo entre ingresos personales y dispensas estatales.
Es extraño que un gobierno que ha hecho del culto al líder populista se encuentre huérfano de liderazgo. La ausencia de Cristina opera como una suerte de síndrome de abstinencia para funcionarios acostumbrados a las vejaciones y caprichos de un poder sin deseos de ser limitado. Además, el abstencionismo funcional de Boudou empeora la situación dado que, legalmente, ni Capitanich ni mucho menos Kiciloff podrían tener ningún poder delegado. Para colmo y con las pruebas a la vista, ninguno de los dos podría ser llamado en rigor un “Mayordomo de Palacio”, aquél cortesano creado por los merovingios para suplantar a los perezosos e indolentes reyes dinásticos. Recuérdese que fue Carlos Martel, un mayordomo de palacio del linaje de los pipínidas, quién derrotó a los invictos musulmanes en la batalla de Poitiers en el año 732, un ejemplo muy palpable de como el poder real puede suplantar con creces al formal en ciertas ocasiones.
Lamentablemente, ni el jefe de gabinete ni el responsable de la cartera económica encarnan aquella figura. Lejos de derrotar a amenazas trasnacionales, no pueden siquiera frenar los aumentos de precios en los supermercados chinos. Por consiguiente, están muy lejos de despertar la confianza popular en un gobierno que se ha quedado sin capitán. No obstante, y en una faceta que honra a los argentinos, no existen deseos que los grumetes a cargo terminen de naufragar en el mar de sus propias contradicciones.
Esta tolerancia no debe ser confundida con bonhomía ni con simpatía institucional. En la memoria colectiva del país todavía están presentes los días aciagos del final de Fernando de la Rúa. Ningún ciudadano de buena fe quiere que se repita aquella historia, pues nadie que haya probado los amargos frutos de la anarquía pretende que su aparición solucione los problemas de un gobierno que se ha quedado sin rumbo. No obstante, la preocupación sobre hacia donde se dirige el kirchnerismo es lícita. Han pasado muchos meses desde que la presidente tuvo que guardar obligado reposo tras su operación. Durante su convalecencia, ningún mecanismo institucional pareció funcionar como es debido. Amado Boudou no existe. Capitanich se desinfló prematuramente tras su gafe durante la crisis de los policías cordobeses. Kiciloff no despierta confianza, y crece un peligroso consenso sobre su incapacidad para ocupar una posición tan relevante. Ante tal escenario, no se puede culpar a la población por un exceso de cautela ante un orden de cosas con cierto tufillo a deja vû.
Por supuesto, el país no es el mismo que en 2001. Las condiciones objetivas son diferentes y, pese a sus problemas, la economía no se encuentra al borde del colapso. Pero existe un extravío en el gobierno que evoca a aquellos días que, unido a su inveterada capacidad de generar problemas artificiales, hacen sospechar sobre la capacidad de Cristina y de su gabinete para garantizar una transición ordenada hacia el próximo período constitucional.