Cierre de campaña con Pacto del Panal en riesgo

Por Pablo Esteban Dávila

ilustra mestre y de la sora en la ruleta[dc]M[/dc]uy probablemente el domingo se ratifiquen, a grandes rasgos, las tendencias electorales inauguradas en las PASO. Salvo la batalla por la Capital que prometen librar Unión por Córdoba y el radicalismo y la lucha por el tercer lugar entre Carolina Scotto y Héctor Baldassi, no son muchas las sorpresas que se esperan. No obstante, luego de contados los votos y distribuidas las bancas, resurgirá probablemente de entre las boletas escrutadas un viejo conocido provincial: el bipartidismo.
Hace mucho que los líderes del peronismo y el radicalismo vienen trabajando con ese objetivo. Luego del tsunami que significó la irrupción de Luis Juez en el escenario político provincial diez años atrás, pareció que la UCR entraba en un mortal cono de sombra. Más allá de la histórica rivalidad entre ambas fuerzas, lo cierto es que ningún justicialista quería saber nada con tener que, en adelante, vérselas con un juecismo impredecible y ditirámbico culpa de la crisis radical. No se exagera un ápice al afirmar que, salvo excepciones muy puntuales, la mayoría de la clase política cordobesa intentó, por todos los medios, ayudar a la recuperación del radicalismo ante el espanto que le producía el ascenso de un líder con llamativa falta de responsabilidad y opinables métodos de acumulación de poder.
Después de 2007, cuando Juez estuvo a las puertas de ser gobernador, la recuperación de la UCR comenzó lentamente. La aparición en escena de Ramón Javier Mestre y el clamor popular por alguien que pusiera algún orden dentro de un municipio desquiciado por las administraciones del Frente Cívico, lograron que el radicalismo retornara al Palacio 6 de Julio tras casi doce años de ausencia. José Manuel de la Sota, que había asumido su tercer período un par de meses antes que Mestre inaugurara su mandato, advirtió rápidamente que la oportunidad de deshacerse definitivamente de la amenaza juecista se encontraba al alcance de la mano. Tomando el precedente de colaboración que Juan Schiaretti había inaugurado con Daniel Giacomino (una forma institucional de dejar off side al pendenciero Juez), De la Sota se comprometió públicamente a trabajar junto con el nuevo intendente, una intención que, por supuesto, fue correspondida ampliamente.
La picaresca periodística denominó las coincidencias entre Gobernador e intendente como el “Pacto del Panal”, en alusión a los particulares hexágonos que ornamentan la fachada del Centro Cívico. Nacido del mutuo interés en aventar, de una vez por todas, el poder de fuego del líder del Frente Cívico, el acuerdo fue bastante más allá del originario propósito. Desde finales de 2011 ambos mandatarios se las han arreglado bastante bien para fortalecer sus propias gestiones sobre la base de una política del buen vecino y constantes gestos de entendimiento. En los hechos, esta relación ha permitido que la opinión pública vuelva a percibir al radicalismo como el único interlocutor político del peronismo gobernante, algo que no se veía desde el primer gobierno de De la Sota.
Sin embargo, el Pacto del Panal tenía, desde sus orígenes, una potencial consecuencia paradójica: su éxito podría significar su final. Esto es fácil de entender. Si el radicalismo terminaba fortaleciéndose tras la aplicación del acuerdo, la tentación de disputar el poder provincial se encontraría a la vuelta de la esquina. Ante este desafío, el justicialismo no se quedaría quieto y declararía, previsiblemente, el inicio de las hostilidades. Algunos creen ver en las recientes escaramuzas entre el gobernador y la dupla Oscar Aguad – Ramón Mestre el principio del fin de la concordia inaugural.
Algunas señales parecerían confirmar esta opinión. Es harto conocido que De la Sota está muy molesto por el tema del narco escándalo y que se solivianta tremendamente cuando algún opositor pretende lucrar con el hecho. Sus declaraciones respecto al viceintendente Marcelo Cossar deben ser leídas en esta clave, aún a sabiendas que Mestre no podría dejarlas pasar por alto. Además, en los mentideros políticos circula la versión de que el propio gobernador se comunicó recientemente con Aguad para reconvenirlo en duros término por haber afirmado que “es muy grave y llamativo el silencio de De la Sota frente al escándalo más grave desde 1983 y que hasta el momento no haya dado explicaciones”. De la Sota está convencido (aunque no haya insistido con el asunto en las últimas semanas) que el fiscal Enrique Senestrari está trabajando deliberadamente en su contra con una causa floja de papeles, y que si alguien se prende de esta “infamia” es un incauto que cae en las redes del kirchnerismo.
No obstante, todos estos episodios deben ser tomados en su contexto. La campaña contamina necesariamente las relaciones políticas, aún las más educadas, porque se trata de disputar el voto, que es el mensajero del poder. Y, se sabe, el poder es una substancia peligrosa, voluble e inflamable, que debe ser siempre manejada con exquisitas dosis de audacia y moderación. Los radicales, por más consideraciones que tengan para con la Provincia, no pueden dejar pasar las impensadas oportunidades que el episodio de la droga les ha proporcionado. No hacerlo les podría reportar un riesgo contraproducente, sencillamente porque deberían explicar el porqué de tal indulgencia, un extremo que no le conviene a un partido que debe validar su condición de alternativa electoral. Definitivamente no son estos los días más aptos para evaluar si el Pacto se dirige irremediablemente hacia su extinción.
Habrá que observar lo que suceda el próximo lunes. Allí el panorama estará más claro. Por de pronto, Schiaretti y Aguad serán quienes aparezcan en los primeros lugares, con números que, en conjunto, darán la impresión que un nuevo bipartidismo (aunque más light que el de los ’80 y los ’90) habrá alumbrado. El peligro Juez, aquél que motivó la concordia funcional peronista – radical, seguramente quedará conjurado por el magro resultado que Ernesto Martínez, su candidato, obtendrá tras el recuento de los votos. La preocupación de los ganadores no será, por consiguiente y en lo inmediato, evitar que uno se mantenga o que el otro llegue a la gobernación, sino cómo consolidar el bipartidismo que la entente De la Sota – Mestre ayudó a restablecer.
Desde la lógica más utilitarista, despojada de cualquier sospecha de altruismo, podría decirse que no hay razones prácticas para liquidar el Pacto del Panal. Al menos por ahora. La sociedad parece bendecir a quienes son capaces de acordar y mantener las formas por encimas de sus intereses políticos. 2015 todavía es una fecha lejana (en lo que a la política provincial respecta) y aún quedan por delante muchos meses de potenciales oportunidades para el trabajo conjunto. En términos tácticos, al largo plazo son capaces de lograr más votos las imágenes de adversarios sonriendo juntos para las cámaras que las críticas más destempladas que pudieran dedicarse. El que más entiende la necesidad de continuar la convivencia es el propio Mestre. De allí que su respuesta ante los dichos del gobernador sobre Cossar haya sido más bíblica que política: “Lo importante es esperar que terminen las elecciones y poner la otra mejilla para seguir trabajando por los cordobeses”.
Todos estos indicios motivan a pesar que, mal que les pese a los radicales más doctrinarios, el Pacto del Panal puede doblarse, pero no romperse.