De Marx y Keynes a la importación de tomates

 Por Gonzalo Neidal

ilustra tomatina con capitanich[dc]C[/dc]uando se transita un camino en cuyo transcurso se ignoran empecinadamente las señales que la realidad nos va arrojando a la cara, es inevitable que más tarde o más temprano lleguemos a un lugar denominado   grotesco. Esto es lo que le está pasando al gobierno en estos momentos.

Nos referimos a los dos hechos económicos que más han repercutido durante la semana: la comedia de enredos referida al Impuesto a los Bienes Personales y la importación de tomates desde Brasil.

Ricos inventados por la inflación

Durante la convertibilidad, por muchos años, el impuesto a los Bienes Personales tenía un mínimo de 102.000 pesos. A valores de hoy equivaldría a un millón de pesos, aproximadamente. Sólo pagaban ese impuesto los que superaban esa cifra. Y lo hacían por el monto remanente a ese importe. Por ejemplo, los que tenían bienes personales por 150.000 pesos pagaban sólo por el excedente de 102.000.

El estallido de la convertibilidad, primero y la inflación, después, destrozaron el mínimo. En 2007 el gobierno lo aumentó a 300.000 pesos pero con un cambio sustancial. Quienes superaban el monto –ya módico desde su implementación- pagan por el total de sus activos personales. Eso hizo que el impuesto llamado “a la riqueza” incluyera a numerosos contribuyentes de clase media que estaban muy lejos de ostentar activos abundantes. La inflación también hizo que los contribuyentes que ya pagaban aumentaran su nivel de tributación pues el mínimo ya no representa sino una cifra muy pequeña en relación con el sentido y  la intención originaria de este tributo.

No satisfecho con ello, hace algunos días el gobierno (a través del titular de la AFIP) hizo conocer su intención de aumentar las valuaciones de los inmuebles, lo que significaría no sólo la potenciación del impuesto para todos los que ya afrontan el tributo sino también la inclusión de miles de nuevos contribuyentes.

El anuncio de Echegaray contó con el respaldo del Jefe de Gabinete, luego la vino publicación de la noticia en la página de Casa de Gobierno y finalmente llegó desmentida del ministro de economía Axel Kicillof, en nombre de la Presidenta de la Nación. Resultado: un mamarracho. La Armada Brancaleone en acción.

Con hechos como éste, el gobierno da la sensación de ir a la deriva. Un día opina en una dirección y el día siguiente en la dirección contraria. Un funcionario jerarquizado dice una cosa y otro, menos importante, lo desmiente aunque lo hace en nombre de la autoridad máxima, la presidenta de la Nación.

La prensa oficialista no sabe qué hacer. Primero se suma al apoyo del aumento en el impuesto pero luego, al día siguiente, tener que rectificarse porque la propia presidenta desautorizó el anuncio.

Estos titubeos en temas importantes van creando una sensación de inseguridad jurídica además de la convicción creciente de que el gobierno no sabe qué hacer o bien que carece de una conducción centralizada o bien que existen importantes disputas en la cúspide del poder que se dirimen a través de los diarios, en forma pública.

El Jefe de Gabinete, personaje que hace un par de semanas se comía los chicos crudos y pensaba en una postulación presidencial, ha salido desairado de todo este trajín. Ejerce la sanata (verba inconducente y estéril) cada día. Por la mañana temprano habla largo y tendido, sin decir nada importante y por la tarde es desmentido sin que su sentido de la dignidad se vea afectado. La percepción de que la economía está en manos inexpertas y dubitativas, crece con el paso de las horas.

Del tomate

El dólar sigue ascendiendo y ya roza los 11 pesos. La producción automotriz cayó el 26% en diciembre, comparada con el mismo mes del año anterior. La recaudación tributaria de 2013 fue menor que la del año anterior, si tenemos en cuenta la inflación real. Una parte de la Capital y el Gran Buenos Aires, principalmente, tienen problemas en la provisión de energía, hace una semana vecinos cortaron calles y quemaron cubiertas en decenas de esquinas de Buenos Aires. Pero nada de esto parece preocupar al gobierno.

La presidenta, sin embargo, muestra interés por el tomate. ¿Será que ha llegado la hora de la “sintonía fina”, de la preocupación por los detalles? Lo cierto es que la inquietud presidencial, expresada en una orden de importar tomates desde Brasil, no podía ser menos oportuna. Se sabe que la temporada estival es abundante en esa hortaliza, que hoy se ofrece a 10 pesos el kilo en cualquier lugar. Un precio bajísimo, a tenor de lo que ocurre con el resto de las verduras y hortalizas y con las frutas. Con ese precio, el productor ha de estar recibiendo tres o cuatro pesos por kilo, cifra muy módica.

Fue tan ridícula la decisión presidencial que resultaba gracioso ver a la prensa oficialista esforzándose por darle alguna racionalidad. Entrevistaban a verduleros pero no encontraban la forma de tomar la información desde un ángulo favorable a la decisión del gobierno. Todos los verduleros decían lo mismo: “el tomate está baratísimo”.

Es muy razonable que la presidenta no concurra a la verdulería, al mercadito o al supermercado. Importantes razones de estado han de impedírselo. Pero uno no entiende cómo funciona el poder en este momento. ¿Acaso ningún asesor pudo hacerle notar el error de enfoque y de valoración en que estaba incurriendo?  ¿No hay nadie que se anime a decirle: “no presidenta; usted está equivocada”? ¿Siempre ha de ser la prensa llamada opositora la que se ocupe de los errores presidenciales?

El ministro de economía, tan lector de los textos de Marx y de Lord Keynes, ¿no cuenta con crédito suficiente para hacerle notar a la presidenta que se trataba de una burrada fuera de toda lógica?

Finalmente, primó la cordura y se ha anunciado la cancelación de la orden de importar tomates desde Brasil. Pero se añadió otra cuota de chapucería a la conducción de la economía. A esta altura ya resulta claro que, desde que se tenga memoria, nunca la economía ha estado en manos tan poco hábiles, tan frágiles y vacilantes como ahora.

Tantas dudas, idas y venidas, siempre son un signo inequívoco de un ciclo que termina y no acierta a tomar un  rumbo. Ello ocurre porque advierte, con acertada percepción, que ninguno de los caminos que tiene para elegir lleva a buen destino.