El debate sobre el significado de la derrota K

Por Daniel V. González

Horacio Verbitsky, periodista.
Horacio Verbitsky, periodista.

[dc]U[/dc]na batalla casi tan intensa y quizá también tan importante como la que se da en los comicios, donde la sociedad hace un recuento globular de sus fuerzas, humores, esperanzas y rechazos, se da también en el terreno de la interpretación de los resultados.
No es suficiente ganar con los votos ni perder en el escrutinio: es preciso también (y para muchos es más importante) el triunfo en el debate acerca de qué significan los resultados. Una victoria en las urnas puede ser transformada en una derrota tras una lectura de los resultados electorales. Y esto es verdaderamente y legítimamente así. Depende de las expectativas previas a la elección que cada partido haya abrigado, de la comparación con comicios anteriores, de las perspectivas que se abren a partir del resultado obtenido.
La discusión por el significado del resultado electoral no carece de importancia práctica, no se trata de un simple divertimento intelectual sino que puede tener consecuencias materiales de peso. De la percepción que se tenga del resultado de los comicios dependerán las decisiones de aliados políticos, gobernadores, intendentes, punteros políticos barriales, simples militantes partidarios.

El sueño reeleccionista
Desde la oposición ya varias veces se ha pronosticado el inminente fin de ciclo del kirchnerismo. La más significativa de todas ellas fue al momento del conflicto con el campo en 2008 y, más allá, al abrirse las urnas en 2009 y verificarse la derrota del oficialismo, que había llevado a Néstor Kirchner, Daniel Scioli, Sergio Massa como candidatos “testimoniales”. Todos ellos fueron derrotados por Francisco De Narváez en la provincia de Buenos Aires. La suerte K parecía estar echada.
Todo parecía derrumbarse entonces e incluso se habló de un conato de renuncia que finalmente no se verificó. Pero el kirchnerismo recompuso su poder a fuerza de “políticas sociales”, esto es la expansión del gasto público, el abultamiento de los subsidios, la AUH, todo ello sazonado por un discurso (“el relato”), que apeló a la épica e intentó ubicar al gobierno como depositario de un combate liberador que viene desde el fondo de la Historia y entronca las políticas actuales con un impulso que nace en la guerras de la independencia.
Y el gobierno obtuvo así una aplastante victoria en 2011, a la cual no fue ajeno un condimento trágico impensado: la muerte de Néstor Kirchner en 2010, un hecho desafortunado que, sin embargo, sacudió la sensibilidad popular en indudable beneficio para Cristina y su gobierno.
El pronosticado “fin de ciclo”, no llegó. Al revés: el gobierno obtuvo en 2011 más votos que en 2007. Y la oposición estuvo completamente desarticulada e impotente. El horizonte kirchnerista parecía no tener fin. Incluso comenzó a evaluarse, con firmes perspectivas, la posibilidad de una reforma constitucional que permitiera un nuevo período para Cristina Kirchner. Apareció el politólogo Ernesto Laclau apoyando la idea a la par de la diputada Diana Conti, aunque con estilos un poco diferentes.
Pero algo sucedió. Algo parece haber cambiado aunque los intelectuales, funcionarios y amigos del gobierno se empeñen en asegurar que el nivel de adhesión hacia Cristina por parte de los votantes se mantiene intacto y que estos comicios de medio término no son un escenario apto para verificar el grado de apoyo que cuenta la presidenta de la Nación en este momento.

¿Fin de ciclo?
El camino que va de aquel 54% obtenido en 2011 a este magro 33% es el tema en debate. ¿Significa que el gobierno ha perdido el apoyo de un sector del pueblo que antes lo había votado0? Esto es lo que dice la oposición. Lo que afirma el oficialismo es que se trata de comicios completamente distintos a los presidenciales y que, en consecuencia, no resultan comparables. Esto es que no tienen ninguna significación para medir el grado de adhesión hacia Cristina Kirchner pues ella no fue candidata y, además, es sabido que en todos los comicios legislativos el voto tiende a dispersarse lo cual ha hecho que operara la reducción en los votos oficialista.
No se trata de una discusión bizantina, por cierto. Si Cristina mantiene su adhesión, entonces es muy probable que ella podrá elegir a su sucesor, tal cual lo hizo Lula da Silva con Dilma Rouseff, por ejemplo. Ello le garantizaría una cierta tranquilidad por los dos años que le quedan de gobierno pues este poder sucesorio operaría como un fuerte estímulo para evitar la dispersión de una parte de su tropa.
De todos modos, el resultado electoral como antes de él las PASO, significó un gran impacto para los propios kirchneristas que estaban muy lejos de imaginar algo como lo ocurrido. Tanto en las internas del 11 de agosto como las elecciones del domingo pasado. En agosto, por ejemplo, la prensa oficialista hablaba de que los opositores no imaginaban un guarismo inferior al 35% para el gobierno. Y aventuraban un 40% y aún más. Pues bien, el resultado fue muy lejano a esa cifra. Eso significó que rápidamente tuvieran que replegarse hacia explicaciones y argumentaciones con objetivos más modestos.
Uno de ellos es el de asegurar que la caída electoral de los candidatos del gobierno no significan que sea Cristina quien ha perdido apoyo popular. Exhiben encuestas que arrojan un 50% de adhesión a su imagen, a la que consideran buena o muy buena. Pierden los candidatos de Cristina pero ella conserva su poder incólume, tal la visión del oficialismo.
De ahí se deriva la conclusión más importante y decisiva para el gobierno: que Cristina, al conservar apoyo popular masivo, podrá elegir al próximo presidente de los argentinos de entre su más cercano entorno, lo que asegura la continuidad del kirchnerismo. No habrá “fin de ciclo” sencillamente porque el próximo presidente será quien Cristina designe. A esto apuntan todas las argumentaciones de la intelectualidad y el periodismo K.

