Pedro también era El Contra

Por J.C. Maraddón
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ilustra el contraNuestro comportamiento como sociedad es sesudamente estudiado en las universidades por expertos que se han quemado las pestañas formándose para estos menesteres. Sin embargo, la mayoría de esas investigaciones solo están disponibles en los ámbitos académicos y, aunque trascendieran hacia fuera, es difícil que lleguen a ser comprensibles para todos por el lenguaje científico que utilizan.
Por eso, esa función de mostrarnos cómo somos y cómo nos conducimos en nuestra vida cotidiana queda muchas veces librada a otro tipo de profesionales, que quizá pueden carecer de la formación pertinente para esa tarea, pero que disponen de una intuición a toda prueba. O una sensibilidad especial. O estudios de mercado que los orientan hacia necesidades no satisfechas que propulsen la venta de algún producto.
Este último es el caso concreto de la publicidad, que apela a lo que sea con tal de que compremos hasta aquello que jamás hubiésemos imaginado adquirir. Y, en ciertas ocasiones, para lograr ese objetivo nos pone ante un espejo para que nos identifiquemos con ese “otro yo” que se pliega a una moda y pide ante el mostrador determinada marca. Por eso, escuchamos algunos eslóganes que se parecen más a una radiografía social que a la mera enumeración de las ventajas de alguna mercadería, como ocurría antes.
El humor es otro de los espacios en los que solemos vernos reflejados. Y no es que los cómicos hagan sociología barata, sino que forma parte de su metier mofarse de ciertos estereotipos que se basan en actitudes reales de gente que vemos todos los días. De allí sale la materia prima para los gags que nos harán desternillar de risa. Ése es el reservorio donde los humoristas abrevan su inspiración. Y nosotros, como público, aprendemos mediante ese mecanismo que no somos perfectos: que no lo es el prójimo, pero que tampoco esa persona que decimos ser está exenta de cometer errores vecinos al ridículo.
Esa función reflexiva del humorismo ha entronizado en el imaginario popular a personajes que han pasado a la historia, gracias a los actores que los interpretaron y a los guionistas que escribieron sus libretos. Ninguno de esos aciertos hubiese sido posible si no hubiera habido una simbiosis entre la imaginación de su creador y la percepción de los espectadores. Tanto Minguito Tinguitela como el Manosanta, el Gordo Spichicuchi o Pepe Argento encuentran su asidero en seres de carne y hueso que se les parecen. Solo en un proceso así están en condiciones de recibir el baño de la consagración que los hará eternos.
Sin duda, uno de esos emblemas de la forma de ser que nos caracteriza es El Contra, prototipo del negativista que encarnó durante largas temporadas Juan Carlos Calabró, el intérprete que falleció el martes y sobre cuyas mejores personificaciones se desató una espontánea retrospectiva en los medios. En su diálogo imaginario con “Pedro” (que veníamos a ser nosotros), El Contra buscaba complicidad para su perspectiva; y en ese guiño, nos involucraba al señalarnos aspectos de nuestra personalidad que tal vez nos costaba asumir.
El Contra era ante todo un cholulo, aun sin tener muy en claro con qué celebridad estaba hablando. Y su faena consistía en ir minando la paciencia de su invitado, relativizando sus méritos hasta degradarlo sin ningún tipo de escrúpulos. Llegado ese punto, desataba la furia tanto del famoso como del amigo en común que los había presentado, y restablecía el diálogo con su interlocutor invisible (nosotros), para reafirmar sus argumentos y culminar airoso a pesar de su desubicación.
Para quienes asistíamos al sketch desde el living de nuestra casa, no resultaba difícil asociar el discurso del personaje de Calabró con el de alguien que conociéramos; incluyéndonos dentro de este universo de personas a nosotros mismos. En ese nexo que se establecía naturalmente, radicó el éxito de El Contra, un espécimen que ha trascendido al actor que lo encarnó, porque en su simpleza resume el contenido de gruesos volúmenes de psicología social.