Cabandié y el ADN del poder K

Por Gonzalo Neidal

p12-1[dc]U[/dc]n texto impreso en la contratapa de los cuadernos (¿Lanceros?) con los que estudiábamos en la primaria hace algunas décadas, relataba una anécdota de San Martín. Relataba que en uno de sus campamentos, designó a un joven soldado para que cuidara el arsenal del Ejército de los Andes. Le hace una advertencia decisiva: que nadie que calzara botas con espuelas podía ingresar. La razón era muy simple: cualquier chispa provocada involuntariamente por un roce del metal podía desencadenar una tragedia. Pocos días después, el propio San Martín, acompañado por algunos de sus oficiales, intenta ingresar al depósito de armas y municiones.
El soldado le sale al paso impidiéndole la entrada, fundándose en las órdenes dadas por él. El general insiste alegando su alto grado y su condición de jefe. El joven soldado no cede. San Martín, que había querido probar al muchacho con su “chapeo”, decide condecorarlo delante de todos sus subordinados.
Es seguro que no somos excesivamente originales al citar esta referencia en relación al episodio ocurrido con el legislador porteño Juan Cabandié, cabeza de la lista de candidatos a diputados nacionales por la Capital Federal por el Frente para la Victoria, partido de gobierno. Se trata de un hecho tan desproporcionado y grotesco que uno no sabe qué comentario puede agregar a lo que el registro fílmico ya muestra sobradamente.
Este fin de semana largo el vídeo que lo tiene como protagonista ha inundado la red y la TV lo ha repetido hasta el cansancio. En él se ve a Cabandié siendo objeto de un operativo de tránsito en el que se le reclama los papeles del auto y, específicamente, la constancia del seguro del automóvil. Fastidiado, el candidato kirchnerista la emprende contra la joven inspectora con frases increíbles. Alega su condición de hijo de desaparecidos para obtener un tratamiento diferenciado y explica, como un fuerte argumento exculpatorio, que él “se bancó a la dictadura” (lo cual resulta un hecho sorprendente, dado que a esa edad Cabandié era apenas un niño).

Correctivos
Pero Cabandié sigue: hace una llamada pidiéndole a alguien que “le digan a Martín” que a la inspectora “le apliquen un correctivo”. Luego se supo que Martín no es otro que Insaurralde, cabeza de lista de candidatos a diputados nacionales por la Provincia de Buenos Aires e intendente de Lomas de Zamora, lugar donde ocurrió el hecho. Con el paso de las horas se agregaron más datos: todo esto ocurrió en mayo, la filmación fue realizada por un gendarme que participaba del operativo y la inspectora, Belén Mosquera, fue echada de su trabajo después del episodio.
Pero no todo terminó ahí. Cabandié fue invitado a un programa de TV oficialista para hacer su descargo. Contra lo que uno podía suponer, el candidato K redobló la apuesta: acusó a la inspectora y a los gendarmes de querer coimearlo.
El episodio es tan desmesurado que resulta difícil hacer un añadido provechoso. Es que si una imagen vale por mil palabras… ¿cuántas valen un vídeo como el que hemos visto? Sin embargo, en las redes sociales, salvo muy honrosas excepciones, la clase media K no se muestra propensa a condenar un hecho tan abominable como el que protagonizó el candidato Cabandié.
Aunque pueda resultar increíble e insólito, muchos alegaban que la inspectora no tenía derecho a pedirle el seguro del auto y menos aún a incautarle el vehículo. Algunos exculpaban a Cabandié por su falta de experiencia y su entusiasmo militante. Otros pedían una actitud indulgente teniendo en cuenta su juventud y… su condición de hijo de desaparecidos. De la corte bufonesca del poder quizá la opinión más bochornosa y patética haya sido la del encuestador oficialista Artemio López que envió un tuit con este texto: “Belén Mosquera, como su apellido lo indica, buscaba plata”.

Concepto de poder
Uno puede preguntarse qué hubiera pasado si este mismo hecho hubiera tenido como protagonista a Mauricio Macri o a Rodríguez Larreta o a José Manuel de la Sota. Seguramente la presidenta se habría repuesto súbitamente de su convalecencia, hubiera convocado a Cadena Nacional y lo hubiera denunciado con bombos y platillos. Y los medios oficialistas lo hubieran reproducido, indignados, hasta el hartazgo. Quizá también hubieran elaborado una teoría “prêt à porter” acerca del uso despótico del poder que hace “la derecha” y su desprecio por el recurso laboral de una pobre trabajadora de los suburbios. Etcétera, etcétera.
Pero no ha sido así. El abuso fue perpetrado por alguien del corazón del poder K. Un emblema, casi. Un joven hijo de desaparecidos que hace uso de su condición para fines personales de baja escala. Con un mínimo de dignidad personal, Cabandié tendría que haber renunciado a su postulación para no comprometer, con su actitud miserable, el destino electoral ni sumar desprestigio a su partido. Pero no lo hizo. Entre otras cosas porque no le parece un hecho anómalo. Él es hijo de desaparecidos y todo le está permitido. Él, como integrante del círculo rojo K, sabe que será apañado por el poder y será defendido con uñas y dientes por la prensa oficialista, sostenida con dinero del presupuesto nacional.
Todo está legitimado por el sentido de la lucha kirchnerista: quien combate por la liberación nacional, quien enfrenta diariamiente a los imperios y personeros de los oscuros intereses que quieren ver sometida a la patria, no pueden andar fijándose en minucias tales como una boleta de tránsito.
Pero además, el concepto que Cabandié tiene del poder es de la misma índole que el que diariamente exhibe la presidenta de la Nación. Tiene el mismo ADN. Lo de Cabandié guarda una distancia en materia de escala. Nada más. Pero es la misma idea acerca de los derechos de quienes mandan. La idea que se puede hacer cualquier cosa, que todo les está permitido, que todo queda legitimado y justificado por su carácter de redentores del pueblo argentino.
Con algunas pocas excepciones (conozco un prominente intelectual K, porteño, que ha confesado por Facebook que no votará a Cabandié), el oficialismo ha cerrado filas para defender a Cabandié. Tragarse un sapo cada día parece ser la dieta habitual para este fin de ciclo K.
Es una ingesta desaconsejable, que conlleva consecuencias irreversibles.
La más importante de todas: el ridículo.