Apogeo del Corso de 1904

Por Víctor Ramés
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carnavalAl anónimo periodista de La Patria lo han enviado a cubrir el corso del Centro, que recorría las calles San Martín, Catamarca, Rivadavia y Constitución. Escribe: “una ráfaga de alegría, como si repentinamente se hubiera desencadenado una recia tempestad de locura, se produjo en la tarde del día domingo, cuando a las cinco las bombas anunciaron que el corso podía iniciarse desde ese momento”. A partir de ahí “comenzaron a afluir las comparsas y los carruajes lujosamente ataviados, dando principio a la animación general”. Una hora más tarde, “la fiesta estaba en todo su apogeo y un ambiente de suprema alegría flotaba en todo el vasto campo de la lucha. Un entusiasmo desbordante se dibujaba en todos los semblantes y conmovía todos los espíritus, ejerciendo una atracción irresistible sobre las masas de curiosos apiñadas en todo el trayecto de diez cuadras recorrido por el corso. Una vez iniciado el desfile, la afluencia de coches siguió creciendo hasta el extremo de que en ciertas partes se hacía imposible atravesar de una vereda a otra, pues las hileras de carruajes que a ambos costados de las calles se sucedían si solución de continuidad, no dejaban claro aprovechable, presentando un soberbio y encantador golpe de vista que hacía el espectáculo verdaderamente interesante.”
A medida que transcurre el relato del cronista, además de “ver” a través de él detalles vivos del corso, percibimos tal empatía con el fenómeno que reseña, que el lector contemporáneo podría tranquilamente juzgar que la acción tenía lugar en Niza, Venecia o Nueva Orleans. Esto se acentúa en la siguiente enumeración de escenas: “Todo allí era halagador y digno de admiración. Grupos de máscaras, comparsas que recorrían las calles a pie luciendo lujosos estandartes y banderolas de múltiples colores amenizando sus cabriolas con orquestas perfectamente bien instrumentadas, lujosos carruajes ocupados en gran parte por damas y señoritas de nuestra sociedad más distinguida…” Desde allí, sospechamos que el cronista acude a anotaciones hechas “in situ”, ya que su descripción prosigue en tiempo presente: “Grupos de jóvenes alegres que ya a pie o apilados sobre coches de alquiler hacen crujir los elásticos con el peso que gravita sobre ellos, gritan y vociferan con alegrías desbordantes y ruidosas; cornetas, pitos, flautas y timbales resonando de distancia en distancia; máscaras cuya originalidad demuestra que ha sido puesta a contribución toda la inventiva humana para sentir el efecto deseado en los espectadores; pilluelos disfrazados que corren de aquí para allá y se escurren por dentro de las ruedas de los coches para recoger un ramo de flores o una serpentina escapada involuntariamente de la mano que la arrojó. (…) Más allá una lluvia de flores y vistosas serpentinas son arrojadas por pulidas o toscas manos según el caso, sobre algún grupo o coche que se disputa la hegemonía entre sus millares de competidores; (…) ruidos de campanillas y cencerros, el acompasado pero monótono y ensordecedor ruido producido por los candombes que ya debían ser relegados al olvido. Unos corren, otros brincan, carros y carrozas repletos de enmascarados y enmascaradas que prodiga sus bromas a diestra y siniestra, saludando a éste y burlándose de aquél; los gritos y la algazara, en fin, que se suceden sin interrupción, y sólo se da tregua a las 8 de la noche para reanudarse una hora después con el mismo entusiasmo.”
El rico párrafo nos permite imaginar que el ritmo de candombe, o acaso de murga, estaba presente, lo que confirma su vida intermitente, carnavalesca y declinante en la Argentina. Al cronista, por lo menos, le suena un tanto obsoleto.
Estar situados reúne el encanto de sentir el latido íntimo del propio espacio urbano, con el peligro de caer en el culto localista. Puestos a hacer hipótesis, podría uno suponer que algunos cronistas de los diarios del novecientos contaban con una buena reserva de expresión para gastar en sus crónicas, aun cuando el entorno cultural fuese más bien de medio pelo. Debido a esa circunstancia –siempre hipotéticamente-, derrocharían entonces sus dones en traducir vistosas escenas provincianas a una escala extraordinaria. Lo harían tal vez porque deseaban dar ánimo a sus conciudadanos; o para ejercitar al máximo su capacidad narrativa. O quizás debamos creer que el cronista de La Patria se hubiese dejado arrobar por lo que ocurría a su alrededor, embriagado de masivos estímulos sociales, visuales y sonoros, en cuyo caso, quienes no pudimos asistir tendríamos que abandonar toda hipótesis, y aceptar el corso de 1904 como una cima de cultura cordobesa.