La inflación y el narcotráfico esperan a Cristina; hoy reasume

Por Pablo Esteban Dávila

p02-1[dc]F[/dc]inalmente, hoy retornará a sus funciones la presidente Cristina Fernández. Es un regreso en cuotas, sin intereses. Una semana atrás todos los medios del país daban por hecho que volvería a la actividad cuando se cumplieran los treinta días de reposo obligatorio prescriptos por sus médicos. Pero una nueva recomendación hizo que la jefa de Estado tuviera que permanecer siete días más alejada de sus funciones, pese a que desde la propia Casa Rosada se había alentado la versión de su regreso. Todo indica que ahora la veremos nuevamente al frente de los asuntos del país.
No será, precisamente, un regreso con gloria. Desde su alejamiento temporal no han dejado de sucederse las malas nuevas para su gobierno. Dejando de lado la previsible derrota en las elecciones legislativas (un hecho que se daba por descartado y que, en rigor de verdad, no alcanzó la magnitud de la debacle de 2009) hay dos temas que se han tornado altamente preocupantes: la economía y el narcotráfico. Ambas cuestiones la esperan con sus dientes afilados; a diferencia de otras oportunidades, esta vez la realidad no tendrá contemplaciones para con ella.
La economía pasa por un momento delicado. Si bien los indicadores macroeconómicos son mejores que los del año pasado (habrá un crecimiento del PBI modesto y ciertas industrias muestran un impulso razonable), existen muchos números que se encuentran en estado crítico. La inflación es uno de ellos. Los precios no dejan de crecer –este año cerrarán con una suba general de entre 26 y 28%– y no se advierte que nadie en el gabinete económico considere que éste es un problema digno de tal nombre. Las pocas iniciativas que se conocieron sobre el particular han sido ineficaces y cayeron rápidamente en el ridículo, tales como el plan “Mirar para cuidar” y las risibles autorizaciones que el inefable Guillermo Moreno suele conceder a los empresarios que le suplican por actualizaciones en los valores de venta de sus productos.
La falta de explicaciones oficiales sobre la inflación se debe, por encima de cualquier otra consideración, a un prejuicio ideológico digno de la psicoterapia. Para Axel Kiciloff, la inflación se debe a la insaciable voracidad del mundo empresario antes que a cuestiones estructurales de la economía, en tanto que para Moreno se trata sólo de un asunto volitivo, en donde bastan un par de gritos y amenazas para que las variables no se desmadren. Lo endeble de tales concepciones absuelve el análisis de cualquier consideración sobre ellas. Mal que les pese –a ellos y a muchos economistas autodenominados “keynesianos” (para horror de Keynes)– la inflación es, básicamente, un fenómeno monetario. Si el Banco Central emite más pesos, pues los precios subirán tarde o temprano. El consenso académico sobre esta correlación es prácticamente general, excepto en la Argentina, en donde se la equipara con el maldito entendimiento “neoliberal” de la economía.
Se explica que el populismo deteste que se le recuerden las consecuencias inflacionarias de la emisión monetaria. Para sus cultores, el Estado es el actor central de la economía, el que distribuye los premios y castigos conforme a los votos obtenidos por sus conductores. En un régimen populista, el gasto público es central. Como a menudo no alcanzan los impuestos para financiarlo, se recurre a la maquinita de imprimir billetes para continuar dispensando subsidios y empleos improductivos. El populismo es básicamente inflacionario, porque desalienta la inversión y obliga al gobierno a emitir. No es casualidad que Venezuela y Argentina tengan los índices de inflación más elevados del mundo. Si el otro gran populismo latinoamericano –Ecuador– no los tiene es porque su presidente Rafael Correa ha mantenido el dólar estadounidense como moneda local.
Las consecuencias de aceptar un enfoque monetarista del problema son muy prácticas. Para terminar con la inflación hay que dejar de emitir moneda espuria y, para ello, se debe gastar menos. Eso es todo. Pero aceptar esto supone un ajuste macroeconómico, algo que está prohibido siquiera mencionar en el manual de estilo kirchnerista. Como ningún funcionario se anima siquiera a mencionar esta posibilidad, no sólo la inflación se mantiene muy elevada, sino que también se pierden reservas del Banco Central pese al cepo cambiario. La presidente debe, por lo tanto, decidir si enfrenta de una vez por todas la inflación o si continuará haciendo la plancha en un tema que ya produce signos de malestar social.
Por supuesto, tal decisión tampoco es neutra. Si se propone combatirla, debe pensar en un equipo económico que supere a la versión de cotillón que encabeza Hernán Lorenzino y que lleve adelante un sinceramiento de tarifas de servicios públicos, una poda en los gastos más opinables del Estado y una decidida política de actualización del tipo de cambio. Llevar a cabo tal cosa sería, en buena medida, confesar que mucho de lo hecho hasta el presente ha terminado en un gran fracaso pero, al menos, daría una chance de dejar un recuerdo menos ingrato del final de su segundo mandato. Como corresponde a un estilo tan personalista, son muchas las especulaciones sobre qué hará la presidente con la bolsa de gatos en que se ha convertido el gabinete económico pero nada hay en concreto. Cristina, a diferencia de su marido, no entiende mucho del tema y es más proclive a razonar por clichés que sobre bases científicas. El fin de los superávits gemelos sobre los que tanto se ufanaba Néstor y la entronización de Kiciloff y Moreno –auténticos López Rega de la economía– demuestran lo voluble que es su pensamiento en la materia y lo poco que puede esperarse en orden a acomodar las variables que se encuentran fuera de control.
El narcotráfico es otro de los asuntos que se complicaron exponencialmente durante su ausencia. Al momento de someterse a su intervención quirúrgica, la presidente disfrutaba con los escándalos que sacudían a las provincias opositoras de Córdoba y Santa Fe. Treinta días después, el panorama es muy diferente. Ahora es su propia gestión la que está en la picota y no pasa una semana sin que surjan nuevas críticas sobre el manejo oficial de este flagelo.
Durante su convalecencia, la Iglesia sacó un durísimo comunicado alertando que la Argentina “está corriendo el riesgo de pasar a una situación de difícil retorno (y que) si la dirigencia política y social no toma medidas urgentes costará mucho tiempo y mucha sangre erradicar estas mafias que han ido ganando cada vez más espacio”. Pocos días después, la Corte Suprema hizo suyos los lamentos de la justicia federal de Salta y Tucumán sobre la falta de medios para controlar eficazmente la frontera norte del país, reclamando al gobierno una serie de acciones que, en rigor, forman parte del más elemental sentido común de la lucha anti drogas. Podría pensarse que de sólo seguir estas recomendaciones el gobierno podría exhibir una agenda que hoy no tiene frente a este problema tan complejo. Sin embargo, y al igual que en materia económica, Cristina y sus colaboradores tienen insondables prejuicios ideológicos que superar al respecto.
Para los setentistas que ocupan la Casa Rosada y para los treintañeros que los secundan tan festiva como irresponsablemente, el consumo de drogas tiene que ver con la libertad antes que con la represión. El flower power los marcó irremediablemente, y el supremo Eugenio Zaffaroni es su inspirador respecto a la descriminalización de la tenencia de estupefacientes para uso personal. En consecuencia, exhiben un verdadero laberinto conceptual sobre dónde empieza y dónde termina la lucha contra el narcotráfico. Aunque parecen estar de acuerdo en perseguir a los productores y traficantes, no tienen la misma convicción en lo que hace a la venta al menudeo porque esto significa, lamentable pero necesariamente, trabar un combate con sectores pauperizados de la población, un colectivo en nombre del cual han consagrado su gobierno. Esta contradicción ha llevado a la Nación a la parálisis, un estado de sopor del que cada vez más sectores sociales reclaman que abandone.
En este punto Cristina debe tomar decisiones, simplemente porque no hacerlo le generará irreparables perjuicios políticos.

