El progresismo, con mirada mordaz

Por Daniel V. González

Progresismo, el octavo pasajero, de Guillermo Raffo y Gustavo Noriega
Progresismo, el octavo pasajero, de Guillermo Raffo y Gustavo Noriega

[dc]E[/dc]n su magnífica Historia de la Economía, John Kenneth Galbraith advierte que “un número considerable de estudiosos, sin distinción de sexos, opina que cualquier esfuerzo afortunado por hacer las ideas animadas, inteligibles e interesantes es síntoma de deficiente preparación”. Hacer un texto entretenido sin infracción a la calidad de las ideas que se intentan comunicar, no siempre es una preocupación del autor. Aún son legión los que pecan del prejuicio señalado por Galbraith: que el decir engorroso es tomado a menudo como una garantía de sabiduría.
Por los sesenta y setenta, los sociólogos profesionales se reían de Don Arturo Jauretche diciendo que ejercía la “para-sociología”, una disciplina carente de jerarquía científica y solidez académica. Pero en libros como El medio pelo en la sociedad argentina y Los profetas del odio, Don Arturo logra describir de un modo sencillo y divertido a la clase media ilustrada y semi ilustrada anti peronista.
Pasados los años se produce un fenómeno curioso: un amplio sector de esa misma clase media, tradicionalmente enfrentada al peronismo, hoy nos sorprende con una fervorosa adhesión al ideario de los herederos del partido fundado por Perón. Militantes del disuelto Partido Comunista, algunos hombres y mujeres del socialismo y, por supuesto el grueso de los militantes montoneros de los setenta, se encolumna en defensa del gobierno de Cristina Kirchner como si fuera ésta la última oportunidad para ver realizados su sueños de juventud.
Esa franja de la clase media y su sistema de valores, por así llamarlo, es la materia viscosa y resbaladiza que abordan Gustavo Noriega y Guillermo Raffo en Progresismo, el octavo pasajero, publicado el mes pasado. Ellos saben de qué hablan: ambos provienen de esa vereda de la política, a la que decidieron abandonar y ahora enfilan hacia allí sus críticas ingeniosas y divertidas. Pero siempre despiadadas.
Tratándose de quienes se trata, el cine se nos aparece a cada rato. Pero también las anécdotas, el análisis de los discursos presidenciales, el periodismo y otros grandes temas de la política nacional: el INDEC, la violencia de los setenta, el fútbol, el peronismo, el socialismo y, sobre todo, el deambular ideológico de esa franja social que, si no tenemos mayor ambición de precisión para definirla, podríamos convenir en denominar genéricamente como “progresismo”.

Otras voces
Todo ello intercalado con media docena de reportajes imperdibles por punzantes e incómodos para con los entrevistados. Roberto Gargarella, por ejemplo, un auténtico progresista, no la pasa nada bien, a punto tal que los propios autores se preguntan al final del libro si aún cuentan con su amistad. También se nos aparece Julio Bárbaro, devenido en filósofo peronista, que se jacta del curioso mérito de que todos los acusados del asesinato de Rucci concurren regularmente a cenar y chupar a su casa. Jorge Lanata, también un ex progresista, que pone el grito en el cielo por la locura que significaron los hechos de La Tablada de enero de 1989, olvidado de su propio rol en el acontecimiento, como director de Página 12. Y así con otros ex progresistas como el siempre ingenioso y provocador Marcelo Birmajer y el prolífico Martín Caparrós que, tratándose de setentismo y montoneros, sabe de qué habla. A ellos se agrega Tomás Abraham, con su malhumor impostado, que relata sus dificultades el momento de intentar colaborar con Hermes Binner.
El libro carece de pretensión académica y ese es uno de sus méritos principales pues libera a los autores de toda atadura conceptual y los habilita a desparramar sus pinceladas descriptivas sin atender a la corrección política e incluso en abierto desafío provocador en temas intocables para el progresismo como la “teoría de los dos demonios”, la comparación entre kirchnerismo y fascismo, la revolución cubana o la Noche de los Lápices, por nombrar sólo algunos. En un diálogo entre los autores, al final del libro, se le animan incluso a Ricardo Carpani, un ícono intocable de los setenta cuyos dibujos de obreros rudos y amenazantes eran infaltables en las paredes de los cuartos de militantes peronistas de izquierda en los setenta.
El libro no deja muñeco con cabeza, incluidos Carta Abierta y Página 12, Mario Wainfeld y Horacio Verbitsky, el Che Guevara y Hebe de Bonafini. La fisura, ya devenida en franca grieta, que ha partido en dos bandos al mundillo político argentino, separándonos de amigos, novias y parientes cercanos, es también uno de los temas que aparece una y otra vez a lo largo de las más de 400 páginas que se van leyendo con rapidez pese a los intentos de dosificar voluntariamente el avance en la lectura, contradicción insalvable que enfrentamos al leer un libro que nos va gustando.

Otros tiempos
A Jauretche le correspondió lidiar con una clase media verdaderamente ilustrada, sea Victoria Ocampo, Borges o Raúl Prebisch. Noriega y Raffo, no han tenido tanta suerte. Apenas si les tocó en suerte Orlando Barone, José Pablo Feinmann, Horacio Verbitsky y similares, muy distantes, claro, de quienes habitaban el mundo de las ideas allá por la mitad del siglo pasado.
Como el libro se anuncia, en su tapa, como una “Historia enciclopédica (parcial) del malentendido que destruyó la política argentina”, pensamos que quizá se venga una segunda parte. Estaría bueno. Si esperan algunos meses, tendrán material de sobra: los argumentos, explicaciones, excusas y especulaciones acerca del previsible derrumbe del kirchnerismo por parte de todos cuantos lo abrazaron y nos lo propusieron como si se tratara de la piedra basal del Gran Falansterio Sudamericano.
El progresismo de este tiempo parece ser el nombre pudoroso del refugio que socialistas, comunistas, marxistas, gramscianos y demás, han encontrado tras la caída del Muro de Berlín y la implosión del mundo socialista a partir de la Perestroika de Mijail Gorvachov. Los horrores y persecuciones políticas y el fracaso económico de aquel modelo los han llevado a rediseñar el discurso. Pero apenas advierten que cuentan con algo de poder retoman las taras y tics propios de ese mundo ya sepultado. En otro tiempo, el progresismo era democrático. Ahora, si pudiera, intentaría imponerse por la fuerza en todas las áreas pues anida en él un visceral rechazo a la libertad y un intenso desdén por la república.
El libro de Raffo y Noriega se lee de un tirón, riendo en muchos de sus tramos.
Y tiene toda la pinta de inaugurar una saga.