“Aquel aire privilegiado”

Por Víctor Ramés
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Cosquín última“Es una tarde del otoño, esas tardes tibias y alegres en que el sol brilla incomparable e ilumina con toda la precisión el detallado perfil. El gran lago de San Roque se presenta todo entero como un grande espejo, reflejando las montañas que lo circundan”. El hombre que mira el paisaje desde la cumbre de Rodeo del Molle, en las Sierras Chicas, hace con la imaginación un recorrido que ha hecho cientos de veces a lomo de mula. A Juan Bialet Massé no le disgustaría montar de vuelta por esos agrestes senderos, pero escribe: “si vamos a paso de mula, cada diez metros, a un lado y otro, la belleza del paisaje nos va a tentar y a detener”. Tiene 58 años, le quedan tres de vida, y no se detiene a decir que ha sido constructor de esa inmensa obra que mira desde el cerro: el Dique San Roque. El nombre de este médico, abogado y agrónomo catalán, pronto quedará del todo amalgamado en el paisaje que describe con una sonrisa, cuando apenas siete años más tarde se funde Bialet Massé, localidad cuyo origen será la fábrica de cales y cementos creada por él en 1884. Ese hombre que describe con cariño el paisaje de las sierras, es historia que camina. Dejemos que su crónica nos siga deleitando.
“La Sierra Grande con los picos de Achala le sirven de telón de fondo y entre ambos las grandes hondonadas de San Antonio y San Luis circunscriben a Tanti, ayer una estancia, hoy un cordón no interrumpido de quintas y chalets a lo largo del arroyo de las Mojarras, al norte las Manzanas y San José, y más arriba San Francisco, rodean a Cosquín, la antigua aldea de ranchos, convertida en una villa de hermosas casas; con un sanatorio al sur, en Santa María, y a lo largo del río las alamedas, las quintas, los alfalfares, todo ríe y alegra”.
Al detenerse con mirada de médico en la mención del sanatorio, Bialet Massé entra de lleno en la identidad histórica de la región, vinculada a un mal tan de la época que merecería la novela El amor en tiempos de la tisis, que, como el cólera, no ha desaparecido. Dice Bialet: “En esta región privilegiada los tuberculosos encuentran la salud cuando ellos no han perdido los pulmones, porque estos no los puede dar el clima.” El último comentario conecta, de paso, con la anécdota de Anatole France en la gruta milagrosa de Lourdes, que cuentan Borges y Bioy en Cuentos breves y extraordinarios: “al ver en la gruta amontonada muletas y anteojos, France preguntó:
-¿Cómo? ¿Y no hay piernas artificiales?”
Retomando la crónica, Bialet Massé resume taxativamente las propiedades de ese clima benéfico: “El ozono condensado del invierno todo lo quema, no hay microbio que resista y que no se acabe.” La fama del saludable aire serrano fue tal que “atravesó el continente, llegó a Boston, y su universidad mandó a estudiar las alturas curativas de la América del Sur, a uno de los hombres más sabios que han pisado la República Argentina, médico, naturalista, químico, geógrafo, todo lo que puede saber un sabio lo tenía en su hermosa cabeza el doctor Amán Rawson.”
En apuntes que guardaba su hijo el Dr. Guillermo Rawson, Bialet vio delimitada la curativa región, “marcadas con líneas rojas las zonas que van siguiendo el faldeo oriental desde San Roque a la Cañada; desde las carreras de Punpún, por San Marcos y Soto a la Serrezuela, y siguiendo los faldeos orientales de la Sierra Grande, irse a concluir en el valle de Renca de San Luis, donde cualquiera tiene ochenta años y todavía no le vienen ganas de morir.”
Dejaremos a Bialet Massé cerrar la nota, porque su crónica trae mérito suficiente:
“Ese gran hospital natural está hoy casi perdido. Ni se sabe aprovechar, porque se busca en verano lo que se tiene en invierno, ozono que quema, sol que vivifica y días apacibles, y mano alevosa lo hizo aparecer como antro que mata a los sanos. El caso es digno de conocerse. Un reporter llega a un hotel, al cabo de unos días se despide, la dueña le pasa la cuenta, “¡Cómo! ¿A mí pasarme la cuenta?”, exclama. “¿Y por qué no? Como a otro cualquiera”. La cuenta fue pagada, pero a los tres días el diario decía horrores de Cosquín; la prensa de toda la República lo reprodujo y Cosquín murió por las manos alevosas de un reporter logrero.
“Digo mal, no ha muerto, ha quedado dormido por algún tiempo, porque lo bueno se impone y Cosquín se impondrá al fin de cuentas; entre tanto es curioso ver a los pasajeros del tren taparse la nariz al pasar por aquel aire privilegiado.
“A pesar de todo, el valle vive y progresa. En el verano se llena de gentes que buscan solaz y aire tónico; en el invierno todos se ocupan de criar gallinas, pavos y cuidar frutales para cuando vengan los porteños. Pero no en busca de mejores jornales”.