Otro tiempo, otra mirada
Se nos ocurrió que estos comicios de medio término eran parecidos en algunos aspectos a los de 1997 en los que, tras la exitosa reelección de 1995, Menem recibió un duro castigo electoral.
Fuimos al archivo a mirar cómo analizaron esos comicios los periodistas de Página 12 hoy tan cercanos a la presidenta y tan benévolos al momento de interpretar el resultado de las elecciones del domingo pasado.
En aquel momento el diario hoy oficialista tituló: “El principio del fin de una época: la Alianza derrotó nacionalmente por paliza (sic) al PJ y Graciela Fernández Meijide se quedó con el bastión del oficialismo”, en referencia a la Provincia de Buenos Aires. Uno de los perdedores de la jornada, según el diario, fue Carlos Menem, que era presidente y no participaba de los comicios como candidato. Su situación era calcada a la de la presidenta en los comicios del domingo pasado.
Otro título: “Graciela Fernández Meijide arrasó (sic) en el distrito de Duhalde”.
Más: “Es para Menem que lo mira por TV”.
Para Página 12, aquellos comicios legislativos eran una derrota para el presidente. Vemos que ahora su criterio ha cambiado. En 1997, los resultados en la Provincia de Buenos Aires marcaron una diferencia de 7 puntos a favor de GFM: 48% a 41%, y para Página 12 eso significó que “arrasó”. ¿Cómo habría que calificar a Massa, que obtuvo 12 puntos de ventaja sobre el candidato oficialista?
Veamos ahora la “paliza” nacional. Según las cifras que publica Página 12 los resultados nacionales fueron éstos: Alianza, 36,43%; Partido Justicialista: 36,15%, o sea, 28 centésimos de diferencia. El blog de Andy Towsa indica que, en realidad, el resultado marcó una victoria para el PJ con el 36,36% de los votos contra el 34,55 para la Alianza. La paliza electoral no sólo no existió sino que quien fue dado como perdedor fue el ganador de las elecciones.
Pero lo más interesante de nuestra visita a la hemeroteca ha sido la nota que, al día siguiente de los comicios y como análisis de ellos, publica el hoy ultra kirchnerista Horacio Verbitsky. El título de su columna es: “Golpe mediático”. Y no es un nombre caprichoso. Allí valora de mil maneras la influencia que tuvo la prensa en el resultado electoral. Describe el combate mediático entre Magdalena Ruiz Guiñazú y Chiche Duhalde por el tema de las “manzaneras” de la provincia de Buenos Aires y luego pondera la crítica a Menem realizada por Mariano Grondona, Bartolomé de Vedia y Joaquín Morales Solá desde las páginas de La Nación.
Pero el párrafo con el que cierra su columna Verbitsky, es de antología:
“Sólo resta por desear que una vez recuperado del camarazo y el computadorazo de ayer, el gobierno nacional reflexione sobre su brutal pero necia política de confrontación con la prensa, un sector de la sociedad que no tiene partido político tomado, que no presenta candidatos y que se limita a reflejar en sus artículos y programas el sentimiento de quienes detentan la soberanía: los ciudadanos que cada dos años emiten su voto y, como ayer, deciden”.
Ciertamente una cita para recortar y guardar. Y colgar en un cuadrito.
Como puede verse, los parámetros con que los mismos personajes midieron una y otra elección han cambiado sustancialmente en 15 años. Y ni qué hablar sobre la mirada que tenían acerca del rol de la prensa y los periodistas.

Lo que vendrá
La historia no está escrita. Sólo podemos conjeturar en base a algunos datos que tenemos al alcance de la mano, apoyándonos en nuestra percepción de la realidad y también fundándonos en algunos razonamientos.
No nos parece sencillo que Cristina pueda imponer su propio candidato para los comicios de 2015. No creemos que alguien de su entorno resulte aceptable para el PJ, que está recuperando las riendas del peronismo tras estos años donde la conducción ha sido ejercida por un segmento concentrado, sectario e ideologista que ha marginado de la cúspide del poder a los peronistas más clásicos. Tampoco contaría, creemos, con el respaldo de la sociedad.
Un candidato kirchnerista sería, por ejemplo, Carlos Zannini u otro hombre del riñón K. Eso no parece posible. En segundo lugar, podría elegir a un gobernador que haya hecho suficientes méritos en materia de docilidad hacia el poder kirchnerista, como Capitanich o Urribarri. Tampoco eso parece una variante que pueda conducir al éxito electoral. Queda, entonces, Daniel Scioli, que se ha empeñado en dar fuertes señales de fidelidad hacia el gobierno pero que nunca ha logrado ganarse la confianza de la mesa chica K. Incluso para el grueso de los votantes, Scioli es considerado como alguien diferente a los Kirchner, con ideas propias y con criterios políticos completamente independientes y distantes.
En el ’97, el triunfo de la Alianza prefiguró su victoria de 1999 y el ascenso a la presidencia de Fernando de la Rúa. Luego, ya sabemos cómo siguió todo. Es historia reciente. Esta vez aún faltan dos largos años de gobierno, con tensiones políticas y económicas acumuladas y sobre las que ignoramos cuándo será el momento en que necesariamente llegarán las rectificaciones, que siempre son traumáticas.
La historia está abierta. Pero tenemos la impresión de que marcha en una dirección distinta a la deseada por Cristina Kirchner.