Postales en sepia de la liturgia peronista

Por Pablo Esteban Dávila

perón 1852288[dc]P[/dc]ara un cronista político, la llegada de cada 17 de octubre se siente como una pesada carga. Año tras año se repite la obligación de escribir sobre cuestiones tan trilladas como, por ejemplo, que significa el día de la lealtad peronista o si queda en pie, acaso, algo que pueda ser llamado en propiedad “peronismo” y que sea reconocible como tal por cada una de las tribus del PJ que pueblan el gran suelo argentino.
Convéngase que, las más de las veces, existen tentaciones de ironizar al infinito sobre las contradicciones de esta fecha, las que, por otra parte, están lejos de ser negadas por quienes la celebran. Esto complica aún más la originalidad de cualquier análisis dado que, si la conmemoración de la “lealtad peronista” es, en sí misma, un oxímoron aceptado con resignación militante por parte de sus protagonistas, el margen para el comentario sardónico queda irremediablemente constreñido a los lugares comunes.
Por otra parte, caer en este tipo de simplificaciones se encuentra absolutamente fuera de discusión, al menos en este espacio. El peronismo puede que provoque desde estupor hasta espanto o admiración, pero es una de las realidades políticas más serias que tiene la Argentina moderna y, como tal, debe ser considerada. Esto señala que, si el día de la lealtad es un festejo incomprensible para los no peronistas, no por ello debe ser menospreciado como una fiesta marginal dentro del calendario político nacional.
La lealtad es un concepto liminar que impuso Perón en los albores del justicialismo. La idea no tenía nada de metafísico: como buen militar, el General pretendía que se lo siguiera hacia donde él quisiera dirigirse sin tener que dar explicaciones molestas o, por lo menos, sin tener que hacerlo a cada rato. Desde un punto de vista simbólico, la “lealtad” fue una mutación política de la arenga “¡subordinación y valor!”, demasiado castrense como para imponerla dentro del seno de un movimiento que había nacido al resguardo de nobles fines sociales.
Ningún partido político, hasta el advenimiento del peronismo, había considerado esta cualidad como cardinal dentro de sus doctrinas. En términos históricos, la relación entre los líderes y sus conducidos siempre había tenido fuertes dosis de lealtad y sacrificio, independientemente del carácter conservador, populista o izquierdista que podrían haber detentado los conductores, pero nadie hubiera postulado que la lealtad fuese un programa político en sí, con entidad propia y más allá del líder a quien se profesara la devoción personal. Por el contrario, las entonces grandes fuerzas –el radicalismo, los conservadores y los socialistas, por mencionar las más importantes hacia 1943– se ufanaban de su fidelidad a las ideas que postulaban, no a los dirigentes que ocasionalmente pudieran encarnarlas. A tal punto aquello era una realidad que los radicales (los primeros en vivir un experimento pre populista de la mano de Hipólito Irigoyen) se dividieron en “personalistas” y “antipersonalistas”, conforme el mayor o menor grado de proximidad a la figura del viejo caudillo. No obstante, a ninguno de los dos bandos se le hubiera ocurrido suponer que, muerto Irigoyen, el “personalismo” podría haber continuado indefinidamente.
Pero con Perón sucedió otra cosa. Como su movimiento político se gestó desde el Estado y con fondos públicos, la ideología fue un tema secundario, casi un pretexto para justificar una nueva forma de acumulación de poder. Al movimiento recién creado confluyó una rara mixtura de laboristas, fascistas, conservadores distanciados con el liberalismo y una novedosa raza de sindicalistas estructurados desde la Secretaría de Trabajo de la Nación. Era obvio que sólo la confianza en el conductor podría mantener unida aquella claque ya que, si por sus ideas particulares fuera, la mezcla hubiera estallado a la menor deflagración. El “mono” Gatica, el boxeador oficial del régimen, sintetizó aquella situación con gran exactitud: “con la política no me meto; yo soy peronista”.
