Hiroo Onoda y los intelectuales K

Onoda_manila_MPor Gonzalo Neidal

Hace pocos días murió Hiroo Onoda. Se trata de un oficial japonés de la Segunda Guerra Mundial que fue destinado a la isla de Lubang en Filipinas en 1944, ante la inminencia de un desembarco norteamericano. Llegado allá, debía ponerse al frente de un grupo de soldados para hacer guerra de guerrillas, destruir las pistas de aterrizaje y hostigar al enemigo.
Él y sus compañeros fueron repelidos y debieron refugiarse en las montañas. Todos ellos tenían orden de no rendirse jamás y de suicidarse en caso de caer prisioneros. A los pocos meses de iniciada la misión, la guerra terminó. Pero Onoda y un puñado de sus camaradas pensaron que la noticia, que les llegó a través de volantes arrojados desde aviones, era una treta de sus enemigos, que procuraban su rendición.
Pasaron los años y los soldados continuaron cumpliendo su misión: quemaban el arroz colectado por los campesinos, atacaban a la policía, mataban a los pobladores. Recién en 1974, 29 años después de la finalización de la contienda mundial, un estudiante japonés encontró a Onoda, único sobreviviente del grupo original. El oficial se negó a aceptar como verdaderos los informes que daban cuenta de que hacía casi treinta años que la guerra había terminado. Pidió que su superior de aquellos años se hiciera presente y le diera nuevas instrucciones. Así se hizo y Onoda regresó al Japón donde recibió homenajes y reconocimientos por su valor y disciplina militar.

La versión local
En la Argentina, no en la selva sino en las más modernas urbes, tenemos también a nuestros combatientes que se niegan a tomar nota de la existencia del cambio de algunas realidades.
La comparación entre Onoda y los intelectuales K no demanda un exceso de imaginación. Son de naturaleza similar aunque la versión local carezca de los ribetes pintorescos de la que se desarrolló en escenario filipino. Nuestros intelectuales no han tomado nota del final de la caída del Muro de Berlín y sus consecuencias inmediatas: la terminación de la Guerra Fría y la desaparición del segundo mundo (el mundo socialista).
Hace casi un cuarto de siglo que todo esto ha ocurrido pero nuestros intelectuales de izquierda se hacen los distraídos. Al menos Onoda pagó con duros padecimientos su tozudez: debió vivir en condiciones sumamente precarias en la selva, durmiendo muchas veces a la intemperie, alimentándose de frutos silvestres y raíces, cuando no de alimañas y animales salvajes. Los nuestros, en cambio, se mantienen a distancia de tan incómoda odisea. Ellos han elegido el empleo público, un abrigo mucho más confortable y seguro que el inapropiado trajín de Onoda. Mejor aún: han hecho un mérito de su falta de información y consiguen público que escucha embelesado sus cuentos y leyendas sobre socialismo, luchas obreras, revoluciones sangrientas y otras aventuras cuyos resultados, que están a la vista de cualquiera, son cuidadosamente ocultados por nuestros modernos trovadores.
Nuestros samurais vernáculos han logrado algo que el japonés Onoda no consiguió: transformarse en profesionales de la distracción. Viven de eso. Ni se preocupan por enterarse si la guerra de la que ellos participaban (la inmensa mayoría, fuera de las trincheras y lejos de las balas) ha terminado o continúa. Si llegan a intuir que las hostilidades han cesado, lejos de interesarse por estudiar el fenómeno y tratar de dar una explicación al fracaso de sus presunciones, teorías, conjeturas y puntos de vista, silencian el hecho, no lo incluyen en sus análisis y siguen para adelante como si nada hubiera pasado.
Al igual que Onoda, consideran que la información sobre la estrepitosa derrota de su bando es apenas una publicidad de los enemigos, que no tiene ningún asidero en la realidad. Miran para otro lado y se internan en los mullidos sillones de sus oficinas, encienden el aire acondicionado, toman el celular y conversan largo, con algún amigo, acerca de la inminencia del derrumbe del sistema capitalista mundial.
¡Para qué meterse a revisar las ideas sostenidas a lo largo de toda una vida! No hay tarea más incómoda que uno pueda imaginar. Si uno mueve una sola pieza de la monolítica estructura, todo se derrumba. A menos que… nos pongamos en la ominosa tarea de revisar todo. Y cuando uno dice todo, es todo. Desde las ideas que parecían más sólidas y monolíticas. Desde los supuestos e hipótesis más indiscutibles.
Porque aquello que se daba por seguro –como el triunfo de Japón en el caso de Onoda- no ha ocurrido ni va a suceder en el futuro que podemos vislumbrar desde este momento. El socialismo, ese paraíso incomparable donde la enajenación del trabajo capitalista quedaba suprimida y todos podríamos liberar nuestra fuerza creadora y volcarlos al arte y a la creación, ha resultado un completo fiasco que liquidó las libertades más elementales, asesinó a millones y, además, resultó ineficaz al momento de producir bienes. El sueño resultó una verdadera pesadilla de la cual el mundo todo está saliendo y sólo quedan a la vista, con la utilidad que tienen los ejemplos para escarmentar, la escuálida Cuba y la horrorosa Corea del Norte.

El atajo populista
Claro que muchos intelectuales sienten que se han remozado con solo descender, al menos en teoría, un par de escalones en sus pretensiones. El socialismo tal cual se lo concibió y se lo pensaba en la posguerra –dicen ahora- ya no es posible. Hoy hay que pensar en otros modos, otras propuestas, otras formas. Y se vuelcan al populismo. Se montaron en la burbuja ideológica creada por el crecimiento de China y el consiguiente aumento de los precios de las materias primas y alimentos. Los formidables ingresos suplementarios les permitieron construir un discurso populista según el cual la prosperidad que se vivía era consecuencia del “modelo” y no del cuantioso derrame de dólares provenientes de los beneficios del mundo global.
Pero ahora está llegando, también para esta versión light del socialismo, la hora de la verdad. Ahí está Venezuela, donde el populismo ha alcanzado su nivel de excelencia. Y está también Argentina, nuestro país, donde los problemas están llegando a ritmo acelerado, según preanunciaron decenas de políticos, economistas, sociólogos y analistas durante los últimos años.
Ya las evidencias de que se ha perdido la batalla resultan evidentes para quien quiera leerlas y tenga la mente amplia como para comprender que las cosas no han salido como se pensaba hace cuarenta o cincuenta años. El mundo ha ido para otro lado. Se podrán discutir los motivos y razones por las que esto ha ocurrido. Pero está claro que las presunciones sobre las excelencias de un estado omnipotente, que organizaba la vida de los ciudadanos hasta en el más mínimo detalle y acortaba los ciclos históricos sacando a los pobres de su trágica condición, han resultado erróneas. Más bien, ha ocurrido al revés: es la economía de mercado la que va sumando éxitos en la batalla contra la pobreza.
Como Onoda, nuestros intelectuales prefieren ignorar la realidad y pensar que todo sigue como antes. Onoda pidió que fuera su antiguo general quien le ordenara que cesara en su lucha extemporánea. Muchos de nuestros intelectuales tuvieron la ocasión de escuchar por boca de su propio general, una orden similar. Pero la desoyeron. Y ahora deambulan como una patrulla perdida, anunciando éxitos que –todos sabemos- nunca llegarán.