Punto de partida

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

ilustra musa con guitarra electrica[dc]M[/dc]ás allá de las alabanzas que profieren de los agradecidos y del veneno que destilan los detractores, la realización de una nueva edición del festival Griego Rock promueve la discusión acerca del pasado, el presente y el futuro del movimiento rockero cordobés, principal protagonista del evento. Para aquellos que nos hemos pasado la vida asistiendo a sus shows y escuchando sus canciones, el devenir de las bandas locales ha sido siempre motivo de interés, sobre todo por adversidades que han debido enfrentar según pasaban los años.
Siempre enfrentados a supuestos fantasmas como la música de cuarteto, los intereses de los gobiernos de turno, los empresarios y dueños de boliches, la prensa especializada (y la no especializada también), estos músicos se presentaban a sí mismos como héroes dispuestos a darlo todo por su amor al arte. Algo así como quijotes que embisten con sus obras a esos molinos de viento monstruosos que les impiden llenarse de gloria.
Del otro lado, se oyen mezquinas voces de algunos entendidos en la materia que les facturan a los artistas cordobeses por cuestiones vinculadas al escaso apego a los ensayos, los excesos de autovaloración y el déficit de profesionalismo. Acusaciones que muchas veces se ensañan con los créditos locales, comparándolos con referentes nacionales e internacionales del género y poniéndolos en ridículo.
Entre estos extremos, existe un ancho de banda por el cual se conducen realmente los destinos de ese género dentro de los límites de la provincia, donde lleva ya más de cincuenta años de vigencia. Porque hay ciertos errores crónicos que se hacen evidentes por más optimista que uno sea. Y hay algunas virtudes notorias que con su sola presencia brindan argumentos sólidos contra cualquier tendencia al fatalismo.
Esta edición del Griego Rock, que estuvo dedicada a la memoria del recientemente fallecido Titi Rivarola, presentó en sus dos jornadas sendos ejemplos de formaciones que en los años ochenta gozaron de gran popularidad, y que resurgen periódicamente con ansias de recuperar el espacio perdido. Pasaporte el viernes y Proceso a Ricutti el sábado, se erigieron en puntos de referencia de lo que alguna vez supimos conseguir. Más allá de que ese apogeo haya sido breve y que hayan pasado 25 años desde su tiempo mejor.
Que estos dos apareciesen como los números principales de cada noche fue una decisión recibió críticas por parte de aquellos que consideraban que se debía privilegiar a los nuevos valores. Los cuestionamientos a la grilla podrán tener mayor o menor fundamento, pero no deja de ser interesante la convivencia entre las camadas jóvenes de músicos y estas glorias de los ochenta, porque de ese intercambio es de donde puede surgir el impulso superador; la propuesta que evite caer tanto en el elogio empalagoso como en la negación extrema.
La crítica, siempre que venga con buenas intenciones, merece ser atendida para perfeccionar la manera de ir encaminando una carrera. Y los halagos son siempre bienvenidos porque constituyen el alimento del alma para un intérprete, cualquiera sea el género que practique. La cuestión es que las dosis de ambos condimentos se equiparen, para no caer en el fatalismo ni creerse los mejores de la historia.
Algunos problemas de sonido y una afluencia de público que no alcanzaba a ocupar más que la mitad de las gradas del anfiteatro (fenómeno que algunos atribuyeron a que la publicidad del evento se perdió en el medio de tanta propaganda política), fueron otros de los aspectos cuestionados de este Griego Rock. Detalles que los organizadores deberán tener en cuenta en próximas ediciones, porque los artistas y la gente (más allá de que la entrada sea gratuita) merecen gozar de las mejores condiciones.
Pero también los músicos deberán hacer su parte. Que consiste en componer, ensayar, tocar… pero no solo eso. También se requiere acercarse cada vez más a ese profesionalismo que les permitirá ampliar su horizonte y conseguir –entre otras cosas- ese objetivo tan preciado que es vivir de lo que hacen. Quedarse en el escarnio o zambullirse en la adulación no son las salidas más recomendables. Compartir experiencias y derribar prejuicios, como ocurrió este fin de semana en el Parque Sarmiento, es -en cambio- un excelente punto de partida.