El exilio de Perón tras su derrocamiento y las insensatas persecuciones que la autodenominada “Revolución Libertadora” dedicó a sus simpatizantes tuvo como consecuencia que el mito del peronismo se agigantara. La causa de los justicialistas –ahora hostigados desde el aparato del Estado que antes habían usufructuado– mutó desde las conquistas sociales al retorno del líder condenado al ostracismo. Fue en aquellos años de peregrinajes a Madrid y confusos mensajes de Perón, más enfocados en la táctica antes que en los programas políticos, en donde comenzaron a prefigurarse los múltiples peronismos que hoy asombran a los menos informados. Por un lado, quienes resignificaron lo ocurrido entre 1943 y 1955 como un proceso revolucionario, que inevitablemente llevaría al socialismo; por el otro, los que continuaron creyendo que el justicialismo era, básicamente, una fuerza reformista, de transformaciones profundas pero no disruptivas. Pero por encima de ambas corrientes estaba el “viejo”, el General, a quien se le debía lealtad por encima de cualquier otra consideración. No hay error en afirmar que este valor adquirió su prestigio atemporal en aquellos momentos.
Lo que pasó luego es historia conocida. Nuevamente en la Presidencia, Perón dejó bien en claro que él no pensaba llevar el país hacia ninguna “patria socialista” o cosa que se le pareciera, para satisfacción del partido formal, el sindicalismo y los allegados a José López Rega. Decepcionados, los Montoneros y otras agrupaciones juveniles dedujeron que Perón había traicionado al propio peronismo y pasaron a la clandestinidad. Los unos permanecieron fieles al General; los otros, leales a la idea que del peronismo se habían forjado en sus años de exilio.
Cuarenta años después de aquellos sucesos, las olas de la historia continúan golpeando los acantilados del peronismo. La propia liturgia partidaria, tan reconocible en su “Marchita”, los dedos en V, las invocaciones milagreras a Evita y el propio día de la lealtad parecen hoy postales en sepia. Hay tantos días de la lealtad como caudillos de importancia existen. Luego del peronismo conservador de Carlos Menem siguió otro de sentido exactamente opuesto a manos de Néstor y Cristina Kirchner, que no dudaron en arropar en cargos importantes a militantes del extinto FREPASO, antiguos y feroces opositores al menemismo.
Los Kirchner llegaron tan lejos como para pretender reemplazar al peronismo por otra categoría de centroizquierda, aunque sin éxito. Ellos se veían a sí mismos como los vengadores de aquellas columnas que Perón había echado de la plaza de mayo en 1974, como los que finalmente venían a hacer peronismo sin Perón, el viejo anhelo de los pseudo revolucionarios de aquellos años trágicos. Es inocultable que durante sus diez años en la Casa Rosada se han dedicado a cultivar una especie de peronismo culposo, no apto para aquellos con cierta vergüenza conceptual.
Claro que estos intentos no resultaron gratis: más que nunca el partido es hoy un queso gruyere ideológico, en donde lo único que queda intangible es la devoción de sus integrantes por el poder. El símbolo de esta división se encuentra quizá con mayor potencia en las conmemoraciones del día de la Lealtad que se llevaron a cabo ayer en la Ciudad de Córdoba. Hubo dos actos. Por un lado, uno encabezado por el gobernador De la Sota, el peronista conservador más activo que hoy tiene el justicialismo; por el otro, un evento del Frente para la Victoria presidido por Carolina Scotto, quien jamás ocultó su visceral anti peronismo. La brutalidad de tal bipolaridad ideológica exime de mayores profundizaciones. Huelga decir que unos y otros se arrogan el derecho a reivindicarse como los legítimos continuadores del legado de Perón, no importa de cuál de todos los posibles Perón se refieran.
Probablemente, a modo de única alegoría unitiva de semejante diáspora, en los dos eventos se haya escuchado la Marchita, entonada con fervor por los dirigentes de ambos bandos. Pero hasta la voz de Hugo del Carril ya no suena como antes: “combatiendo al capital” no parece identificar a quienes, en los 21 de gobiernos peronistas, han jugado sucesivamente a ser privatizadores, estatistas, burgueses nacionales, liberales o progresistas sin que se hayan preguntado jamás a qué cosa continuaban jurando lealtad, excepto al poder que supieron conseguir. Y mantener, por cierto. Para furia e incomprensión de quienes los señalan como los causantes de todos los males del país.