Ciudad sin ley

Por Daniel V. González

Barrio_Libertador_San_Martin_3_Cordoba_04122013_Andam_ddc_28410La policía dejó de hacer su trabajo y la ciudad fue un caos.
Acumulaban reclamos y negociaciones con el gobierno provincial y no obtenían respuesta. Decidieron acuartelarse, es decir, no salir a trabajar.
Algo falló en la percepción política del gobierno provincial. Es evidente.
Ni el gobernador ni el jefe de gabinete captaron la magnitud del problema. Pusieron su atención, únicamente, en la negociación con la policía. Ni se les ocurrió la posibilidad de un estallido delincuencial como el que vivimos.
En algún sentido, al gobierno se le escapó la tortuga. Estuvo carente de timing. Luego, De la Sota rectificó en el aire: en Panamá decidió regresar a Córdoba, sin completar su viaje a Colombia. Pero ya la situación se había desbocado y Córdoba había sido presa del caos y el vandalismo.

Saqueos y militancia
Hasta cierto punto era inevitable que Nación y Provincia se echaran recíprocamente las culpas. Córdoba, reclamando por la mora nacional en el envío de los gendarmes. Este punto es débil. Sobre todo si la ministra de seguridad, Alejandra Monteoliva, la noche fatídica negaba la necesidad de la presencia de gendarmería. Quizá tenía instrucciones para desdeñar ese aporte. Quizá la provincia temió aparecer como “salvada” por la Nación. Lo cierto es que fue un claro error.
¿Hubo militancia política en los desmanes y robos? ¿Fue motorizado por militantes del gobierno nacional para complicar al gobernador De la Sota? Más allá de algunos aportes marginales en ese sentido, que no nos constan, es de temer que todo haya sido peor que eso: que los robos hayan tenido mucho de espontaneidad. La ausencia de policías fue el elemento convocante decisivo. La formación de una pequeña banda para robar –armada o no- demanda pocos minutos, un par de llamadas por celular y dos o tres motocicletas.

Dispuestos a robar
Lo verdaderamente grave y atemorizante con vistas al futuro es que en Córdoba (y seguramente en todas las grandes ciudades del país) existen cientos y miles de personas dispuestas a sumarse a un robo vandálico, a condición de tener ciertas garantías de no ser reprimidos ni detenidos. Gente que no se dedica al robo en forma permanente pero que, ante los desmanes generalizados, está dispuesta a plegarse para llevar a su casa lo que fuere: un LCD, un aire acondicionado, algunas botellas de cerveza o lo que pueda manotearse en medio del caos.
Las cámaras mostraban a centenares de adolescentes, los más activos, cargando mercadería en los supermercados pero también robando ropa de marca en negocios de Nueva Córdoba, celulares, zapatillas, motos… lo que fuere. Vándalos en motocicleta asaltando a automovilistas y peatones. Intentos en casas de familia. Estaciones de servicios cerradas porque les resultaba imposible evitar los robos a cada momento. Un caos completo e inédito por su extensión y generalización. Vecinos que se juntaban para organizar una defensa de los comercios de la cuadra, algunos de ellos armados con palos o armas de fuego.

Hambre de violencia
No ha sido, claro está, un estallido provocado por el hambre. Ni una rebelión social en rechazo a la injusticia, la postergación o en reclamo de derechos conculcados. Ha sido algo mucho peor: el vandalismo envuelto, probablemente, de resentimiento. La destrucción de comercios para la satisfacción inmediata. La depredación ante la certeza de la impunidad.
Esto nos hace pensar lo difícil que sería vivir sin policías. Lo imposible que se nos haría vivir sin represión. Al parecer, lo único que contiene a los vándalos es la existencia de punición, no la conciencia culturalmente adquirida, acerca de la prohibición o la improcedencia del robo y la destrucción.
Ahora tenemos claro que, si no hay policías, estamos a merced de asaltos violentos.

Otra banda
La mezquindad y la vocación de banda con que actúa el gobierno nacional son, sencillamente, despreciables. Todo lo que hace es para potenciar y conservar su poder. No repara en ninguna otra consideración. Al resto, que lo parta un rayo. Las declaraciones de ayer de Jorge Capitanich en su conferencia de prensa matutina han sido de una mezquindad descomunal, lindando con lo canallesco. Toda su preocupación consistió en responsabilizar al gobierno de Córdoba por los hechos y negar toda vinculación del gobierno nacional. Eso fue todo. Ninguna otra consideración ni ofrecimiento de ayuda. Ésta llegó a destiempo, por la tarde de ayer, cuando ya todo estaba solucionado y los policías volvían a su trabajo.
El retroceso institucional al que hemos llegado es apabullante. Los robos, asaltos y desmanes, para el gobierno nacional, carecen toda otra dimensión que no sea la de evitar la propia responsabilidad. Nada importa como no sea sacarse de encima cualquier contacto con hechos que puedan debilitar el poder. El todos contra todos que se da en las calles parece un pálido reflejo de lo que se vive en las cúspides del poder, donde también se actúa con espíritu de bandas que sólo procuran capturar o conservar para sí la propiedad de espacios de poder.

Desolación
Ayer, toda la ciudad ofrecía un panorama desolador. Incluso en los barrios, los comercios estaban cerrados o atendían a través de las rejas en puertas y ventanas. El centro de la ciudad tenía el aspecto de un feriado especial, de esos que abaten todo movimiento, como el 1º de Mayo o Navidad. Todo cerrado. Calles sin autos, veredas sin peatones.
Finalmente, hacia el mediodía, llegó la solución. El gobierno, que se mostraba originariamente muy duro, aflojó en todos los puntos y ofreció un aumento salarial, que se había anunciado como imposible y que ahora puso a Córdoba en la cúspide de los sueldos a policías en todo el país. Eufórico, el gobernador comunicó la buena nueva y pidió a la Nación que no envíe a los gendarmes pues ya no los necesitábamos.
Todo vuelve a la normalidad. Salvo en nuestras cabezas. Allí ronda la certeza de que los ladrones y vándalos son más de los que pensábamos, que están agazapados esperando su oportunidad para recordarnos que, en algunos aspectos, 30 años de democracia significan muy poco.
O nada.