Basta con observar sólo como ha mudado el humor de la opinión pública respecto a los presuntos narcopolicías cordobeses y al “narcosocialismo” santafecino. De ser sospechadas de connivencia con el narcotráfico, ambas provincias son percibidas ahora como víctimas de la inacción federal. Más allá de si sus respectivas fuerzas policiales se encuentran permeadas por el fenómeno narco, es indudable que las redes provinciales son abastecidas por un sistema logístico que se encuentra fuera de sus límites y de las fronteras argentinas. Ni Antonio Bonfatti ni José Manuel de la Sota tienen posibilidades de lidiar con las implicancias interjurisdiccionales de esta lucha, un argumento que están utilizando para golpear al gobierno nacional en uno de sus flancos más dolorosos.

Sin duda, el retorno de Cristina es un hecho necesario dentro de una estructura de poder tan radial como el que supo montar el kirchnerismo. Nada funciona sin que el líder se encuentre en el centro de la escena. Pero que ocupe nuevamente este sitial no significa que haya madurado nuevas ideas sobre cómo enfrentar los desafíos que le presentan la economía y el narcotráfico. Desde el comienzo de su segundo mandato, la presidente ha sido audaz en decidir medidas retrógradas (por ejemplo, estatizaciones y avances sobre las libertades constitucionales), pero sumamente conservadora para adoptar las que realmente se necesitan para abordar los temas que realmente preocupan a la sociedad. Podría especularse sobre que su transitorio alejamiento del poder le hubiera proporcionado una perspectiva más fresca sobre el futuro del país, pero las pruebas acumuladas durante todo estos años demuestran que las crisis, lejos de promover la reflexión oficialista, tienen el efecto de profundizar sus taras y obcecaciones.
La verdad sea dicha: a partir de hoy la realidad no le extenderá a Cristina una prescripción de reposo como la que sí le dieron sus médicos. Ignorarla no será un buen remedio; a diferencia de las cuestiones clínicas, alejarse de ella más tiempo sólo podría agravar su creciente estado de debilidad política.